
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Corría el año 1975 y el Museo Nacional era todavía el cuarto noble de algunas familias presidenciales. Un salón contenía memorias de Eduardo Santos y, otro, reliquias de Laureano Gómez. Se había dado un cambio en la dirección luego de 24 años de ser liderado por Teresa Cuervo Borda. La nueva directora, Emma Araújo de Vallejo, tenía claro que se necesitaba cambio para que el Museo fuera algo más que un vasto anticuario nacional. Se hablaba de la nueva historia, de adicionar algo propio a la mirada hispánica, se luchaba entre el arte figurativo y abstracto. El país social, político e intelectual iban tres salas adelante del museo. Gloria Zea, directora de Colcultura, y la señora Araújo, estaban en la tarea de actualizar el guión, de curar ese gabinete atiborrado de curiosidades, minerales, próceres y obras de arte. Necesitaba las salas de los dos expresidentes. Se discutió la idea y la Comisión histórica del Museo retrocedió: “ni el Museo, ni la Comisión pueden tomar el riesgo del problema político que suscitaría la eliminación de la sala Laureano Gómez”. Era un trasteo familiar difícil de emprender.
Emma Araújo decidió entonces llamar a los hijos, Álvaro y Enrique, para que visitaran el Museo. Una emboscada con muchos riesgos. Los llevó a la sala de su padre y les preguntó qué significaba para ellos ese montaje y que podría significar para el público. La respuesta de uno de ellos la contó años después en una entrevista: “Quita todo, particularmente los abrigos viejos de papá. Del escritorio, ni hablemos. No tiene ningún valor. Y las condecoraciones, las tiene todo el mundo”.
No faltaron las críticas porque el Museo se veía muy vacío, “dos cuadros buenos dicen más que veinte malos”, respondía la directora. O porque unos presidentes estaban al óleo y otros al papel fotográfico, algunos no habían tenido un pintor que les hiciera justicia. Otros se quejaban por la desaparición de una bandera o un cuadro que había donado un familiar.
Pero el Museo ya discutía un nuevo guion con los más importantes historiadores colombianos, de viejas y nuevas corrientes, con las críticas de vanguardia como Marta Traba, con artistas como Beatriz González, con museógrafos internacionales que lo asesoraban. Se buscaba una nueva identidad nacional, actualizar la mirada que la sociedad veía día a día en la calle, en la prensa, en la televisión. Los museos tienen la ventaja del aura de credibilidad que entregan las urnas y las luces, del ambiente de silencio reverencial, pero eso ya no era suficiente. Era el momento de la discusión y las tensiones por contar una sociedad en plena convulsión.
El gobierno actual, con su sectarismo, su simulación, su rancio desconocimiento, acaba de mostrar que habita los tiempos del museo colonial. El presidente quiere purgar el Museo Nacional con la misma idea decorativa que tiene para su oficina en Barranquilla. Se jura el regente del antiguo panóptico que acoge al museo.
Se trata también un juego de ensayo y error, un tanteo, una manera de alentar a su gente y distraer la atención. Pero sus prejuicios y su fanatismo hacen que les quede fácil interpretar la farsa. Fingen como estrategia política, pero al mismo tiempo sienten la convicción personal de la censura.
Las salas que drenaron hacen parte de un guion que comenzó a escribirse en 2011. Ha pasado por tres presidentes y ocho ministros de cultura y ha abierto al público 13 nuevas salas permanentes. Ninguna pieza del trasteo vergonzoso ordenado por Abelardo en vivo llegó por orden del expresidente Petro. El presidente señala afiches y banderas con la misma saña con la que increpa delincuentes.