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Hay lugares a los que uno llega y se va y no pasa nada. Hay otros, en cambio, que sin saber muy bien por qué, terminan sintiéndose como una casa que se siente propia. Casa Lèlytè (@casalelyte) pertenece a esos segundos. Hace diez años, cuando esa zona de Chapinero Alto no figuraba tanto en las rutas gastronómicas de Bogotá, su fundadora, María Angélica Bernal (@madame.plantae), llegó a una casa golpeada por el tiempo, y vio lo que otros no habrían visto. Donde había ruina, imaginó refugio. Donde había paredes cansadas, pensó en habitaciones, mesas, cocina, y gente entrando y saliendo. Supo que allí podía construir ese “chuzo propio” con el que soñaba desde el colegio, esa idea que venía acompañándola.
Antes había trabajado en agencias de publicidad, y viajado y conocido pequeños hoteles y formatos de “bed & breakfast” que le mostraron una manera distinta de recibir. No se trataba solo de dormir fuera de casa, sino de encontrar lugares con identidad, donde quien llega siente que alguien pensó en los detalles. Así comenzó Casa Lèlytè.
El proyecto no nació de un manual perfecto. Creció desde la intuición, con arquitectos, el apoyo de su madre y la compañía de Alberto Mario, quien primero la respaldó y después se convirtió en socio. En los primeros años tuvo algo de secreto bien guardado, porque es un diamante: una dirección que se compartía entre conocidos, una casa discreta, un restaurante y un pequeño hotel alejados del ruido exterior.
Esa idea del refugio explica mucho de lo que Casa Lèlytè sigue siendo. María Angélica cuenta que inicialmente necesitaba crear un lugar propio, porque no siempre encontraba dónde sentirse cómoda en el mundo de afuera. Con los años, aquello que comenzó como una necesidad personal terminó ampliándose: la casa se convirtió también en un espacio seguro para huéspedes, comensales y para un equipo que viene acompañándola durante esta década.
En la cocina ocurre algo parecido. Casa Lèlytè construyó buena parte de su identidad alrededor del concepto de bistró de cocina vegetal, pero sin convertirla en una consigna rígida o una conversación de buenos contra malos. La propuesta sale de una idea: los vegetales merecen el mismo cuidado que cualquier ingrediente. Y se los dice una omnívora que no es fan de esa cocina, y terminó siendo algo así como una veggie de corazón.
Durante mucho tiempo se habló de la cocina vegetariana como si fuera una categoría menor: una ensalada, una guarnición, algo improvisado para quien no comía carne. Aquí el planteamiento es diferente: técnicas, fondos, fermentaciones, brasas, texturas y salsas pueden transformar un vegetal igual que transforman una proteína animal. Cuando eso ocurre, la conversación deja de ser sobre lo que falta en el plato, y empieza a ser sobre lo que aparece.
Esa curiosidad los llevó a invitar cocineros que trabajan con carne para enfrentarlos a un menú completamente vegetal. El ejercicio tiene juego y reto: mirar un producto conocido desde otro lugar, y descubrir hasta dónde puede llegar cuando se le presta suficiente atención.
¡Diez años después, la casa también está cambiando! Si el encanto inicial era esconderse un poco del mundo, ahora la intención es abrir más las puertas. Hacer barrio, generar encuentros y compartir esta paz. Crear propuestas de coworking, presentaciones de libros, lanzamientos, experiencias con vecinos, café, bar y otras maneras de habitar un espacio que ya no quiere pensarse solo como hotel o restaurante.
Esa evolución me gusta, y mucho. Siendo muy realistas, las ciudades necesitan lugares donde todavía sea posible quedarse un rato. Sitios que no obliguen a correr, consumir y desaparecer. Casas donde una comida pueda terminar en conversación, donde un huésped se sienta recibido y donde un proyecto gastronómico entienda que también forma parte de la calle, el barrio y la comunidad. Lugares donde el respeto sea el ingrediente principal del servicio.
Tal vez por eso, después de una década, Casa Lèlytè encontró una frase que resume bastante bien lo que quiere ser: “En un mundo que acelera, Casa Lèlytè es refugio”, ese que nació como un pequeño bistró de cocina vegetal construido alrededor de una mesa, una cocina y una casa que nació para proteger a una mujer soñadora, y hoy abre sus puertas para recibir a muchas más.
Último hervor. Un mes del terremoto y la marea baja, y parece que se nos olvida. Quiero recordarles que la tragedia no depende de una tendencia o de unos posts. A nuestro Pacífico le debemos décadas de trabajo, y a los chocoanos el cheque chimbo que reciben hace centurias. Ahora, que por fin los vemos, no los dejemos tirados. ¿Y saben qué? Tras más de una década trabajando en lo público, les digo que pocas veces conocí una gobernadora así de preparada. Evítense la vinculación política: piénsenlo como gente inteligente.