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En el 2026 se conmemoran diez años de la firma del Acuerdo Final de Paz que supuso el fin de la guerrilla más longeva del continente. Por medio de este acuerdo, las FARC-EP como proyecto guerrillero terminaron para transformarse en un movimiento político. Cuatro años duraron las negociaciones con el gobierno y, al final, cerca de 14 mil hombres y mujeres entregaron las armas y salieron de las montañas, selvas y ciudades para transitar hacia una vida civil. Los guerrilleros y guerrilleras se comprometieron con un sistema de justicia transicional, donde, si no reconocen su responsabilidad en la guerra y no cuentan la verdad, van a la cárcel. Es, probablemente, un proceso inacabado e incompleto, pero en cualquier caso mejor que la guerra, que ya tenía cara de eterna.
En un país con más de 50 millones de habitantes, los miles de personas que tenían en armas las FARC representaron durante 60 años una real amenaza para la seguridad del país. Momentos como la toma de La Calera, Mitú, entre muchos otros, los secuestros, asesinatos a políticos y líderes sociales, las extorsiones, los atentados, eran un desestabilizador para el orden y el establecimiento del país. Esta fue una guerrilla que, a diferencia de las de hoy en día, quiso tomar el poder nacional por las armas. Varios gobiernos intentaron combatirlas y ninguno pudo acabar con ellas del todo. La respuesta fue la negociación. Y solo en el tercer intento se logró. De esos rebeldes en armas se habló mucho durante los 60 años que duró la guerrilla. Los medios de comunicación nacionales e internacionales, periodistas, la academia, políticos locales, regionales y nacionales se encargaron de pintarle al país una imagen de quiénes eran esas personas en armas, hasta llamarlos terroristas. Me pregunto hoy, diez años después, ¿quién nos imaginamos que es un guerrillero? ¿Qué tipo de persona esperamos encontrar cuando escuchamos hablar de un guerrillero de las FARC?
En algunos casos, la respuesta a esta pregunta es: un delincuente. Una persona que hoy decidió seguir en la ilegalidad, con las armas y ya sin una causa política clara. Pero en otros, hablamos de los que son ciudadanos, que volvieron a ser lo que eran antes: campesinos. Diez años después, estas personas y sus historias han salido cada vez más a la luz, y quienes hemos querido nos hemos dado la oportunidad de escuchar a los y las que sí están haciendo las cosas bien. ¿De dónde vienen? ¿Cuál es su pasado? ¿De qué se arrepienten? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Cuáles son sus sueños? ¿De qué son víctimas ellos? Porque también han sufrido. Y yo, en este ejercicio, me he encontrado con que la mayoría son personas que, en sus propias palabras, “solo quieren tener lo que cualquier colombiano tiene: una casita y un oficio con qué sostenerla”. Dejarlos solos sería tanto como repetir una historia de abandono que ya sabemos cómo termina.
¿Cuántas de las personas de las ciudades conocemos a un guerrillero o a una guerrillera? ¿Cuántos hemos conversado con ellos, escuchado su historia? Y digo ciudades porque la vida en la ruralidad fue muy diferente. Allí muchas personas conocieron y convivieron, queriéndolo o no, con la guerrilla. Pero en las ciudades creemos que el conflicto es un problema del campo. Uno lejano. Hasta que nos toca vivir un atentado como el ocurrido en el 2003 y nos acordamos de que la guerra es horrible, inhumana e injusta. Hoy, diez años después, en un foro convocado recientemente por la Universidad de los Andes de mujeres y hombres firmantes del Acuerdo de Paz, volví a encontrarme con guerrilleros, pero ahora de civiles, de paisanos. No lo hacía desde cuando estuve en los diálogos del Caguán, veintiséis años atrás. Los escuché durante tres días, pudimos conversar, los oí decir que ya no quieren más la guerra, y que el que la quiere en este país es porque no la ha vivido. Nada más cierto.
Diez años después, quizá nos haga falta volver a mirar a quienes dejaron las armas. No en un ejercicio ausente de autocrítica. El dolor de la guerra es imborrable y los muertos pesan en este país. Sino para mirar que después de la guerra también hay una vida. Y que, para muchas de estas personas en proceso de reincorporación, esta vida es una vida dedicada a la paz, al trabajo comunitario, ambiental, por las mujeres y por la ruralidad de Colombia. La pregunta es: ¿cuándo vamos a entender que la patria solo la construye el pueblo, y que el milagro es estar todos vivos?
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Luz(50513)•Hace 45 minutosSi señor; el que quiere la guerra no la ha vivido
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Diana cp(85842)•Hace 59 minutosUna decada que Santos Odebretch le puso esa fea macula a nuestra democracia, con el gran poder estatal perdio porque la farsa de La Habana no tenia que ver con la paz de hecho volvio a traer violencia, era para revivir y darle impunidad a los terroristas que estaban derrotados, la tal JEP y lo demas es espurio pues fue negado en democracia y ese congreso estaba impedido porque habia apoyado el "si" de Santos que debio renunciar, fue un golpe de Estado descarado culpable de la violencia actual
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Diana cp(85842)•Hace 1 horaSantos sigue impune, desconocer la democracia es un crimen de lesa humanidad, y peor para imponer una mentira, habia dicho " los colombianos tedran la ultima palabra en las urnas", no se tocara la constitucion", pagaran carcel" nada de eso, lo que hizo fue llenar al pais de coca para revivirlos, darles tribunal para entregarles impunidad y nuestra fuerza publica, lo de La Habana nos alejó de la paz por eso Santos es un criminal, que importa Uribe gano el NO y punto
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Diana cp(85842)•Hace 1 horaEl tartufo Santos se paso por la faja la democracia dizque porque se reunió con 5 personajes importantes del no, el NO era NO y punto era innegociable y nadie tenia el poder de negociar el voto de los demás, ese es el talante democratico de este corrupto de Odebretch que inundo el pais de coca reviviendo grupos terroristas ya derrotados y dejandonos nuevos como pachencas, clanes, disidencias etc… Santos el culpable de todas esas muertes de esos grupos