
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Alguna vez, llegué a pensar que Piero tuvo la culpa de que yo me hiciera pianista. Y digo la culpa porque, aunque no me arrepiento, ya estoy jubilada y sin ganas de volver a ejercer. Uno de los primeros discos que me aprendí de memoria fue La sinfonía inconclusa en La mar. Desde Shorty Malone, hasta el El trencito del oeste, pasando y quedándome horas enteras en el “pulpito a ocho manos que aporreaba un par de pianos”. Eso quería yo: aporrear pianos y ensayar sinfonías.
Conforme crecí, me aprendí el resto de sus canciones: Pedro nadie, Llegando llegaste, Soy pan, soy paz, soy más. Y poco a poco, de tanto repetirlas y cantarlas, las fui entendiendo. Hablaban de lo que no se podía hablar, de ser rebelde, demócrata y creyente del amor. Piero fue una de esas voces valientes que, abrazado a su guitarra, sostuvo a Argentina cuando la dictadura se empeñaba en tirarla al piso.
Hace casi diez años, tuve la dicha de entrevistarlo y preguntarle todo lo que quise. Por ejemplo, por qué había hecho un disco para niños después de escribir Coplas de mi país o Para el pueblo lo que es del pueblo. “Cuando te ponen una pared, solo tenéis dos caminos”, me dijo, “o te morís de tristeza, o cantás hasta que alguien se olvide la puerta abierta”. Para 1973, Piero estaba en las listas negras de la dictadura; sus canciones, prohibidas por los federales que controlaban la radio, y su nombre en los informes de inteligencia. Lo querían callar. O desaparecer. Conoció, entonces, a Alejandro Mayol, un exsacerdote que se sentaba en los pasillos a componer para los niños. A ese “dios que hoy nos hace cosquillas” se unió “Johny Cartucho que casi no cuenta el cuento y con su instrumento pudo escapar”. La sinfonía inconclusa en La mar fue la puerta abierta.
Me contó, también, que estuvo a 10 minutos de que los federales lo montaran en uno de los Ford Falcon que usaban para capturar opositores del régimen. “De esos sin patente, a los que cuando te subían, nadie nunca volvía a saber vos”. Logró escaparse porque antes de que llegaran a su puerta, un amigo le avisó de la redada. Empacó lo que pudo en una maleta y salió huyendo del país. “Por solo diez minutos fui el torero que agita el paño y grita: ¡Olé!”.
Cuando nos estábamos despidiendo, no me aguanté las ganas de contarle mi historia con el piano y el pulpito a ocho manos. “Yo comencé con los teclados clásicos y me la volaron”, dijo riéndose. Cuando Piero tenía trece años, padecía con escalas y ejercicios técnicos, poco o nada le interesaba ser músico. Pero alguien le mostró la guitarra y solo de oído encontró los acordes de Zamba de mi esperanza. Fingió que estaba enfermo, que tenía un surmenage, y logró que lo internaran en la enfermería con una guitarra. Diez días después se sabía 10 canciones. “Era música de contado y me sacudió el alma. ¿Te la sacudió a vos, el piano?”. Sí, siempre, respondí.
Adiós a Piero. Y gracias eternas.