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Hay días para contar calorías y otros para agradecer que alguien haya tenido la maravillosa idea de mezclar chocolate, mantequilla, harina y recuerdos. También existen momentos en los que uno abre una caja, corta una torta o se come una trufa y, antes del primer mordisco, ya está negociando consigo mismo: “solo un pedacito”. Como si disfrutar necesitara explicación.
Durante años hemos llamado “placeres culposos” a esas pequeñas felicidades. Yo prefiero quedarme con el placer y mandar la culpa de vacaciones. Y más cuando detrás de ese bocado hay emprendimientos jóvenes, que han entendido que el chocolate puede ser mucho más que un antojo. Somos Torta (@somostorta) y Taller Kakaw (@tallerkakaw) recorren caminos distintos, pero ambos tienen algo que me gusta encontrar cuando salgo a buscar historias: personas que convierten una idea en oficio, y ese oficio en una manera de construir futuro.
La historia de Somos Torta comienza mucho antes de que Omi Dávila (@je_suis_omi) pensara en emprender. Empieza cuando vivía en Perú, contaba con la cocina familiar, y su mamá preparaba una torta que fue cambiando con ellos. Llegaron viajes, reuniones y, por supuesto, las tías, porque pocas juntas creativas pueden competir con una familia opinando alrededor de una receta. Una cobertura por aquí, un toque de licor por allá, algo de whisky y muchas cucharadas metidas —literal y metafóricamente— construyeron la torta que después pasó por colegios, universidades, oficinas y celebraciones antes de convertirse en negocio.
Omi estudió Derecho y trabajó después en publicidad. Cuando llegó el momento de apostar al negocio de alimentos, entendió que su lugar estaba más cerca del cliente, mientras que su hermano, administrador de empresas y broker de alimentos, veía posibilidades de crecimiento y escala. Esa diferencia terminó definiendo buena parte de Somos Torta. Comenzaron horneando en apartamentos, y luego trasladaron la producción a una planta compartida. No quieren estar en todas partes ni llenar góndolas por el simple hecho de hacerlo. Probaron la distribución a terceros y descubrieron que un número grande en ventas no necesariamente significa un mejor negocio: aparecen márgenes pequeños, estrés enorme y, peor aún, se pierde esa relación con quien compra.
Por eso siguen apostándole al domicilio propio, a conocer a sus clientes y a que la torta conserve algo de aquella cocina familiar. Y su mamá mantiene un cargo que ninguna junta directiva debería subestimar: inspiración, experimentación y control de calidad. Junto con las tías, son las mejores asesoras de sabores y mezclas.
Al otro lado de esta historia está Clara y Taller Kakaw, donde el chocolate se mira desde el grano. Clara es pastelera, lleva más de trece años en el sector, y encontró su relación con el cacao durante una temporada en México. Kakaw significa cacao en maya y es, precisamente, un homenaje al lugar donde, afirma, “el cacao me eligió para trabajarlo”.
Su propuesta va mucho más allá de vender un buen chocolate, y eso es lo verdaderamente interesante. Taller Kakaw trabaja bajo el modelo bean-to-bar: compra directamente cacao de productores de Guamal (Meta), lleva el grano a Bogotá y controla su transformación. Trabaja chocolates de altos porcentajes, desarrolla productos para cafés, restaurantes y pastelerías, y ha encontrado en la innovación una manera de diferenciarse.
Hay chocolates endulzados con alulosa (azúcar natural de baja calorías), brownies con harina de avena y cascarilla de cacao, frutas deshidratadas cubiertas de chocolate y una línea de trufas donde Clara parece divertirse especialmente, pues pueden aparecer el biche, el whisky de cacao o una interpretación del canelazo con aguardiente, especias, achira y queso. Colombia metida en una trufa.
Y ahí, sin querer, vuelven a encontrarse estas historias. Somos Torta acaba de responder a sus clientes con una línea sin azúcar añadida llamada “Torta sin culpa”, mientras que Taller Kakaw lleva tiempo preguntándose cómo hacer chocolatería con altos porcentajes de cacao y propuestas diferentes, sin sacrificar el disfrute.
Quizás ese sea el verdadero lujo de estos tiempos: poder escoger. Comerse una buena tajada de torta con todo lo que debe tener, o descubrir otras maneras de acercarse al cacao. Celebrar una receta que pasó de mamá a tías y de tías a hijos, o probar una trufa nacida de preguntarse a qué sabe Bogotá.
Porque detrás de los “placeres culposos” también hay productores, familias, cocineros, emprendedores y jóvenes tratando de construir empresas con identidad. Así que la próxima vez que tenga enfrente una buena torta o una trufa de chocolate, pienso hacer algo revolucionario: ¡comérmela! La culpa puede esperar.
Último hervor: El caucho siempre se revienta cuando uno lo estira de más. Es una regla básica de la física. Entonces, ¿por qué nos aterramos de volver a lo básico? Orden y competitividad para el país. Nunca estamos contentos con nada, pero de vez en cuando vivir en estabilidad es un lujo que no podemos perder.