Del silencio interior… a la vida coherente

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Los seres humanos nos sentimos bien cuando aprendemos a través del ensayo y el error, y nos realizamos cuando actuamos al servicio del otro, privilegiando el bien común. Sin embargo, nuestras creencias culturales, de espaldas a la condición humana, nos piden que seamos “exitosos y poderosos” si queremos ser aceptados.

Para ser exitoso, poderoso y aceptado se requiere, por un lado, tomar decisiones sin equivocarnos y por otro justificar racionalmente las decisiones que protegen el bien particular, aunque descuidemos el bienestar compartido.

El precio que pagamos por ser “exitosos y poderosos” es traicionar el aprendizaje y la autorrealización que como seres humanos nos merecemos.

Sucede que el riesgo de equivocarnos es inevitable, es imposible garantizar que todas las decisiones conduzcan al logro de la meta, aunque busquemos minimizar el error, planificando para controlar el resultado, ensayando para ver pros y contras, la equivocación surgirá al observar los resultados.

Pero si consideramos que fallar nos vuelve perdedores, será difícil que el silencio interior cree las condiciones para aprender, corregir y proteger nuestra calidad de vida.

Por ejemplo, cuando se le da la patada al balón y el recorrido lo lleva fuera del arco percibimos que fallamos; si el río desborda la presa sabremos que nuestros planes fracasaron; si la desigualdad social campea en el mundo, estamos equivocándonos como humanidad y como colombianos.

Lo que hoy es urgente es defender nuestro derecho a corregir errores y a reconocer que el bien común es per se nuestro propio bienestar, y al contrario el bien particular excluye a los demás.

La fuerza que nos permite enfrentar las creencias culturales que nos obligan a vivir dividiéndonos en dominantes y dominados comienza con la disciplina del silencio interior.

Él detiene la mente, abandona la identificación con la agitación exterior, escucha la sabiduría del corazón y nos muestra que todos los seres vivos estamos conectados y todos somos necesarios. En este estado de conciencia nuestro sabio interior nos libera de la creencia de que nuestro valor depende de tener la razón y de tomar ventaja de los otros.

Desde el silencio interior la vida se hace coherente, de tal forma que cuando se patea el balón pertenecer al equipo tiene sentido, cuando se planea manejar el cauce de un río respetar la naturaleza y la vida de las personas tiene más sentido que ahorrar dinero, cuando elijo un modelo socioeconómico busco que elimine la desigualdad porque el hambre de uno es el hambre de todos, porque el hambre y el sometimiento de muchos son la vergüenza de todos.

El silencio interior nos conecta con la ética del amor que ilumina las decisiones que conducen a la vida coherente.

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