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Ante el ímpetu autoritario, Bogotá da muestras de resistencia y reafirma una manera de entender lo público que se expresa en las urnas, las instituciones y la calle y que es propia de las grandes ciudades.
La academia mundial lleva años estudiando las diferencias políticas entre el campo y la ciudad, sobre todo en la pospandemia. En 2024, la Encuesta Europea de Valores encontró mayor respaldo rural a opciones autoritarias. Y, en 2023, un estudio de la revista internacional Urban Studies sobre 66 países mostró que las ciudades son más tolerantes con los migrantes, las minorías y la diversidad.
En Colombia, el Centro Nacional de Consultoría ha insistido en que las ciudades tienen personalidad política. Desde hace 10 años, Bogotá y Barranquilla ordenan sus preferencias con criterios diferentes a los de Medellín o Bucaramanga. En el plebiscito, el Sí a la paz alcanzó el 56,07 % en la capital frente al 49,78 % nacional. Y todas las mediciones encuentran una alta valoración ciudadana de la participación, a pesar del escepticismo frente a su eficacia.
Los últimos datos reveladores son del Barómetro de las Américas 2025-2026, de la Universidad de Vanderbilt. Según sus microdatos, el 68,97 % de los entrevistados en Bogotá expresa apoyo fuerte a la democracia, mientras en el resto del país, lo hace el 62,07 %. En la ciudad 75,58 % rechaza que un presidente disuelva la Corte Suprema, contra el 69 % en otros lugares.
Hay otra particularidad en ese estudio: apenas el 27,12 % de los bogotanos siente que sus derechos están protegidos, frente al 35,40 % de los habitantes de otras partes del país. Eso no es contradictorio porque se puede esperar más de la democracia y desconfiar más de su funcionamiento. Por un lado, porque el escepticismo es virtud de posiciones más educadas y, por otro, porque entre más se cree en los derechos, más eficacia se pide al Estado para garantizarlos.
De la resistencia bogotana también hablan los actos institucionales. En la reciente asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, el alcalde Galán firmó dos declaraciones en defensa de la libertad de expresión. Y después de la desmontada en las salas del Museo Nacional, antes de que un Juez ordenara devolver las piezas, el Centro de Memoria de la ciudad ofreció acoger las obras retiradas. Su exposición permanente “Terca Esperanza” ya reúne cerca de cien objetos de memoria –entre ellos un saco de Pizarro y un afiche de Jaramillo– así como decenas de testimonios de víctimas del conflicto.
La vocación democrática de Bogotá tiene historia. Desde la afortunada línea de continuidad Mockus-Peñalosa-Mockus-Garzón, la ciudad aprendió la fuerza de lo público traducido en infraestructura, cultura ciudadana y luchas contra el hambre. Y como las actitudes frente a los derechos van más allá de lo institucional, dos días después de que retiraran las piezas del Museo, cinco mujeres que transitaban frente al lugar se tomaron espontáneamente de las manos para impedir que una tanqueta fumigara a los manifestantes. Transeúntes espontáneos las ovacionaron.