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Desde tiempos inmemoriales, hemos poblado el mundo de dioses y espíritus a quienes atribuimos el poder de gobernar la naturaleza y fijar nuestro destino. Pero estas supersticiones no son patrimonio exclusivo de los pueblos que, con cierta arrogancia, llamamos «primitivos».
Todavía hoy, buena parte de la humanidad cree en un dios concebido a nuestra imagen y semejanza: un ser que creó los cielos y la Tierra, escucha nuestras plegarias, vigila nuestros actos y administra premios y castigos. En la tradición cristiana, ese soberano invisible promete a sus fieles la dicha eterna y reserva a quienes desobedecen sus mandatos el horror de un tormento sin fin.
Las creencias religiosas deben buena parte de su poder a una circunstancia decisiva: se instalan en nuestra mente mucho antes de que alcancemos la «edad de la razón», y lo aprendido en el regazo materno suele resistir durante toda la vida los embates de la lógica. De ahí la enorme dificultad de convertir a un cristiano adulto al islam o a un musulmán al cristianismo. Algo semejante ocurre con un judío, un sintoísta o un devoto de Shiva. El troquelado de la mente infantil obra así el prodigio de transformar —al menos en las religiones de raíz bíblica— antiguas historias de pastores y profetas de la Edad del Hierro en verdades eternas e incuestionables.
En el extremo opuesto están quienes consideran tan pueril creer en el Dios bíblico como creer en las hadas madrinas o en Papá Noel. Pero el panorama es menos simple de lo que sugieren estos dos extremos. Según el Pew Research Center, cerca de 1.900 millones de personas no se identificaban con ninguna religión en 2020. Entre ellas hay ateos, agnósticos y quienes, sin profesar ningún credo, tampoco excluyen la existencia de un creador.
Pero repudiar al Dios de los catecismos no implica desechar toda posibilidad de una inteligencia creadora. Cabe concebir un Dios mucho más austero, que no necesita cielos, infiernos ni mandamientos y que, por esa misma razón, difícilmente podría convertirse en objeto de culto. Un Dios indiferente a nuestras plegarias, ajeno a nuestras miserias, que no concede favores, no hace milagros ni administra eternidades, tendría muy poco que ofrecer a sus devotos.
Que un Dios semejante resulte inútil para las necesidades humanas no significa, sin embargo, que su existencia sea imposible. Cabe imaginar que nuestro universo haya surgido de un conjunto de reglas concebidas por una inteligencia muy superior a la nuestra y puestas en marcha en una realidad ajena, como un programa que se ejecuta en una gigantesca máquina de cómputo. A esa inteligencia podríamos deberle nuestra existencia sin que nuestra suerte le importe lo más mínimo.
En 2003, el filósofo Nick Bostrom publicó un artículo cuyo título parecía salido de una novela de ciencia ficción: «¿Vivimos en una simulación informática?». Su argumento abría la puerta a una posibilidad fascinante: que nuestro universo fuera semejante al mundo de un videojuego, una realidad virtual nacida de las instrucciones de un programa ejecutado por una inteligencia dotada de un poder computacional inimaginable.
Imaginemos, por ejemplo, un lago al atardecer. Una brisa leve mece los juncos de la orilla y dibuja pequeñas ondulaciones en el agua. Una mariposa revolotea entre las flores silvestres, mientras el sol desciende detrás de las montañas y tiñe el horizonte de oro y púrpura. Las sombras se alargan, las hojas tiemblan y los últimos reflejos del cielo se deshacen sobre la superficie del lago. Todo posee la serena plenitud de lo real.
Para los habitantes de aquel mundo, el lago sería tan real como lo es para nosotros el nuestro. El agua mojaría sus manos, el viento acariciaría sus rostros y la luz del atardecer iluminaría sus ojos. Jamás sospecharían que, fuera de aquel universo, no existe una sola gota de agua, ni una brizna de hierba, ni un rayo de sol. Ni lagos, ni viento, ni mariposas, ni crepúsculos.
Todo aquel prodigio existiría únicamente como información procesada por una gigantesca máquina ubicada en una realidad remota. Lo que sus habitantes perciben como un universo de materia, luz y movimiento no sería, visto desde fuera, más que una descomunal sucesión de operaciones matemáticas. El rumor del viento, el temblor del agua y la luz agonizante del atardecer serían el resultado de unas reglas escritas en otro mundo, por una inteligencia cuya existencia jamás llegarían siquiera a sospechar.
¿Y qué nos autoriza a suponer que nuestro universo es, en lo esencial, distinto? No se trata de afirmar que vivamos en un videojuego ni de imaginar a un creador sentado frente a una computadora. La analogía apunta a una posibilidad mucho más sorprendente: que aquello que llamamos realidad física no sea, en último término, sino la dinámica interna de una construcción computacional.
Pero aquí surge una dificultad formidable. Nuestro universo contiene una multitud inconcebible de partículas y campos que interactúan sin cesar según las leyes de la física. ¿Qué computadora sería capaz de representar semejante complejidad y reproducir su evolución durante miles de millones de años? La tarea parece tan desmesurada que invita a descartar la hipótesis como un simple desvarío de la imaginación.
En 2002, el físico Seth Lloyd, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, se propuso calcular los límites físicos de la capacidad computacional del universo. Sus resultados desafían la imaginación: desde el Big Bang, nuestro universo habría podido realizar, como máximo, del orden de 10¹²⁰ operaciones elementales, es decir, un uno seguido de ciento veinte ceros. La cifra, sin embargo, no nos dice cuántas operaciones requeriría para simularlo. Tampoco tendríamos que imaginar una máquina condenada a ejecutarlas una tras otra, en una secuencia interminable. Innumerables componentes podrían trabajar simultáneamente, cada uno obedeciendo unas pocas reglas elementales. El paralelismo no elimina la dificultad, pero permite distinguir entre la cantidad de operaciones que exige un cálculo y el tiempo necesario para ejecutarlas.
Una ilustración extraordinaria del poder de unas pocas reglas elementales es el Juego de la Vida, inventado por el matemático John Conway. Consiste en un tablero de casillas que nacen, sobreviven o mueren según reglas de una simplicidad casi infantil. Y, sin embargo, de ese puñado de instrucciones surgen figuras que se desplazan, se encuentran, transmiten señales y forman estructuras de asombrosa complejidad. De unas pocas reglas emerge un universo de posibilidades prácticamente ilimitadas.
Y hay todavía otra consideración, no menos desconcertante. El tiempo de un universo simulado no tendría por qué correr al mismo ritmo que el de la máquina que lo ejecuta. Einstein nos enseñó que el tiempo no es absoluto, pero aquí se trata de algo muy distinto: una cosa es el tiempo que transcurre dentro de un mundo virtual y otra el que necesita la computadora para calcular su evolución.
Una civilización podría acumular miles de millones de años de historia mientras que, en el universo en el que se ejecuta la simulación, apenas transcurren unas horas. O podría ocurrir exactamente lo contrario: que un solo segundo de nuestro tiempo exigiera siglos de cálculos en aquella realidad desconocida. Sus habitantes jamás advertirían la diferencia, pues sus relojes, sus pensamientos y hasta el ritmo de sus corazones obedecerían al mismo tiempo interno. Para ellos, un segundo seguiría siendo un segundo, aunque, fuera de su universo, hubieran transcurrido 1.000 años.
Nada de esto demuestra que vivamos en una simulación. Tampoco conocemos las leyes que regirían la realidad en la que se encontrara semejante máquina de cómputo. Sería absurdo suponer que debiera obedecer las mismas restricciones físicas de nuestro universo, pero no menos absurdo convertir nuestra ignorancia en un argumento a favor de su existencia. Lo que podemos concebir no es, por ese solo hecho, verdadero.
Queda, además, una dificultad acaso más profunda. No somos únicamente cuerpos que obedecen las leyes de la física. Tenemos una vida interior: vemos el rojo, sentimos dolor, nos conmueve la música y sabemos que existimos. ¿Puede una computadora engendrar ese mundo íntimo y misterioso que llamamos conciencia? Nadie lo sabe. Si para producir conciencia bastara una determinada organización de procesos físicos, independientemente de la materia que los sustenta, un universo simulado podría albergar seres capaces de pensar y sentir.
Pero también cabe la posibilidad de que una computadora reproduzca hasta el último detalle de nuestra conducta sin que haya nadie allí para experimentar el mundo. La ciencia no ha resuelto este misterio y acaso nunca lo resuelva. Tal vez nos encontremos ante uno de esos enigmas cuya solución no está solamente más allá de nuestros conocimientos actuales, sino también más allá de los límites mismos de la inteligencia humana.
¿Y deberíamos llamar Dios a la inteligencia que hubiese concebido y puesto en marcha semejante universo? Sería, en todo caso, un Dios muy distinto del que veneran los fieles en iglesias, mezquitas y sinagogas. No tendría por qué ser infinito, bondadoso, omnisciente ni inmortal. Podría equivocarse, ignorar nuestra existencia o habitar él mismo un universo creado por otra inteligencia. Tampoco nos prometería la salvación, la inmortalidad del alma ni una justicia que compensara las miserias de nuestra existencia. Y, en rigor, ni siquiera resolvería la vieja pregunta de por qué existe algo en lugar de nada: simplemente trasladaría el misterio al universo de su creador.
No me parece racional creer, sin evidencia alguna, que vivamos en una simulación. Pero tampoco encuentro razones para declarar imposible la existencia de una inteligencia creadora solo porque los dioses de las religiones tradicionales nos resulten inverosímiles. La imaginación de los antiguos pastores no agota las posibilidades del universo.
Acaso la pregunta no sea si existe el Dios que hemos imaginado durante milenios, sino si aquello que llamamos realidad tiene un origen y una naturaleza que nuestra inteligencia quizá nunca alcance siquiera a vislumbrar.
Lecturas recomendadas
Seth Lloyd, «Computational Capacity of the Universe», Physical Review Letters 88, 237901 (2002). https://doi.org/10.1103/PhysRevLett.88.237901
Seth Lloyd, «Ultimate Physical Limits to Computation», Nature 406, 1047–1054 (2000). https://doi.org/10.1038/35023282
Nick Bostrom, «Are You Living in a Computer Simulation?», The Philosophical Quarterly 53, 243–255 (2003). https://doi.org/10.1111/1467-9213.00309
Pew Research Center, «How the Global Religious Landscape Changed From 2010 to 2020» (2025). https://doi.org/10.58094/fj71-ny11
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Atenas(06773)•Hace 2 horasHe de reiterarme, pero los suscriptores de EE q’ tenemos ocupaciones no disponemos de tiempo pa leer un diario con artículos tan largos y no dudo de q’ bien surtidos de fuentes confiables. Atenas
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 36 minutosJajajajajajajajaja
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John(ek2r0)•Hace 4 horasPuesto que mencionas a Einstein te recuerdo su afirmación: "Creo en el dios de Spinoza" que puede servirte para ampliar y enriquecer tu comentario y quien afirmó: "Deus sive Natura" (dios, o sea, la Naturaleza)
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Alex(59079)•Hace 4 horasMuchas gracias por escribir aquí, señor «Klaus Ziegler». Muchas gracias a don Fidel Cano por persuadirlo de que volviera a escribir en El Espectador. Sepa que leo todo lo que escribe. Noté su larga ausencia. Y llegué a buscar patrones y otras señales en su temática, escritura y método para reconocerlo en otras columnas. Hay algo que lo hace distinguible: siiempre encuentro en sus planteamientos un esmerado estimulo intelectual. Aprecio mucho eso.
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Dionisio(cvtsc)•Hace 5 horasComparto esa clave: "[…] sino también más allá de los límites mismos de la inteligencia humana". Es un misterio fascinante y por fortuna tenemos la humildad, que nos permite reconocer que no tenemos ni idea. Ahora, supongamos que esa inteligencia superior existe: ¿de dónde obtuvo los materiales para su obra? ¿Acaso existían antes que ella? Cada una de estas preguntas termina en ese reconocimiento de que no lo sabemos.
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 4 horasNo lo sabemos, Dionisio? Tienes a mano a un científico, filósofo, antropólogo, historiador, músico, crítico literario (ver monólogo de Penélope), dos o tres carreras a su haber, en fin…, !Y gratis!
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Alonso(wh2yk)•Hace 6 horasQue Dios nos guarde del presidente, alguacil destripador. ¡Viva Cristo Rey!
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baltasar(622)•Hace 6 horasmi comentario está pendiente de moderación..Es que ya les llegó las instrucciones del emergente GRAN DICTADOR Abelardo de la Espriella.Es evidente que para e El Espectador hacer reflexiones mesuradas son inaceptables pero las que solo emiten groserias y epítetos son razonables.Increible a que tan bajo ha caído El ESpectador.
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Celyceron(11609)•Hace 5 horas¡Ya les llegaron las instrucciones! Aquellos comentarios sesudos, van al cajón de la "moderación". ¿Qué invento es ese? Pues censura, pura y dura.
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@;-)=B:-(=(4444)•Hace 6 horasSolo queda el eterno "Solo sé que nada sé" de Sócrates, y así seguiré.
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Hugo(14000)•Hace 7 horasLa imagen de un dios no es cualquier superstición sino una necesidad ineludible del cerebro por buscar la CAUSA de las cosas y su concepción es una maravilla del cerebro primitivo.Se desarrollaron según múltiples factores sociales, en construcciones de diversas religiones en buena parte inverosímiles. Sin embargo han sido a su vez extremadamente útiles para las angustias humanas que tienen de dónde "agarrarse"antes de caer en el vacío.Contaminadas con política han resultado funestas .
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Tercio(53826)•Hace 7 horasVer para creer; aunque pueda que esté equivocado, ya no lo sabré…
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Hernando(61673)•Hace 8 horas"Tu vida sigue siendo una secuencia de elecciones y recuerdos, pero esa secuencia vive en tí, no en un cosmos que fluye independientemente" Bardon. No se complique tanto: conviértase el Pastafarismo..
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HECTOR FERNANDO(32901)•Hace 9 horasTampoco olvidemos a F. Nietzsche, quien llego a la conclusión que el hombre había matado a Dios, pero la MinEducacion con su PhD. y todo lo demas, seguro lo condenó al averno por satánico, hereje y blasfemo. Creo Klaus que Ud. está cerca de una condena similar.
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Nelson(11961)•Hace 10 horasDios es una creación humana, sus características dependen de particularidades históricas y sociales (el pez como símbolo en pueblos de pescadores, la oveja y los pastores, las deidades con muchas extremidades y la polimelia); en serio, en tiempos de inteligencia artificial pensarla como Dios? En lugar de discusión teológica sería mejor discutir el contexto histórico, social (humano) del cual es producto y factor de cambio?
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Tercio(53826)•Hace 7 horas👍👍👍
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 10 horasLe recomiendo, Klaus, a ti y a tus lectores, buscar y ver en Youtube, la entrevista que le hicieron a Carl Gustav Jung sobre el “problema” Dios. También recomiendo el excelente libro de Richard Dawkins: “La ciencia del alma”; en este texto se reconoce que la ciencia es poseedora de muchas de las virtudes de la religión: “explicación, consuelo e inspiración”, sin la pesada carga que aquella conlleva: la superstición y el prejuicio. ¡Imperdible!
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JOSE JAVIER(36217)•Hace 10 horasGracias Klaus por ponernos a razonar en lo ajeno a nuestra inteligencia imperfecta y voluble
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Leonardo(69374)•Hace 10 horasFaltó la referencia a Baruch Spinoza y sus tesis sobre dios en su libro Ethics. Como dice un agnśotico: ¡gracias a dios soy ateo!
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Cesar(uyih4)•Hace 12 horasMuy buen artículo. Gracias. Es valiente al abordar este tema. Lo hizo muy bien. Es una buena costumbre la de poner las referencias bibliográficas. Esta costumbre académica la deberían usar en forma generalizada en este y en todos los periódicos.
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JACN(65090)•Hace 16 horasComo siempre , muchas gracias , lo mejor del E E.