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La ostentación es uno de los lemas del presidente Abelardo de la Espriella. La exhibición de su persona, sus bienes, sus logros, su fe, su familia, sus amigos, su poder, su virilidad, su ron. Eso no está mal para un abogado acostumbrado a hostigar como estrategia inicial de defensa o ataque. No está mal tampoco para un candidato a la presidencia. Su triunfo en junio pasado dio muestras suficientes de que una estrategia que convirtió la altanería en virtud y la fiereza en emblema, puede ser suficiente para ganar la elección para la presidencia de la república. Es claro que fingir el poder es muchas veces una necesidad para conseguirlo realmente.
Pero los alardes en el ejercicio presidencial encarnan un riesgo para todos. Incluso para quien se arroga la superioridad, la valentía y el arrojo para matar o morir. El presidente Abelardo de la Espriella sabe que su agresividad, su pistola al cinto, sus insultos y amenazas a delincuentes, su promesa de fosas y bala, no son herramientas eficaces para darles seguridad a los ciudadanos y derrotar a grupos armados y delincuencia común. El presidente ha pasado del saludo militar a las posturas policiales y es posible que desee hacer unos cuantos disparos y soplar el cañón de su pistola. Para ser una caricatura de su propia caricatura.
El presidente prometió capturar a diez capos del narcotráfico en un plazo de 90 días y ejecutar 15 grandes operaciones militares en sus primeros 100 días. Matar es el método más expedito para mostrar prontos resultados. Matar es una gran ejecutoria. Las muertes a manos de agentes del Estado tienen drama, muestran poder personal del comandante en jefe, entregan una sensación de triunfo frente al mal. Y es necesario ambientar la cacería: “Al que no se someta, lo vamos a mandar al infierno en una bolsa”, ha dicho el presidente con su vibrato afilado. En un arrebato del ojo por ojo soltó una amenaza contra quienes asesinaron a soldados, policías o civiles: “Les voy a cobrar cada gota de sangre de nuestros héroes y del pueblo colombiano”.
Pero en Colombia ya hemos probado esa receta. Los gritos del general Mario Montoya Uribe a sus subalternos pidiendo sangre, “litros de sangre”, en medio de la guerra contra las FARC llevaron a una masacre de inocentes. Muchos de sus subalternos han declarado que esa instigación creó un ambiente, una competencia incluso, que llevó a la epidemia de ejecuciones extrajudiciales. Dos casos de la época son dicientes por la desesperanza que producen. Uno ocurrió en el municipio de Granada. Donde una menor de 16 años, señalada de pertenecer al ELN por una desmovilizada, fue sacada de su casa y asesinada. Su captura fue rechazada por el comandante de la Batería Atacador 1: “No nos están aceptando esa otra desmovilizada, ya tenemos una, nos toca dar esa baja”. El otro tiene que ver con la exhibición de los cuerpos de tres menores en el municipio de San Rafael. El General Montoya sabía que los menores habían sido asesinados, el comandante del batallón en la zona se lo había reportado, sin embargo los presentó como guerrilleros. A la salida de la exhibición una de las madres le gritó a Montoya: “te va a hacer falta vida y a mí me va a sobrar para que me compruebes que mi hija es una guerrillera”.
Marelvis Rodríguez, la madre del joven Ricardo Andrés Martínez Rodríguez, dado de baja en el operativo donde cayó alias El Cholo en Guachaca, escribió una frase escueta en una cartelera: “Mi hijo fue asesinado inocentemente. Él era un civil, una persona bien, no pertenecía a ningún grupo armado”. La sostuvo frente a Medicina Legal mientras esperaba el cuerpo de su hijo que el presidente había exhibido días atrás. Hay pruebas que apuntan a una ejecución. La promesa del infierno parece haberse cumplido, pero para Marelvis y los hermanos de Ricardo Andrés.