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Lenguaje y comentario

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Nadie sabe cuándo empezó el lenguaje oral. No hay fósiles de palabras ni fonemas del paleolítico enterrados por ahí. Lo único que tenemos son conjeturas, restos indirectos: el hueso hioides, la probabilidad de una mutación genética, una pintura rupestre, las primeras tumbas, indicios de un pavor cósmico. Se acepta que el lenguaje simbólico (-1,9 millones de años según Volpi y Steiner) fue posterior al lenguaje denotativo, el que nombra: «perro» fue primero sustantivo y con los años símbolo: la palabra «perro» como símbolo de lealtad o de fiereza.

Y antes de todo, aseguran los esotéricos, hubo un tiempo en que las palabras coincidían con las cosas y el nombre no era una convención sino una emanación de la cosa. El mito de Babel resume esa nostalgia: antes de la dispersión, el mundo era legible. Decir «león» era tocar la fuerza; si alguien decía «río», el auditorio sentía la fluidez. La lengua prebabélica —cree Foucault— era exacta. El significante no rodeaba el sentido: lo encarnaba. «Thor no era el dios del trueno –afirma Borges con aplomo argentino—; era el trueno y el dios». No había distancia entre las palabras y las cosas.

Aquí también hay disidentes, claro. Un lenguaje así sería redundante, rezongan. Si la palabra fuera idéntica a la cosa, no agregaría nada al mundo. El lenguaje no nace de la identidad perfecta, de la plenitud prebabélica, sino del desfase palabra/cosa. Hablamos porque somos criaturas carentes, porque estamos separados del mundo.

Los críticos alejandrinos lo entendieron temprano. Descubrieron que el lenguaje no se limita a nombrar: se desvía, como en la hipálage, exagera, como en la hipérbole, disimula, como en el eufemismo, ironiza, como en la sátira, pero siempre comenta. Tiende al expresionismo; magnifica: en La Ilíada, Príamo llora la muerte de su hijo «ante un mar consternado»; luego, Príamo arenga a sus guerreros y vuelve a la hipérbole: Que el fragor de la batalla haga retumbar de espanto la bóveda celeste, les ordena. El mar y el cielo, dos amplificadores: un dolor del tamaño del mar, un estruendo capaz de estremecer el cielo. ¿Lo pensó así Homero o lo leyeron así los críticos alejandrinos? Lo segundo. Estamos ante una lectura de Homero. El sentido no está en el texto como una moneda enterrada, se produce en la lectura. Varía con las lecturas. El que lee interpreta; el que interpreta comenta.

El comentario es clave. Comentamos porque el discurso es siempre un relato abierto: opaco, curvo, parcial, polisémico. Comentamos Las Escrituras porque dicen demasiado y demasiado poco. El judaísmo lo entendió perfectamente: la Biblia fue comentada por la Mishná; la Mishná, corregida por el Talmud; el Talmud, rodeado de comentarios interminables. El texto original no desaparece, pero queda sepultado bajo interpretaciones que, con el tiempo, se vuelven más normativas que la fuente original.

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Esto no es una perversión del sentido: es su destino. El saber no avanza por revelaciones definitivas sino por capas, por interpretaciones. Foucault lo sabía: lo propio del conocimiento no es ver ni demostrar sino interpretar. El lenguaje prolifera, diverge, no converge.

El comentario no es inocente; es poder. El que interpreta decide qué vale y qué no. Toda explicación instituye jerarquías, excluye lecturas, normaliza sentidos. No comentamos solo para entender, sino también para dominar el campo del sentido.

Esto vale para los textos sagrados y para los paganos. El comentarista deportivo no solo verbaliza las jugadas: las convierte en un relato autorizado. El crítico literario no se limita a resumir una novela: sugiere lecturas posibles. El lector que vuelve a Remedios la Bella o a Wakefield no solo busca viejos amigos: se busca a sí mismo. Releemos para reconocernos.

El lenguaje no es solo hospitalidad; es también violencia simbólica. Con palabras se funda la ley, se declara la guerra, se excluye al otro. La nostalgia de un lenguaje originario puro olvida este reverso.

Quizá nunca hubo una edad de transparencia verbal sino, desde el comienzo, una lucha por el sentido, por imponer una interpretación. Por eso el comentario es infinito: no porque busquemos la verdad última, sino porque no existe una palabra final. Cada interpretación responde a otra, la corrige o la desplaza. Montaigne lo intuyó: hay más libros sobre libros que sobre cualquier otra cosa. No es una decadencia; es la forma natural del pensamiento humano.

Quizá no hablamos para poseer el mundo, sino para negociar nuestra distancia con él. El lenguaje no nos reconcilia con las cosas; nos recuerda que estamos separados. Y el comentario —esa forma tardía, reflexiva, a veces abusiva del lenguaje— no viene a cerrar la herida sino a mantenerla abierta. Eso es lo que lo vuelve verdadero.

P.S. ¿Cuál fue la primera palabra? Heródoto cree que fue «pan» (experimento del faraón Psamético I) pero pudo no ser un nombre. Tal vez fue un gesto que encerraba una plegaria o una blasfemia. O apenas una interjección, una voz quebrada: un grito, una queja, una amenaza.

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Comentarios
  • Julio Roberto Arenas C.(3f359)•Hace 11 minutos
    Ahh, qué berraquera, Julio César; estás metido de narices en la filosofía de la filología. ¡Qué envidia y qué placer leerte! Gracias.
  • Dionisio(cvtsc)•Hace 1 hora
    Y si miramos a Oriente nos encontramos con obras como el I Ching, que leen la naturaleza y nos enseñan a navegar por ella. "Todo cambia menos que todo cambia". Llegan luego los comentarios de Confucio, que lo transforman de un libro de adivinación en uno político y filosófico, del "qué va a pasar" al "cómo debe actuar una persona racional ante las circunstancias cambiantes". Las primeras palabras según esta tradición serían persona, sol, árbol, tres, arriba (1250 AC).
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