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Piedras de fuego

Oráculos falibles

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El escritor Juan Esteban Constaín y su mirada en perspectiva histórica a la polémica era de la inteligencia artificial y sus usos.

El escritor, poeta y novelista quebequense nacido en Haití, Thelyson Orelien, se vio envuelto en una controversia el 22 de septiembre de 2026 tras ser acusado por una cuenta anónima en X de usar inteligencia artificial para escribir su novela 'C'était ça ou mourir'.
El escritor, poeta y novelista quebequense nacido en Haití, Thelyson Orelien, se vio envuelto en una controversia el 22 de septiembre de 2026 tras ser acusado por una cuenta anónima en X de
usar inteligencia artificial para escribir su novela ‘C’était ça ou mourir’.
Foto: AFP - JOEL SAGET

Los oráculos eran en la Antigüedad la puerta de entrada a la sabiduría de los dioses, el camino para llegar a su mensaje cifrado e inquietante. Los hubo en muchas civilizaciones, según los documentos y vestigios que nos quedan de ellas: en Asiria y en Sumeria, en China y en el Imperio Inca o en el Imperio Hitita, en Egipto, donde el arte y la ciencia de la adivinación llegaron a ser el centro mismo de esa cultura milenaria y entregada de lleno a lo divino.

Pero donde más brilló y funcionó la cultura oracular, quizás por la influencia egipcia, decía el historiador Heródoto, fue sin duda en la antigua Grecia, donde la vida de muchas ciudades era impensable sin esas incursiones a los santuarios de los dioses —el de Delfos dedicado a Apolo, el de Dodona dedicado a Zeus, el de Epidauro dedicado a Esculapio— en los que su voz retumbaba como un trueno.

Por lo general había sacrificios en los oráculos: animales muertos de cuyas entrañas se extraían toda clase de presagios y signos agoreros, aunque los expertos en esa tradición no eran los griegos sino los etruscos. Los griegos eran más dados a la práctica sacerdotal y mística, la comunicación directa entre la pitonisa o el pitoniso y el dios invocado, que así transmitía su voluntad y su opinión.

En realidad era una traba fenomenal: una borrachera de otro mundo producida por los menjurjes que se hacían para alistar y consumar la invocación divina. En el caso del Oráculo de Delfos, por ejemplo, la pitonisa se sentaba en un trípode de bronce en la cámara interior del templo en la que una falla geológica hacía que salieran de la Tierra toda clase de gases y efluvios. Eso era lo que la alteraba y ahí empezaba a hablar, siempre el séptimo día de cada mes.

Los sueños eran también un territorio fértil para la adivinación y la interpretación de los enigmas, además de otros signos que se supone que contenían y revelaban algún mensaje arcano y recóndito: el silbido del viento, los rayos y centellas en las tempestades, el color del fuego. Aunque la mejor práctica oracular, para mí, se la inventaron los romanos: las “suertes virgilianas”, leer a tientas un verso de Virgilio y encontrar allí el secreto de los dioses.

Uno lo puede hacer con el autor que quiera, el que más le guste: hay “suertes cervantinas”, digamos, que consisten en abrir el Quijote y, con los ojos cerrados, poner el dedo en cualquier línea para luego abrirlos y ver qué se nos revela allí, qué nos depara el día. Lo mismo pasa con la Biblia, con Cien años de soledad, con En busca del tiempo perdido: son oráculos manuales, fuentes inagotables de la felicidad y la adivinación, la adivinación de lo que ya sabemos.

Háganlo ya, aquí los espero. ¿Y la IA, la tal “inteligencia artificial”? Pues no son pocos los que hablan de ella como el gran oráculo de nuestro tiempo, y es cierto. Quizás no haya habido nada en el mundo moderno que se parezca tanto a la tradición oracular de la Antigüedad como lo que hoy son ChatGpt, Claude, Gemini, Copilot. Yo no uso nada de eso casi nunca, lo confieso, pero lo acabo de hacer para averiguar cuáles son los “asistentes virtuales” más famosos.

Y la verdad es que ya todo el mundo está metido de cabeza en la tiranía de la inteligencia artificial, para todo, desde la seguridad de los Estados hasta el remedio para un golpe en el dedo pequeño del pie con el filo de la cama, al punto de que sus desarrolladores advirtieron, hace poco, que si eso no se revisa con cuidado la humanidad podría estar, ahora sí en serio, al borde de su inminente destrucción, una pura película de los años ochenta, así acabamos.

Y ahora hay un gran escándalo en el mundo literario porque dos libros premiados y celebrados, uno en francés y el otro en español, cayeron bajo la sospecha de haber sido escritos con la ayuda de la IA. Se trata de Era eso o morir, del autor haitiano Thélyson Orélien, y Donde el agua trabaja, del autor peruano David Silva Rojas. Ambos niegan la acusación, hasta el momento, y dicen que sus libros los escribieron sólo ellos.

El problema es que alguien pasó esos textos por un detector de uso de la IA que se llama Pangram y el veredicto fue implacable: sí la usaron. Pero hay un problema aún peor: Pangram es también un recurso de la IA y aunque se considera infalible, como todo lo de la IA, como todo oráculo, no hace más que equivocarse. Entonces qué: ¿Vamos a dejar que sea la IA la que nos diga qué es IA y qué no lo es? Un absurdo acto de fe, una idiotez.

Con un agravante: todo lo que hace la IA en materia estética, todo, es pésimo. Los cuadros que pinta, las canciones que compone, las novelas que escribe. Y tal vez ese sea el criterio con el que juzga lo de los demás: si algo es así de malo, es porque lo hizo la inteligencia artificial. Como pasa con esos dos libros del escándalo de ahora (basta ojearlos), que son tan precarios que de verdad parecen escritos por ChatGpt.

Como si en la literatura de hoy se necesitara de las máquinas para hacer y premiar cosas así de malas. Y la verdad, por desgracia, es que no.

Juan Esteban Constain

Por Juan Esteban Constain

Columnista y escritor. Autor de “Ningún tiempo es pasado” (ensayos históricos, Random House, 2018). “El Hijo del Hombre” (Debate, 2026) es su libro más reciente..
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