Una sola palabra define el trasegar geopolítico del planeta durante 2025 y comienzos de 2026: Donald Trump. Desde su llegada al poder el 20 de enero de 2025, el neoyorquino domina los titulares y la agenda global. Prácticamente todo lo que ocurre en el ámbito internacional tiene el sello de Trump, así no esté directamente involucrado. Acuerdos comerciales que se firman entre bloques y países parecieran surgir como reacción a la agenda arancelaria que ha impuesto en el comercio mundial.
Por estos lares, alguien bautizó su política hacia Latinoamérica como la “doctrina Donroe”, en la que la captura de Maduro en Miraflores, su posterior traslado a Estados Unidos y la forma en que maneja la transición en Venezuela son su modelo más emblemático y podrían llegar a constituir uno de los logros más prominentes de su presidencia. El arribo de la nueva enviada especial americana a Caracas, Laura Dogu, más parecía el desembarco de algún virrey durante la colonia.
De igual manera, la reunión del día de ayer con el presidente Petro, concretada mientras daba una entrevista al New York Times y tras meses de enfrentamientos verbales y sanciones, se enmarca dentro del estilo particular de quien es consciente del gran poder que tiene. Al momento de escribir estas líneas, es poco lo que sabemos de lo que ocurrió en esas dos horas en la Oficina Oval.
Trump intervino directamente en las elecciones en Honduras, ha apoyado a Milei, mantenido una ambigüedad estratégica vis-à-vis Claudia Sheinbaum y castigado a Canadá, el otrora principal aliado de Washington. La nueva doctrina de seguridad nacional, revelada hace unas semanas, le da prominencia a las Américas, que nuevamente son vistas como el Patio Trasero, si es que alguna vez ese concepto se abandonó. El continente se alinea con MAGA con los resultados electorales en Chile, Bolivia y Costa Rica.
Trump rompió con lo que se creía eran reglas sacrosantas, cerró las fronteras de Estados Unidos, aplastó lo políticamente correcto, arremetió contra las más prestigiosas universidades y doblega lentamente a las otras ramas del poder. Trump eliminó una de las principales herramientas del soft power americano, la USAID; ha expulsado a decenas de miles de emigrantes ilegales, volteó “patas arriba” el comercio global, potenció la tecnología y a las grandes tecnológicas americanas como herramientas de dominación y convirtió la Casa Blanca en un santuario de peregrinación de jefes de Estado y grandes empresarios.
Trump ha convertido el multilateralismo en un menú. Se retiró del Acuerdo Climático de París, como lo había hecho en su primera administración; de la Organización Mundial de la Salud; del Consejo de Derechos Humanos y de la Unesco, a estos dos últimos acusándolos, con razón, de sesgo antiamericano y antiisraelí. Tras anunciar el retiro de más de 60 organismos multilaterales que considera ajenos a los intereses de Estados Unidos, retomó con condiciones la ayuda humanitaria a Naciones Unidas. En Davos, Trump se robó el show, aunque le tocó compartir reflectores con el primer ministro de Canadá, Mark Carney.
Trump se vanagloria de haber logrado detener ocho guerras, infiriendo ser merecedor del Premio Nobel de Paz. Si bien no ha podido detener la guerra entre Rusia y Ucrania, su objetivo sumo, sí fue instrumental en contener la guerra en Gaza con su plan de 20 puntos, avalado por el Consejo de Seguridad y que ya entró en su segunda fase.
Tras el despliegue de su armada en el Caribe, cerca de las costas de Venezuela, otra armada se ancla en las cercanías de Irán, país en el cual el régimen asesinó a miles de manifestantes pacíficos y que mantiene su intención de revivir su programa bélico nuclear. Lo que ocurra en Irán dependerá en buena medida de la Casa Blanca, al igual que la estabilidad en todo el Medio Oriente.
“¿El poder para qué?”, exclamó un designado a la presidencia de Colombia. Ahí está la respuesta y apenas va un año: faltan tres.
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