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El Instituto Tobías Emanuel (ITE o «El Tobías», como le dicen en Cali) abrió sus puertas en 1965 y hoy acompaña, día tras día, a 414 personas con discapacidad intelectual, la mayoría de bajos recursos. Hay desde niños de seis años hasta adultos mayores, y con ellos sus familias, que llegan con preguntas, con miedos y con una esperanza pequeña pero firme, como esas yerbitas que crecen en las grietas del asfalto. El ITE lucha, con un tesón que ya lo quisiera Dios para sus curas, para que sus alumnos encuentren un lugar en el mundo.
El día empieza cuando «los internos» del Programa de Acogimiento Residencial tienden sus camas, desayunan, buscan medias perdidas y, por supuesto, no falta el que ya está listo desde hace media hora y espera pacientemente a los demás. Luego, el instituto se va llenando de voces y de más personas. Llegan «los externos» en bus, en moto con el papá, de la mano de una abuela que lleva años haciendo el mismo recorrido, y los que llegan solos (esto también es parte del aprendizaje).
Los más pequeños, los del programa Fortalecimiento Adaptativo y Ruta de Oportunidades (FARO), entran corriendo. Los alumnos mayores de edad, los de Avances, entran sin prisa. Hay quien saluda a todo el mundo por su nombre, y hay quien necesita unos minutos de silencio antes de levantar la mirada. Los dos saludos valen lo mismo.
Muchos de ellos pasaron años en lugares donde no encajaban. Eran los que se quedaban atrás, los que no entendían nada, pero un día cruzaron la puerta del Tobías y algo cambió en su forma de sonreír y hasta en el caminado. Encontraron por fin un lugar en la ciudad, donde no tienen que disculparse por ser como son, donde tienen amigos, un horario, una responsabilidad y alguien que los espera.
En el internado viven 150 personas que están bajo la protección del ICBF. Para ellas, el Tobías no es un hospital, es su casa. Ahí viven, despiertan, celebran sus cumpleaños y tienen a alguien que les pregunta qué tal durmieron y como te quedó de bonita la plana. Son personas a las que la vida les quitó un hogar y el Tobías se los devuelve con rutinas, con cuidado y el derecho a soñar un futuro propio. FARO acompaña a 30 niñas y niños que están entre los seis y los 13 años, y les alumbra el camino con amor. Se trabaja la comunicación, la autonomía del cuidado personal, la vida en grupo, la lectura, las matemáticas adaptadas, el arte y las pequeñas tareas de todos los días, con planes hechos a la medida de cada niño y con la familia sentada en la mesa.
En «Educación para el Trabajo y el Desarrollo Humano», los estudiantes cursan cinco programas técnicos: Panadería y Pastelería, Jardinería y Vivero, Auxiliar Administrativo, Auxiliar de Almacén y Bodega, y Auxiliar de Servicios Hoteleros. Es un ciclo de más de 3.000 horas y cuatro años de camino. De ahí nacieron PROALAS, un programa de inclusión laboral, y SENDA, el puente entre el Tobías y las empresas que les dan la mano a personas con discapacidad. 250 personas han terminado su formación en el Tobías y más de 120 están trabajando.
En Avances, 17 adultos mayores con discapacidad intelectual son la prueba de que aprender no tiene fecha de vencimiento. Bailan, pintan, hacen música y teatro, leen, saltan, conversan. El arte les da un lenguaje para lo que a veces no cabe en palabras, y el grupo les da algo esencial: compañía y un motivo para salir de casa cada mañana. La «Sala de Ángeles» es el lugar más conmovedor. Un joven terapista levanta de su cama a un ángel de 30 años, le habla, lo carga hasta la mesa de terapia, lo masajea, le mueve los brazos y las piernas y luego lo baña con ducha de mano y agua tibia. La Sala acoge a 21 personas de entre 18 y 40 años con discapacidad total; deben ser alimentadas y aseadas. Los terapistas los cambian de posición, les hablan y los abrazan, por supuesto. Los ángeles responden con una sonrisa breve. O invisible, no importa.
Cuando empiezan las actividades, en un salón de FARO un niño logra por fin escribir su nombre completo y se lo muestra a todo el que pasa. En el vivero, alguien riega las plantas que sembró hace tres semanas y celebra emocionado la aparición de la primera hoja. En el almacén, alguien cuenta cajas, las marca y las vuelve a contar. En el salón de administración, una muchacha aprende a contestar el teléfono y a decir, sin que le tiemble la voz: «Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?». Y más allá, en Avances, una señora de sesenta y tantos años levanta los brazos y mueve las caderas al ritmo de la música como si fuera la primera vez que baila, y a lo mejor lo es.
Son cosas pequeñas y grandiosas a la vez. En el Tobías el usuario aprende a amarrarse los zapatos, a esperar el turno, a pedir ayuda, a tomar el bus sin compañía, hasta que un día su mamá lo escucha decir «yo puedo». Así, de a poquito, se escriben las pequeñas grandes historias del Tobías: como la del muchacho que hoy trabaja en una empresa de alimentos y lleva el primer mercado a su casa, o la joven que recibió su primer salario y lo contó muchas veces antes de creérselo.
Y claro, también hay días en que las cosas no salen. La planta se seca. El inventario no cuadra, la entrevista de trabajo sale mal y entonces el muchacho regresa al salón en silencio. Hay lágrimas, hay rabia y portazos. Nada de eso se esconde ni se soslaya. Durante mucho tiempo, a estas personas se las protegió tanto del fracaso que las volvieron demasiado frágiles. En el Tobías se enseña que el error es necesario y que la frustración es una buena maestra. Enseñan a respirar, a pedir otra oportunidad, a entender que equivocarse es parte clave del camino. En el instituto se les acompaña con paciencia, sin rescatarlos antes de tiempo, porque el mundo allá afuera no siempre será amable y hay que enfrentarlo con coraje. Quien aprende a levantarse en el Tobías, entre personas que lo quieren, sabe levantarse después en cualquier parte.
Al final de la tarde, el Instituto se va quedando en silencio. Se recogen las herramientas y los útiles, se cierran los cuadernos y todos se despiden con abrazos que a veces duran más de la cuenta…
Los que se van dicen «mañana vuelvo». Los que se quedan se sientan a comer, se cuentan el día y apagan la luz en la única casa que muchos de ellos han sentido como suya. Son cosas que no caben en un solo escrito. Son cosas que caben en esas despedidas, en esa hoja nueva del vivero, en esa mesa servida al anochecer. Eso es el Tobías: un lugar donde muchos encuentran por fin su lugar, donde lo pequeño se cuida porque ahí empiezan las historias grandes, y donde equivocarse y caer es parte del aprendizaje.
Notas. Esta columna la escribimos Lina Marcela Sáenz, rectora del Tobías y sicóloga especializada en didácticas flexibles, Andrés Rubiano, filántropo y arquitecto de sistemas, y yo.
El ITE es aliado del ICBF y la Secretaría de Educación de Cali. Opera con un déficit anual que pone en riesgo la continuidad de su labor. El terremoto afectó buena parte del techo del Instituto. Ofrecer apoyo.