17 Oct 2021 - 2:00 a. m.

Capítulo 13: El club de los parias

A César Gaviria no lo quiere Alejandro Gaviria. A Edward Rodríguez no lo quiere el Centro Democrático. Al coronel José Luis Esparza no lo quiere el Gobierno.

Capítulo 13: El club de los parias

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas advierten que su trama está «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación del autor. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Domingo 12 de septiembre de 2021

Aunque nunca se lo ha propuesto, el coronel José Luis Esparza siempre ha sido un imán para las mujeres. Conserva los rasgos genéticos que, desde la época de las cavernas, han despertado el interés sexual de la especie humana: alto, de espalda ancha, brazos musculosos, quijada fuerte y facciones simétricas.

Esa mañana vestía zapatos de lustrar, pantalón, camisa y blazer, todo perfectamente planchado. Y aunque la pinta era estándar, él se sentía disfrazado, incómodo. Cualquier militar que recién cuelga su uniforme convive con el malestar de quien se despoja de una parte de sí mismo.

Bordeaba el lago del parque Simón Bolívar, en Bogotá, cuando Lorena Agudelo lo divisó desde la banca. «Está como churro», pensó. Se puso nerviosa. Lamentó no haberse maquillado de otra manera o elegido una ropa distinta. Se acomodó el pelo sin que le cambiara mucho el aspecto y le sonrió resignada cuando él llegó.

El coronel, que no correspondió la sonrisa, escaneó el entorno mientras se daba vuelta para tomar asiento junto a Lorena. Detalló al personal de servicios generales arreglando unas cercas, un pequeño camión de pasabocas que se dirigía a surtir las casetas de comida y un maratonista que corría sobre la pista de polvo de ladrillo. No dijo nada. Esperó unos segundos. Se dio cuenta de que Lorena estaba como pasmada y entonces le hizo un gesto tosco con toda la cara, como diciendo: «Hable a ver».

—Sí, coronel, claro… —Espabiló Lorena—. Buenos días. Gracias por venir.

Esparza siguió mudo. Lorena abrió los ojos y suspiró ante la dificultad del diálogo.

—Bueno… Pues… Interpreto que vino solo a oír. ¿Cierto?… Emmm… Muy sencillo, coronel… Mi jefa lo que quiere es tenderle la mano, para lo que sea que usted decida hacer. Nos imaginamos que su primer impulso es pelear, ¿cierto?… Que lo reincorporen. Pues lo podemos ayudar en esa pelea. Lo podemos ayudar con abogados, obvio, pero esto no solo se gana con abogados. También podemos diseñar una estrategia de presión, para que esto se le vuelva un problema al Gobierno. Que tampoco es tan difícil. Usted es un héroe nacional. Usted se metió en la selva, desarmado, en la mitad de una cuadrilla de guerrilleros, y sacó vivo al grupo de secuestrados más famoso de este país… Básicamente, coronel, lo que usted pida lo podemos hacer… Y eso también incluye explorar otros horizontes… en la política, por ejemplo.

Esparza volteó a ver a Lorena de súbito.

—Claro, coronel —continuó ella—. Ya otros militares han llegado al Congreso. Más de un partido quisiera tenerlo en sus filas. Ahí la pregunta no es quién estaría interesado en usted, sino en cuál de todos los partidos usted quisiera estar.

El militar bajó un poco la guardia. Su postura ya no era de total desconfianza. Estaba, de hecho, pensando en lo que le acababa de plantear Lorena.

—Yo no sé con quién siente usted más afinidad, pero mi consejo, coronel, es que mantengamos todas las opciones abiertas. Que sean ellos los que hablen de usted, los que lo busquen, y no al revés. Yo me imagino que usted es un militar muy orgulloso, ¿cierto? Usted no sería capaz de ir al Centro Democrático a pedir que le abran un cupo. O, por poner otro ejemplo… la «coalición de la esperanza». Usted podría hablar con Íngrid Betancourt, que es su amiga, que le debe tanto, para que lo presente allá, pero eso es algo que a usted le daría pena, pedirle un favor así a ella. Pues mi jefa es amiga de María Fernanda Cabal, pero también está en la «coalición de la esperanza» y ellos se están hablando con Íngrid. Perfectamente podemos poner a sonar su caso, su nombre, que lo defiendan desde María Fernanda Cabal hasta Juan Manuel Santos, para que al final pase una de dos cosas: o a usted lo reintegran en el Ejército o usted renace, pero en la política. Yo creo que cualquiera de esas dos…

—¿Qué hay que hacer? —interrumpió Esparza de la nada.

Lorena tardó un poco en encontrar las palabras.

—Déjese guiar… Nosotros podemos hacer que hablen de usted, pero usted no le responda a nadie ni se deje ver con nadie. Si le dicen que vaya al foro de precandidatos del Centro Democrático, excúsese. Lo mismo cuando lo inviten a la presentación del libro de Íngrid y Santos. No vaya. Queremos que todas las puertas se mantengan abiertas. ¿Le suena?

El coronel dio un nuevo vistazo a su entorno antes de responder:

—Me suena.

—Una cosa más —dijo Lorena, evitando que el militar se pusiera de pie—. Si en paralelo quiere pelear su reintegro al Ejército, hay que contraatacar… Nos toca devolverle el golpe al que le cortó el ascenso.

Esparza se quedó viéndola con seriedad, con la ceja derecha ligeramente levantada.

—Ah, ¿sí? —respondió con sarcasmo—. ¿Y es que usted sabe quién me hizo esto?

Lorena contempló el paisaje, no con los ojos de espía del coronel, sino con el ánimo de disfrutar un poco el momento, la temperatura tibia del ambiente, el reflejo cristalino en el lago, el sonido del viento en los árboles.

—Es increíble lo que hace la gente en este país por quedarse atornillado en un puesto, ¿no? —planteó ella—. Se encierran en una oficina o andan metidos en un avión, siempre con una tarea pendiente… No tener tiempo para esto, para sentarse en un parque, es una tortura de la que no nos damos cuenta… Tenemos un apego enfermizo por los cargos, por los títulos, por el sueldo… en todos los niveles, desde un auxiliar administrativo hasta el presidente de la República.

Lorena miró a los ojos al coronel, esta vez sin sentirse incómoda ni abrumada por la presencia de ese hombre.

—Esto se lo hizo el que se iba a quedar sin puesto si usted ascendía: el jefe de inteligencia del Ejército… Eso lo sé yo, lo sabe usted y lo sabe medio mundo dentro de las fuerzas militares. Así que… si quiere que avancemos rápido… cuénteme algo interesante sobre el general Mario González Lamprea, a ver si lo hacemos famoso… Es más fácil encontrar en internet fotos suyas, coronel, que del general. Nos toca sacarlo del anonimato.

***

Miércoles 29 de septiembre de 2021

La Candidata observó con desagrado el arrume de obras de arte y otras chucherías en el apartamento de César Gaviria. El lugar pretendía asemejarse a una galería de arte contemporáneo, aunque a la Candidata le pareció más un caso de «Acumuladores», el programa de Discovery Home & Health sobre personas que generan un apego compulsivo a las cosas que los rodean. Había cuadros, platos, porcelanas, esculturas y artefactos arqueológicos de todos los tamaños; representaciones de caras, de hombrecillos, de caballos, de dioses y figuras religiosas de culturas diferentes. Estaban en las paredes, en el piso, colgados del techo, en la mesa de centro de la sala, alrededor de los grandes ventanales del comedor, en la biblioteca y hasta en los baños. Varias piezas estaban etiquetadas e inventariadas, como parte del juego de coleccionista que Gaviria tenía con su hija, María Paz. Juntos habían creado un vínculo alrededor del arte. La Candidata creía que lo que habían hecho era esconderse el uno del otro detrás del esnobismo.

La mujer se detuvo momentáneamente frente a un mueble, entre el comedor y una pequeña sala auxiliar. Estaba repleto de cruces católicas, en filigranas de plata y oro, en donde destacaba un jinete con su caballo.

—Ese es Santiago Apóstol—explicó Gaviria—. Aunque otros dicen que es Melchor, porque él era el único Rey Mago a caballo. Gaspar iba en camello y Baltasar iba montado en un elefante.

La Candidata pasó de largo. Se dirigió a la pieza que siempre se quedaban mirando todas las visitas: un traje samurái del siglo XIX. Le hizo recordar un detalle que ella solo conocía porque se lo había contado hacía muchos años su hijo Camilo:

—¿Sabías que el casco de Darth Vader está inspirado en el de esta armadura?

(En esta foto, a la izquierda, se puede ver la armadura samurái y, al fondo, las cruces filigranadas y una representación de Santiago Apóstol).

—¿El casco de quién? —preguntó el expresidente sin tener idea de la referencia.

La Candidata le respondió con paciencia.

—El casco de Darth Vader… Es uno de los villanos más icónicos de la cultura pop. Se volvió casi que una representación del mismo mal. ¿No has visto nunca La Guerra de las Galaxias?… Es una película.

Gaviria realmente no sabía si la había visto alguna vez o no.

—Casi no veo Netflix —respondió el expresidente.

La Candidata rio genuinamente:

—No sé si está en Netflix. Te estoy hablando de una película vieja… de hace… ¿40 años, tal vez? No estoy segura. Darth Vader es un villano de vieja data… No como tú, que eres el villano de moda.

Gaviria disfrutó a broma.

—Ah…, ¡eso sí! El malo del paseo hoy en día soy yo. Ahora resulta que yo soy lo peor que le ha pasado a este país…

—Es muy injusto lo que te están haciendo —validó la Candidata en tono serio.

Gaviria se puso en la misma frecuencia.

—Imagínate… me están tratando como un leproso con el que nadie se quiere juntar. Ese miedo con el que anda Alejandro, que no recibe mi apoyo, como si yo fuera quién sabe qué cosa. Y me duele viniendo de él, porque nunca hemos tenido ningún problema… Tus amigos de la «coalición de la esperanza» son los que más mal ambiente nos están haciendo. Yo no sé quién le dio a Sergio Fajardo la autoridad para entregar avales morales, pero ahí se la pasa diciendo quién es bueno y quién es malo…

—Yo no estoy de acuerdo con lo que ellos están diciendo y se los he hecho saber —mintió la Candidata—. Por eso quería verte, privadamente. Yo creo que en esta campaña de centro debe estar Alejandro y debes estar tú. A nadie le conviene ese papismo de decir: «Allá los politiqueros corruptos y aquí los impolutos». En ese orden de ideas, a ti no te están investigando por nada… En cambio, a Fajardo sí y hasta tiene un fallo en contra por Hidroituango. Yo no digo que sea culpable, pero que tampoco vengan a decir que tú sí lo eres.

—Es que eso es lo que digo yo…

—Pues no lo estás diciendo lo suficientemente fuerte —cuestionó la Candidata con severidad—. A Sergio se la tienes que cantar, sin matices ni correcciones políticas. Y a Alejandro también, pero en privado. Él tiene que estar, sí o sí, contigo. Dejar que se vaya sería darles la razón a los demás.

—Sí, pero tampoco puedo obligar a Alejandro a que reciba mi apoyo…

—Sí puedes… Sí podemos… Si Alejandro ve muy lejos a Fajardo, no le va a quedar otra opción. A ti te conviene tener de tu lado una imagen refrescante como la de Alejandro. Es que tú no eres el malo de este paseo… y de eso tengo que convencer a la «coalición».

La Candidata volteó a ver de nuevo el casco de la armadura samurái. Gaviria le copió la mirada.

—Tú no eres el Darth Vader de esta película —agregó ella—. Y es una lástima que no lo pueda decir en voz alta, pero… te lo digo a ti, acá: para lo que sea… y así los demás te vean como un leproso… tú cuentas conmigo.

***

Domingo 3 de octubre de 2021

La camioneta del representante a la Cámara Edward Rodríguez estacionó a un lado de la vía. Nicolás Ulloa insistió en su mensaje antes de bajarse:

—Usted es un político que vale la pena, representante, y no es justo lo que le hicieron en el Centro Democrático. Para lo que necesite, ahí estamos, mi jefa y yo.

Nicolás puso ambos pies en el asfalto y se volteó para decir una cosa más.

—Hace 8 años le dimos una mano y no le fue mal, ¿o sí? (ver capítulo 5 de la primera temporada).

Edward asintió tímidamente y Nicolás cerró la puerta. La camioneta del representante se fue. Otro carro se acercó para recoger al asesor de la Candidata. Lorena estaba al volante.

—¿Esto de andar reclutando parias sí nos va a servir de algo? —preguntó ella tan pronto se subió su compañero.

Nicolás se quedó buscando unas palabras en su memoria.

—La jefa tiene una teoría —respondió finalmente—. Un paria es casi como un perro abandonado. Cuando lo recoges, te quedas con su lealtad. Y eso siempre es un buen recurso… A veces la lealtad es más importante que las afinidades políticas.

***

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