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Mujer, literatura y Betsabé Espinal

Reinaldo Spitaletta
29 de septiembre de 2026 – 12:05 a. m.

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“Mujer y literatura” es un tema viejo, pero nuevo en sus perspectivas históricas, analíticas, creativas, de diversidad de concepciones sobre las gestas femeninas en el orbe. Y, cómo no, las maneras en que las mujeres (también, en el sentido de creación literaria e histórica, los hombres), tras arduas y heroicas tareas de visibilización, son ahora parte de la academia, los sindicatos, las protestas, las organizaciones populares y el debate político.

Me correspondió con la conferencia “Betsabé Espinal, la Juana de Arco de Colombia”, clausurar el Tercer Congreso Internacional sobre Mujer y Literatura: poder y prácticas de resistencia, en la Universidad Luigi Vanvitelli, en Caserta, Italia. La intervención estaba subtitulada “Las virgencitas, simpáticas, dulces y contestonas que conmovieron un país en 1920”.

Por aquellas geografías es un tema insólito y novedoso. La epopeya, dirigida por Betsabé Espinal y sus 400 señoritas, obreras de la Fábrica de Tejidos de Bello (tuvo también otras razones sociales), era para los asistentes, casi todos investigadores hispanistas, una revelación histórica que, tras la exposición, me parece que quedaron conmovidos y con el interés despierto por saber más sobre la “huelga de señoritas”, que derrotó no solo a los patronos, sino un contexto complejo de sometimiento, humillaciones, mecanismos de dominación y otros controles, establecidos por el modelo industrial antioqueño, aliado de la Iglesia y el Estado.

El enfoque de la charla era el tratamiento —y cubrimiento— que la prensa (revistas y periódicos) de Medellín y Colombia le otorgó al portentoso movimiento de obreras, que inauguró en el país el derecho a huelga. Las cuatrocientas muchachas (algunas todavía niñas), todas vírgenes (así lo establecía el canon fabril católico, imbuido del modelo mariano), produjeron un hito histórico y su lucha por la dignidad, la justicia y el pan, quedó registrada en periódicos como El Espectador, El Luchador (socialista), El Social (católico), El Correo Liberal, entre tantos otros.

Una de las reivindicaciones promovidas por las huelguistas era la de expulsar de la empresa a tres “supervisores” (ellas los llamaron los “caciques”), uno de ellos acusado de violaciones, acosos y chantajes a las obreras, varias de la cuales, al ser despedidas, terminaron en la prostitución. Por supuesto, había otras exigencias en una especie de “memorial de agravios”. La gesta internacional de los trabajadores por los Tres Ochos, con el influjo heroico de los Mártires de Chicago, también estuvo implícito en la huelga.

Los reporteros llegaron hasta Bello, sede de la primera fábrica textil establecida en el Valle de Aburrá, a entrevistar a las que ellos, con altisonantes palabras, irían bautizando de distintas formas, con aires poéticos, épicos, mezcla de relatos miliunanochescos y canciones criollas. Así fueron apareciendo calificativos como las “virgencitas rebeldes”, “doncellas en rebelión”, las “virtuosas”, “indomables” y uno de ellos, refiriéndose a Betsabé, la nombró la Juana de Arco de Colombia.

En las crónicas de época se pueden leer alusiones a Lisístrata, de Aristófanes, comedia que se refiere a la huelga de piernas cruzadas de las mujeres espartanas y atenienses. “Hoy se cruzan de brazos para reivindicar pacíficamente sus derechos”, escribió Tintorero, en el periódico El Luchador. Dentro de los reporteros estuvo El curioso impertinente, de El Espectador, que puede ser un pionero de lo que muchos años después se llamaría “Periodismo Gonzo”.

Para los asistentes al congreso, o por lo menos a la última sesión (la mayoría mujeres), conocer aspectos sobre Betsabé Espinal y sus “purísimas virgencitas fugitivas del harem” (frase de otro reportero de entonces) fue todo un develamiento histórico, según lo que dijeron después. No tenían idea de que esa epopeya femenina hubiera sucedido en Colombia (bueno, nada raro, aquí poco o nada se conoce sobre las huelguistas, que estuvieron mucho tiempo en la oscuridad).

Les hablé de cómo las señoritas de Bello ya están apareciendo en teatro, periodismo, literatura… Les comenté sobre la novela de Ángela Becerra (Algún día, hoy) y sobre la que me publicó hace unos años la Universidad Pontificia Bolivariana, Betsabé y Betsabé. Las que entonces eran las “esclavas del señor” (incluido el dueño de la fábrica Emilio Restrepo Callejas, alias Paila), de pronto fueron historia, que sigue esparciéndose por el planeta.

Cuando presentamos Betsabé y Betsabé, en 2023, en París, Betsabé y Betsabé, les dije a los asistentes que seguro Francia podrá tener a su “Betsabé Espinal francesa”, a propósito del apelativo de llamar a nuestra “negra avispada” (otro calificativo de periodistas de entonces) la Juana de Arco de estas tierras exóticas, tristes, contentas, bailables, inexplicables y excepcionales, con gran vocación por las luchas por el “progreso y el bienestar” para todos. Una utopía, claro.

La “huelga de señoritas” de hace más de cien años se erigió como un antecedente extraordinario de las luchas obreras y, en particular, de las mujeres. Las cuatrocientas muchachas, dirigidas por Betsabé, combatieron por la dignidad y el pan, y de ese modo (como pudiera haber dicho León Felipe) ganaron la luz.

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