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La nostalgia por un mar de hielo

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Juan Diego Soler
07 de agosto de 2026 - 04:59 a. m.
El Mar de Hielo visto desde Montenvers, hacia 1863–1865.
El Mar de Hielo visto desde Montenvers, hacia 1863–1865.
Foto: William England - Rijksmuseum
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En lo que va del verano de este año, Europa ha experimentado un tiempo inusualmente caluroso. Repetidas oleadas de calor han batido récords de temperatura máxima en muchos lugares mientras una intensa sequía se extiende por el continente. Francia y España han sufrido graves incendios forestales que han forzado la evacuación de cientos de miles de personas de sus hogares y han dejado nubes de humo tóxico y destrucción generalizada. El caudal de arterias fluviales como el Danubio, el Rin y el Vístula se ha visto drásticamente reducido, afectando gravemente el riego de los cultivos e interrumpiendo la navegación. En Italia, el nivel del río Po es tan bajo que el agua del mar ha penetrado hasta 20 kilómetros tierra adentro a través de algunas zonas del delta. Por una casualidad de mi oficio, en medio de la ola de calor, tuve como vecino a un testigo silencioso de la tragedia: el Mar de Hielo.

La Escuela de Física de Les Houches es un centro de reuniones en los Alpes franceses. Fue fundado en 1951 por iniciativa de la física y matemática Cécile DeWitt-Morette para revitalizar la colaboración científica en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, pero rápidamente se convirtió en una institución internacional que organiza cursos de verano y talleres para formar a nuevas generaciones de científicos y estrechar los vínculos entre investigadores. Entre sus participantes a lo largo de los años se encuentran físicos de la talla de Enrico Fermi, Richard Feynman y Kip Thorne, por mencionar solo algunos nombres de una larga lista de premios Nobel y célebres investigadores. La invitación a dictar el módulo sobre campos magnéticos en la escuela «Del medio interestelar a la formación de estrellas» no solo me ofrecía la oportunidad de escapar del calor y visitar uno de los lugares más bellos de Europa, sino que representaba también un enorme honor y un gran desafío.

Era un lugar extremadamente austero... Nos alojábamos en pequeñas cabañas de madera, apenas amuebladas. El aula era una vieja cabaña situada un poco más abajo. Nos sentábamos en sillas de lona, la pizarra era rudimentaria y los debates tenían lugar al aire libre, en los pastos. Era un entorno rústico, pero al mismo tiempo con mucho encanto…”, recuerda el premio Nobel Claude Cohen-Tannoudji, estudiante en Les Houches en 1955. Las sillas han mejorado, pero la atmósfera sigue siendo espartana y alegre. Durante cuatro semanas los estudiantes siguieron lecciones y proyectos prácticos que iban desde la estructura de galaxias como la Vía Láctea hasta la formación de planetas en los discos de gas y polvo que rodean a las estrellas jóvenes. En las pausas de un programa oficial lleno de actividades, desde las 8:45 de la mañana hasta después de las diez de la noche, estudiantes e investigadores se relajaban en el césped, frente a los picos más altos de Europa.

De los glaciares que se extienden en las laderas francesas del macizo del Monte Blanco, el Mar de Hielo es el más extenso y uno de los más célebres. Fue allí donde Victor Frankenstein se reencuentra con su creación en la novela de Mary Shelley y donde, hace casi dos siglos, el físico James David Forbes encontró indicios de que el hielo glaciar fluye lentamente, como un fluido viscoso. El Mar de Hielo sigue existiendo, pero se encuentra en un estado de retroceso acelerado. Su sección inferior es cada vez más delgada y está cubierta de escombros, por lo que ahora parece un valle rocoso en lugar del brillante «mar de hielo» que se ve en fotografías antiguas. Desde 1852, su frente ha retrocedido 2,7 kilómetros. A lo largo de los últimos 35 años se ha acortado un kilómetro. El panorama desde la nueva telecabina que se usa para llegar hasta el hielo es descorazonador.

El silencio reina en el pequeño grupo de estudiantes al que me uní para pasar el día libre. Todos entienden a la perfección los procesos físicos que regulan la temperatura media de nuestro planeta y por qué esta está aumentando como consecuencia de nuestro uso desmedido de combustibles fósiles. Todos pueden explicar por qué el hielo está desapareciendo, pero la explicación por sí sola no ha logrado detenerlo. Ante el gigante moribundo, con algunas zonas cubiertas por mantas blancas reflectantes para frenar el deshielo, no hacían falta palabras. Hacen falta ahora para contar lo que estamos perdiendo.

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Juan Diego Soler

Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
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