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El pasado 21 de junio, Abelardo de la Espriella ganó la presidencia, pero ahora le hace falta ganar el país y el poder.
Cada elección presidencial en Colombia, y cualquiera en el mundo, no se parece a la anterior. Todas son diferentes, por eso no cabe compararlas, pero sí analizarlas con el paso de los días, meses y años. Cada cuatrienio tiene un componente distinto, así el origen haya sido el voto popular. Cuando Álvaro Uribe llegó a la Casa de Nariño, el concepto de ser de derecha en el país era una especie de exabrupto conceptual. Nadie quería esa etiqueta por las connotaciones que tenía luego de la violencia política vivida a mediados del siglo pasado. Sin embargo, el ataque a las torres gemelas y sus consecuencias permitieron el ingreso al país de la doctrina, ya no de guerrilleros, sino de terroristas al referirse a los alzados en armas.
Este cambio del lenguaje permitió la “salida del closet político” de los seguidores de Uribe Vélez quienes, soportados en la “neo-interpretación” del conflicto interno, pudieron potenciar su mensaje de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la reconstrucción del tejido social para calar hondamente en el país, primero, y luego profundizar su propósito político por medio de la consolidación de este proyecto, con una fallida reelección en cabeza del propio Uribe y, finalmente, una elección de su exministro de Defensa, Juan Manuel Santos. Todo bajo la lupa de una sólida bancada que obtuvo las mayorías en el Congreso en 2008: el partido de la U. Uribe, en ocho años de presidencia, se ganó al país y robusteció su poder. Sin contar la presidencia de Iván Duque y el experimento “casi presidencial” de Óscar Iván Zuluaga, Uribe, 24 años después, sigue replicando su poderío en el país con incidencia presidencial.
Gustavo Petro, la antípoda de Uribe y De la Espriella, luego de 30 años de carrera política alcanzó victorias en el legislativo (Cámara y Senado), ganó la alcaldía de Bogotá y en 2022 también ganó la presidencia, para reconfirmar su calado nacional, lo cual hoy le permite tener de su lado la mitad de los votantes colombianos, unido a una bancada parlamentaria mayoritaria con el Pacto Histórico. El sector del petrismo tuvo como objetivo aprovechar el derrumbamiento del Partido Liberal desde 1998 para crecer en votaciones, en las temáticas que le permitieron agrupar una izquierda democrática por medio de la defensa de las minorías, el medioambiente, la lucha contra la desigualdad, la inclusión amplia de la población LGTBI, la transición energética y la participación en el poder de sectores históricamente excluidos de la toma de decisiones en el ámbito nacional; todo con la intención de representar la periferia huérfana de éxitos electorales desde el segundo cuarto del siglo XX. Petro, luego de dejar la presidencia el pasado 7 de agosto, es poder en todo el país.
El nuevo inquilino del Palacio de San Carlos, con una apretada victoria presidencial, se enfrenta desde el arranque con el reto de ganarse a los colombianos, incluidos a quienes no votaron por su candidatura; no de otra manera puede ampliar su favoritismo ante la opinión nacional. Esta tarea conjuga consolidar un centro de gravedad temático con el cual su obra de gobierno persuada a la mayoría de los colombianos y el manejo acertado de la crisis, luego del terremoto que golpeó a muchos compatriotas. El otro desafío corresponderá a consolidar bien sea unos sonoros triunfos en las elecciones regionales de 2027, o aprovechar estos cuatro años de gobierno para estructurar una bancada parlamentaria más amplia y mayoritaria; hoy sólo tiene de su lado cinco congresistas del movimiento de Salvación Nacional que avaló su aspiración. Para ello, imaginamos, luchó para habilitar el partido Defensores de la Patria, con el propósito de entrar pisando fuerte en las elecciones presidenciales y de Congreso en 2030.
En sus manos tiene las tres P, presidencia, país y poder, para evitar que su paso por el gobierno no sea más que una vacuna preventiva contra el petrismo.
