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Una escuela es, por definición, un espacio y un tiempo dedicados casi por entero al individuo. Uno va a la escuela para saber de sí mismo, para conocerse, aunque no sea enteramente consciente de ello. Ni lo logre. Al principio va porque lo obligan. La obligación de ir suele desaparecer más o menos rápido en la gran mayoría de los casos. De no ser así, se abren heridas que pueden durar toda la vida. Pero, por lo general, desaparece. Por varias razones. En primer lugar, porque uno empezó a hacer amigos en la escuela. Serán los amigos que lo acompañarán toda la vida. Solo ese hecho redime cualquier escuela de sus mordazas. En segundo lugar, porque la escuela puede ser un lugar muy divertido, único, podríamos decir. Y por último, porque a través de los aprendizajes, en la escuela se empiezan a despertar y a desarrollar las potencias creadoras que uno trae. Puede que esto último no ocurra, o que quede agazapado en las capas de pintura moral que la escuela suele esparcir sobre sus alumnos. Porque sí y porque no. O, por el contrario, puede que la escuela permita y ayude a que cada invitado a su mesa consiga empezar a parecerse a sí mismo. Lo cierto es que la escuela, como la institución que conocemos hoy, tiene apenas un siglo y medio de existencia, y sirve fundamentalmente para tres cosas: formar individuos, convertir esos individuos en buenos ciudadanos y crear riqueza en un sentido amplio.
Sabemos que el descubrimiento del individuo ha sido, sin duda, un rasgo característico fundamental no solamente de la filosofía moderna, sino de los desarrollos posteriores del liberalismo político. Lo anterior se puede decir más abreviadamente: en la escuela me encontraré conmigo. Sin embargo, ese concepto tan gaseoso al que damos el nombre de identidad no hace sino comenzar en el viaje de la escuela. De ahí su importancia. Ese concepto estará rondándome continuamente en las escuelas por la razón inocultable de que las referencias de lo que aprendo o de lo que me enseñan, o de lo que olvido, pasan primero por mí antes que por cualquier otro, no importa cuál sea su naturaleza o su propósito.
Aprender algo es también una forma de aprender de uno mismo, siempre y cuando me lo enseñen como una forma del pensamiento y no solo como un acumulado de información sobre una determinada materia del conocimiento. Aquel clásico aforismo socrático de "solo sé que nada sé" no debe entenderse como un gesto de falsa modestia. Es el inicio de una educación crítica que vincule lo aprendido con su fundamento. Y que me saque de mí hacia los otros.
Lo lamentable, a mi juicio, es que el descubrimiento histórico de la importancia del individuo derivó en un individualismo voraz y posesivo, en un pragmatismo aterrador donde soy lo que poseo y dejo de ser si lo pierdo. No le hago apología a la precariedad. Digo, simplemente, que la escuela, si quiere tener un papel que la dignifique, debe dejar de ser la caja de resonancia de la desquiciada sociedad del rendimiento y la antropofagia que la rodea. Tiene la ocasión de contradecirla, de descomprimir sus oscuros mandatos mercantiles que adormecen e inutilizan las conciencias. Aunque la escuela insista en lo contrario en sus discursos formales, las prácticas suelen ser otra cosa: como en la sociedad que está allende sus muros, la escuela repite sus dinámicas de competencia y extracción del mayor rendimiento individual de sus currículos, y sucumbe, con lamentable frecuencia, a la presión de las familias que les entregan sus hijos para que los cubran de corazas que los protejan de todo y de todos a cambio de no volverlos seres porosos a los otros y al mundo.
Todos los dispositivos escolares lo refuerzan: los cuadros de honor, los problemáticos sistemas numéricos de calificaciones, las sutiles o explícitas exclusiones académicas, el constreñimiento permanente y mecánico a la conducta, la desconfianza a las pulsiones de la biología de los sentidos y, por supuesto, la mirada adulto céntrica que suele cubrirlo todo, unida a una cultura por sobresalir que se va colando por todas las rendijas de la conciencia.
Es difícil en esos enfoques aprender a confiar en los que me rodean. El estudiante se empieza a ver como el dueño único de sí mismo y de sus capacidades, como el propietario absoluto de sus logros, como el planeta alrededor del cual todo gira. Normal. Al fin y al cabo, la sociedad que lo espera es un enorme mar de millones y millones de islas incomunicadas que solo defienden sus propios intereses. Es así. Como si el individuo no le debiera nada a la sociedad a la que pertenece, como si lo verdaderamente importante no fuéramos todos, sino unos cuantos ataviados de vaqueros o mercachifles que creen y pregonan que todo se compra o se vende y tiene que servir para algo. Y no. Por fortuna, no siempre.
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Dionisio(cvtsc)•Hace 33 minutosMe sorprende que en esta argumentación el profesor Bayona haya olvidado la educación cívica, la que nos prepara precisamente para aprender a convivir con los demás porque el mundo no gira alrededor de nosotros. La misma que nos enseña en la práctica valores como la cortesía y la amabilidad. Una escuela centrada en el individuo falla en su misión principal.
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Atenas(06773)•Hace 2 horas¡Cuán fácil es divagar! En eso sí q’ son expertos los mamertos y peor si son docentes q’ es a lo q’ más se aplican pa ser mantenidos, y en esto sí q’ son duchos: en ser sostenidos por cuenta de 3ºs o por otros q’ corran el riesgo.La enorme ventaja de tener familia y descendencia q’ estudian en escuelas publicas aquí en USA y en estados gringos, permite apreciar la diferencia frente a cómo se engaña a los educandos en Colombia en el sector público bajo la influencia mamerta y da pena ajena.Atenas
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Dionisio(cvtsc)•Hace 37 minutosApenas le sigue dando sin misericordia al batiburrillo. Cómo se nota que apenas terminó la primaria.
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Maria(bdiql)•Hace 3 horasDe acuerdo, tristemente así es, y lo peor es que sin estar pecando de pesimista consumada y consumida, no se vislumbran cambios positivos por parte alguna, dada la cantidad de falencias y enfermedades crónicas que nos aquejan
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Macario Paramo(86653)•Hace 3 horasExcelente reflexión. Lamentable que nuestras escuelas se limiten a perpetuar las mismas taras que la sociedad repite en su conjunto: individualismo y avaricia. La escuela debería ser el sitio para rumiarlo todo y no tragar nada que no sea alimento para el cuerpo y la mente. Por principio debería ser el lugar seguro para ser contestatario con pensamiento razonado.