22 Apr 2017 - 3:13 a. m.

Las megalópolis provincianas

Yo soy como el picaflor

Años ha leí en una publicación vasca una entrevista con Patxi Ortzun, personalidad famosa en aquel ámbito, y en la tal entrevista se refería a la patria chica de Unamuno, la ínclita Bilbao, diciendo que “cuanto más moderna es la ciudad, más cateto el ciudadano”.

Vaya por delante: el sustantivo “cateto” carece aquí de significado geométrico, y su esposa no es la hipotenusa. No: si un español llama cateto a alguien lo estigmatiza como que viene de la provincia y se queda con la boca abierta al ver el primer rascacielos, o la primera escalera mecánica. Entonces, lo que Patxi Ortzun quería remarcar es que cuanto más grande sea la ciudad más provincianos son sus habitantes. Y al decir “provinciano” estoy resistiendo la tentación de poner otro adjetivo, pa que no se me ofenda naides, como diría Martín Fierro, quien a los catetos los llamaría “pajueranos”.

Y vean lo que son las cosas: creo que don Ortzun tenía más razón que la Crítica de la razón pura, lo que ya es decir, y la mejor prueba de que cuanto más moderna es una ciudad más pajueranos son sus habitantes, la tengo a 4 h y ½ de distancia en tren, y se llama Berlín.
Mis amigos berlineses no hacen más que preguntarme por qué no voy a Berlín, y les contesto que no me gusta viajar a la provincia, y sepan ustedes que Provinz tiene en tedesco un significado harto más despectivo que en español.

Berlín es una ciudad donde he vivido un año completo de mi vida, es una ciudad a la que quise y en la que me sentí como aceituna en el martini, pero contrariamente al sentir general se me cayó como ciudad, como metrópolis, casi contemporáneo con la caída del Muro. Al caer esa ignominia que separaba el Este de Occidente, claro está que me alegré, porque soy enemigo declarado de murallas, doctrinarismos, ideologías y de toda esa zafia basura que nos venden como política, y hasta tengo una foto en la que se me ve exultante bailando encima del muro delante de la puerta de Brandeburgo.

Pero casi a renglón seguido me di cuenta de que Berlín dejaba de ser una ciudad para volver a ser lo que siempre fue: una aglomeración de pueblos y de aldeas. Y lo malo es que esas aldeas y esos pueblos no habían dejado de serlo para transustanciarse en una ciudad (como sí pasó en París, Madrid y Londres), sino que seguían siendo catetos hasta la médula.

La puntilla, para decirlo en términos taurinos, sucedió cuando la volvieron a hacer capital de Alemania: al catetismo propio de sus habitantes se unió la vanidad propia de los capitalinos de todos los países del mundo, con la posible excepción de Vaduz, capital de Liechtenstein. Porfa, bogotanos que me leen: sean ustedes lo menos berlineses que puedan.

 

 

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