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Resistencia bogotana

Lariza Pizano
20 de septiembre de 2026 – 12:06 a. m.
Bogotá vista desde el edificio BD Bacatá, ahora Bogotá Tower 2862
“En los noventa, el Distrito [Bogotá] tuvo la legitimidad para pedirles a los habitantes que cambiaran hábitos, cuidaran lo común y convivieran con la diferencia”: Lariza Pizano.
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos

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Las metrópolis tienen visiones políticas propias. En 2024, mientras Trump ganó la elección nacional, Kamala Harris obtuvo cerca del 68 % en Nueva York y el 90 % en Washington. En Londres pasó algo parecido con el Brexit: 59,9 % votó por permanecer en la Unión Europea. Y en las federales alemanas de 2025 la extrema derecha sacó 20 % en el país y 15 % en Berlín. El 28 de septiembre esa ciudad volverá a ponerse a prueba.

En Bogotá se da ese fenómeno. Están afianzadas transformaciones culturales que no surgieron de una rebelión ciudadana contra el poder, sino del Estado local. En los noventa, el Distrito tuvo la legitimidad para pedirles a los habitantes que cambiaran hábitos, cuidaran lo común y convivieran con la diferencia. Toda una batalla cultural a favor de la inclusión.

Por estos días, tres hechos referidos a la diversidad recogen la herencia de ese momento. BibloRed acaba de ganar el Premio de Alfabetización UNESCO Rey Sejong 2026 por Escuelas LEO, un modelo dirigido a personas de diferentes culturas y capacidades. En octubre, Rock al Parque celebrará 30 años de rebeldía y diversidad. Y la Filarmónica se acerca a sus 60 años convertida en un sistema que, entre otras, ha formado a 300 mil niñas y niños de todos los niveles socioeconómicos desde 2013.

Esas son consecuencias de largo plazo de las batallas culturales de la ciudad alrededor del espacio público, los andenes y las alamedas; la cultura ciudadana, la civilidad y los acuerdos colectivos. A pesar del pesimismo que dejó la desastrosa gestión de Samuel Moreno —cuando la percepción de que la ciudad iba por buen camino cayó de cerca del 60 % al 30 %, niveles de los que no se ha recuperado del todo—, las conquistas en torno a la diversidad se volvieron sentido común. Hoy la discriminación genera rechazo social: la semana pasada hubo un plantón frente a una tienda Zara por un presunto caso de discriminación contra una vendedora y, días antes, una besatón en el Centro Andino protestó porque un celador se opuso a que alguien grabara un beso entre dos hombres. Y en la misma línea, más allá de lo anecdótico, la última Encuesta Mundial de Valores para Bogotá encontró que el rechazo a tener como vecino a una persona homosexual cayó del 31 % al 13 % en seis años, y el rechazo a alguien de otra raza, del 17 % al 3 %. La Encuesta Bienal de Culturas 2025 también registró mejoras en el respeto a las identidades diversas.

Incluso en las urnas Bogotá ha mostrado una lógica propia. En medio de la gritería nacional, en 2023 la ciudad eligió un alcalde ni de izquierda ni de derecha, haciéndole el quite a la polarización nacional.

Nada de esto evita que en muchas dimensiones Bogotá sea aburrida, tensa y retadora. Desesperan sus trancones, la inseguridad, las obras eternas, el clima despiadado, y una estética muy gris y desoladora. Lo sorprendente es que, junto a esas angustias, persiste la idea, afianzada en décadas, de que lo público importa, que la batalla por la inclusión trae felicidad y plenitud a sus habitantes y que la convivencia es parte de una resistencia que en medio de un árido contexto nacional florece en lo local.

Lariza Pizano

Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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