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El suicidio de una médica residente

Julián de Zubiría Samper

29 de julio de 2024 - 11:59 p. m.

La sociedad debe rechazar el trato humillante hacia los estudiantes por parte de unos pocos docentes universitarios. Pero también debemos entender que, si no enfrentamos más integralmente el problema de las crisis emocionales de los adolescentes, estas serán cada vez más frecuentes.

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Durante 2023, diez mil jóvenes de los colegios de Bogotá tuvieron ideación suicida de manera sistemática. Algo así no había sucedido antes. Debido a eso, se prendieron todas las alarmas dispuestas por la Secretaría de Educación Distrital para cuidar la vida de los menores. Ser joven ha estado históricamente asociado a la incertidumbre, la rebeldía, la construcción de sueños, las crisis y la alegría. Pese al predominio de las familias autoritarias y sus efectos muy negativos sobre el autoconcepto de los niños y jóvenes, ellos encontraban casi siempre un apoyo muy importante en sus madres, hermanos, primos, tíos, abuelos, profesores, vecinos, compañeros y amigos. Hoy, la vida social y emocional ha cambiado de manera significativa para las nuevas generaciones, en tanto tienden a desaparecer las familias extensas, los hermanos, el juego en la calle y los barrios.

La depresión severa en los adolescentes es un hecho nuevo y complejo que requiere ser interpretado adecuadamente para que, como sociedad, podamos enfrentar uno de los retos más difíciles que se nos han presentado en las últimas décadas. En Estados Unidos, por ejemplo, en 2022 el 57 % de las adolescentes afirmó estar viviendo situaciones de depresión frecuente. Una verdadera tragedia humana de dimensiones insólitas en la historia.

Lo primero que debemos tener presente es que estamos ante la pérdida creciente de sentido de vida en los jóvenes. Las nuevas generaciones tienen una visión excesivamente pesimista sobre el futuro de la humanidad. En columnas anteriores he explicado varios factores asociados. Entre ellos, el más importante es que estamos viviendo con familias en las que se han debilitado los vínculos esenciales. La tendencia es a la desaparición de los hermanos y a la disminución de los tiempos en la calle de niños y jóvenes, a quienes estamos formando con vínculos muy débiles con las demás personas.

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Un segundo factor está asociado a la irrupción de las pantallas y su permanente presencia en la vida diaria. Un reciente estudio de la Fundación CIVIX, apoyado por la Unión Europea, concluye que en Colombia los jóvenes entre 10 y 18 años pasan en promedio 10 horas diarias frente a pantallas. Es decir, las usan prácticamente a todas las horas del día. Esto aumenta la fragilidad de los vínculos que establecen las nuevas generaciones.

“La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Estas bellísimas palabras del poeta inglés John Donne explican por qué no podemos permanecer indiferentes ante la muerte de un ser humano. Mucho menos cuando se trata de una joven que apenas estaba comenzando a vivir. Es innegable que los maltratos que recibió la doctora Catalina Gutiérrez por parte de algunos de sus docentes debilitaron su imagen de sí misma, y el autoconcepto es el mecanismo principal con el que las personas enfrentamos los retos y las dificultades. Las palabras de despedida a sus compañeros así lo atestiguan: “Ustedes sí pueden”.

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El autoconcepto de un niño se forma a partir de las expectativas que cree que los adultos tienen sobre él; en particular, sus padres y maestros. A eso se le conoce con el bello nombre de efecto Pigmalión. Si cree que sus padres y maestros tienen altas expectativas, el muchacho llegará lejos y podremos hablar de un efecto Pigmalión positivo. Pero si lo que escucha de padres y maestros es humillante y maltratante, perderá la confianza en sí mismo y no se sentirá capaz. Quien padece las humillaciones se sentirá feo, bruto, lento y torpe. Debilita su autoconcepto y pierde seguridad. Estamos ante un efecto Pigmalión negativo. Como decía Sigmund Freud, “la ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas palabras bondadosas”.

Lo que estamos viendo con el trágico desenlace del suicidio de Catalina es que en algunas facultades y universidades sigue existiendo por parte de algunos docentes un trato despectivo y humillante hacia los estudiantes, en especial hacia las mujeres. Esta es una clara expresión de la enorme persistencia de los modelos tradicionales en la educación en Colombia. Algunos docentes aún siguen creyendo que “la letra con sangre entra” y que los insultos, el miedo y las humillaciones desarrollan el carácter. No lo dicen, pero lo practican. Lo peor es que lo hacen frente a sus compañeros. Pero casi todos sabemos que están equivocados. Los mejores profesionales nunca se han formado mediante el acoso, el grito y el maltrato de sus profesores.

En el caso de medicina hay varias expresiones más de los modelos tradicionales que se resisten a la transformación pedagógica: los inhumanos turnos de 24 y 48 horas, los aprendizajes memorísticos, la fragmentación del conocimiento y la ausencia de interdisciplinariedad, entre otras. Asistir a una universidad es pertenecer a una comunidad que investiga, practica deporte, se enamora, escucha música, discute y proyecta cómo transformar sociedad. Educarse es universalizarse y adquirir un pensamiento más holístico y transdisciplinar. Desafortunadamente, la enorme especialización universitaria marcha en el sentido contrario a la naturaleza de cualquier educación. En medicina, la educación cada vez se fragmenta y acota más. Estamos formando buenos especialistas, pero seguramente no son los médicos que necesita el país.

Algunos pocos docentes siguen creyendo que las mujeres deberían estar en la casa cocinando y no quitándole el cupo a un hombre en la facultad de medicina. Desafortunadamente, esas actitudes no se denuncian a tiempo, no hay movilizaciones estudiantiles para frenarlas y tampoco son intervenidas adecuadamente por las directivas.

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El maltrato a las mujeres no es un fenómeno nuevo en las universidades. Los tratos humillantes tampoco lo son. La Asociación Nacional de Residentes denunció que el maltrato psicológico involucraba por lo menos al 70 % de los estudiantes. En realidad, ese es uno de los principios de la escuela tradicional enquistada en algunas especializaciones. En este aspecto hemos avanzado un poco en la básica, pero todavía estamos en deuda con la integralidad en varias universidades.

Necesitamos rechazar colectivamente el maltrato que ejercen hacia los jóvenes algunos pocos docentes universitarios que quieren demostrar que tienen el poder. Ellos pueden generar tristeza y depresión profunda. Pero también debemos entender que, si en realidad queremos que los jóvenes sean menos frágiles a nivel emocional, necesitamos que tengan más hermanos y vínculos más diversos y significativos, que jueguen en los parques y en las calles, que enriquezcan su vida social y emocional. Todos podemos ayudar a enfrentar este problema: los docentes, cuidando la esperanza, el optimismo y el sentimiento de ser capaz; los estudiantes, movilizándose colectivamente contra los tratos degradantes; los directivos en las universidades, escuchando la voz de los alumnos y cuidando la integralidad de la formación; los padres, evitando la permisividad y la sobreprotección que tanto daño generan a la autonomía de los menores.

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Paz en la tumba de Catalina. Los padres nunca deberían enterrar a sus hijos, mucho menos cuando el sueño de ellos se trunca por la humillación y el maltrato que sufren por parte de quienes deberían estar formándolos y preparándolos para vivir.

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