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Escurriendo entre los dedos

Marc Hofstetter

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El 8 de agosto de 2022, un día después de la posesión presidencial, el ministro de Hacienda José Antonio Ocampo radicó en el Congreso un proyecto de reforma tributaria. En la primera semana de noviembre sin haber siquiera cumplido tres meses en el poder el proyecto ya había sido aprobado. Sin importar si se comparte o no el contenido de la propuesta, tenerla lista el primer día del gobierno, indicaba que el ministro llegaba con la tarea hecha, los números claros y con mucho trabajo previo: una cosa es tener ideas sobre cómo reformar un estatuto tributario, otra es aterrizarlo a un articulado.

Durante la campaña electoral, el actual presidente, se presentó como una adalid de la cordura fiscal. Prometió reducir los ministerios a la mitad y el tamaño del Estado en 40%, presentar un plan de choque que ajustaría el gasto en 70 billones de pesos, eliminar el impuesto al patrimonio y el 4xmil. Estamos a quince días del momento en el cual Ocampo ya tenía aprobada la reforma tributaria hace cuatro años y por ahora lo único concreto que los ciudadanos hemos visto en el frente fiscal es una actualización del presupuesto de 2027. Esa actualización, sorpresa, no fue para reducirlo sino para sumarle un 10% relativo al presentado por Petro. No me cabe duda de que había muchos rubros desfinanciados y que estas nuevas cuentas son más cercanas a la verdad de lo que cuesta lo comprometido y su inercia. Pero ¿dónde está el ajuste prometido?

Los anuncios en campaña sobre un regreso al orden en las cuentas públicas mejoraron temporalmente los precios de la deuda colombiana. Tras la primera vuelta presidencial, cuando las perspectivas de un triunfo de la oposición se hicieron claras, las tasas de interés de la deuda pública descendieron significativamente. Pero ese compás de espera se acabó. Los precios de la deuda ya se asemejan a los que había antes de la primera vuelta presidencial. Los mercados financieros también han ido perdiendo la paciencia.

Un error grave que cometió el presidente de cara a llegar con las tareas listas desde el día uno, fue suspender el empalme. Comparto la indignación que lo llevó cancelarlo—la siembra de dudas sin prueba alguna por parte de Petro sobre el resultado electoral, a lo Trump y Bolsonaro—pero llegar a gobernar sin un empalme es un tiro en el pie.

La corrección de las cuentas públicas requiere debates difíciles. Cada peso que gasta el Estado le llega a alguien que querrá mantener ese servicio, ese ingreso, ese empleo, ese contrato. Los recortes alardeados en campaña son más fáciles de exclamar que de ejecutar. Subir los impuestos, algo que el presidente no ha querido mencionar, tendrá que ser parte del ajuste. Ambas tareas podrían estar en este momento terminando su debate legislativo si el día uno hubiera tenido clara la estrategia. El primer semestre de cualquier gobierno es el de la luna de miel en el legislativo, la ventana de oportunidad de empujar reformas difíciles y a este se le está escurriendo entre los dedos.

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X: @mahofste

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