28 Dec 2015 - 2:00 a. m.

¿Posconflicto o posconvenio?

Mario Méndez

Mario Méndez

Columnista

Para llamar de alguna manera al tiempo que seguirá a la firma de lo que se acuerde en La Habana entre la insurgencia de las Farc y el Gobierno Nacional, creemos que es más adecuado hablar de posconvenio que de posconflicto.

Este último término indica falsamente que la lucha social se acabará una vez logrado un “acuerdo”, que surge de un tire y afloje, un exigir y pedir entre las dos partes, lo que significa “convenir” soluciones que atiendan apenas relativamente los intereses de uno y otro lado. Es claro entonces que, si las partes buscan el fin del “conflicto”, no se refieren al carácter estructural de la sociedad, sino al problema concreto del enfrentamiento armado, lo cual quedó claro desde la apertura de diálogo en palabras del alto comisionado Humberto de la Calle, cuando hablaba de que no estaría en discusión el modelo de desarrollo del país.

De modo que haríamos bien en hablar de “posconvenio”, pues así no negamos el carácter de nuestro sistema económico-político ni creamos la falsa ilusión de que, firmada la paz, se acaba el conflicto social, ya que la índole estructural de la sociedad colombiana implica esa tensión latente, activa aunque sutil. Aquí no impera consenso, propio de sociedades equilibradas, sin las contradicciones que se han arraigado en nuestro suelo, con los desniveles que registran las estadísticas: brecha económica, educativa, salarial, de oportunidades, en fin, desigualdades que nos señalan ante el mundo como una de las sociedades más injustas en el disfrute social del trabajo y que más claman por medidas siquiera de ajuste.

Lo anterior exige aceptar con pragmatismo las reales posibilidades de cambio sin sobresaltos cruentos. Sirve decir, en todo caso, que los cambios que se vienen no dejan de ser precarios, en razón de la resistencia de amplios sectores dotados de capacidad decisoria, resistencia proveniente de concepciones muy añejas según las cuales quien carece de lo necesario para vivir refleja que es perezoso o flojo o buena vida, visión que corresponde a una mirada ciega o prejuiciada sobre la sociedad que somos. Esa forma vetusta de ver las cosas lleva, por consiguiente, a considerar que aquello que se otorgue como reivindicación resulta, más que de la necesidad de aplicar medidas justas, de concesiones graciosas en favor de los excluidos, con el ánimo de “calmar”, pero no de “solucionar”.

Además, no sabemos aún exactamente cuales serán las “concesiones!, !los favores” para que se termine el conflicto “armado”: no el conflicto social. Y queda, además, esperar las reacciones más recalcitrantes, que las habrá, lo cual pudiera dar al traste con un proceso que ha sido difícil y cuyos resultados la mayoría considera deseables, para ver si es posible la paz en medio del conflicto, como correspondería a lo que ocurre donde se pueden conciliar el conflicto subyacente o abierto con la posibilidad de no matarse.

Tenemos muchos temores, muy fuertes, de lo que pase en la escena del “post”. Serviría mucho una jornada de profunda reflexión sobre lo que más conviene a todos en esta encrucijada. Frente a esta incertidumbre, nos atreveríamos a formular una pregunta muy sencilla: ¿Usted, compatriota, del color que sea, qué es lo que quiere que sea Colombia?

* Sociólogo de la Universidad Nacional.

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