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Hace siete años tuve la ocasión de compartir una mesa en el Hay festival de Cartagena cuyo título era extraño pero retador: “Cómo acabar Colombia y resucitarla”. Me di a la tarea de preparar una breve exposición alrededor de la idea de que este país nació con unas malformaciones congénitas, que explican en buena medida el porqué de nuestros muy viejos y graves problemas, y las dificultades para resolverlos. Para explicarlo acudí al recurso de mostrar en cinco fotografías cinco circunstancias que a mi modo de ver nos hicieron casi un país fallido desde nuestro parto. Una imagen del puente de occidente, en Santafé de Antioquia; una del recordado David Arango, el vapor que navegó el Magdalena hasta 1961, cuando se quemó en Magangué; la del cadáver de Juan Roa Sierra, destrozado y arrastrado por la turba furiosa tras el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán; el sirirí cubierto de petróleo agonizante luego de un atentado del ELN a un oleoducto, en los años 80, y la foto de la junta directiva de Isagén orando de rodillas en una misa en enero de 2019, la noche anterior al cierre de la compuerta dos de Hidroituango, tras un año de zozobra por los graves problemas de estabilidad y viabilidad de la obra.
Cada foto traducía uno de nuestros lastres, alguna de nuestras limitaciones, el tamaño de nuestras pretensiones, los cortoplacismos, provisionalidades, creencias y atavismos, que nos formaron como un país pequeño, limitado, siempre pospuesto.
Así, el puente de occidente, orgullo nacional, lo edificó sobre el Cauca, para que pasaran mulas con café, don José María Villa, quien trabajó en la construcción del puente de Brooklyn. ¿Queda clara la diferencia en la magnitud y proyección de las ambiciones entre la clase dirigente gringa y la colombiana? El David Arango significaba un viaje de muchos días desde Bogotá, la capital, hasta el mar, y de allí a los puertos, la vida, la modernidad. La foto de Roa, la ira desatada de un pueblo al que le sofocaron con sangre y represión política sus esperanzas y aspiraciones; el sirirí, la violencia ciega y sin escrúpulos que empieza inclusive a destrozar la naturaleza, y la misa por Hidroituango, la resignación a que Dios termine de solucionar lo que la gestión política, la ciencia y la tecnología no lograron solventar.
Varias de estas fotos se me vinieron a la mente con los días previos y con esta primera semana del gobierno de Abelardo de la Espriella. En particular, la última, con varios de sus futuros ministros arrodillados, casi en éxtasis místico, las manos en oración, en una especie de retiro espiritual en un colegio de Barranquilla. Allí el nuevo presidente regaló biblias y dirigió oraciones e himnos religiosos. Da mucho miedo este nuevo experimento de política y religión que no nos ha tocado vivir a las últimas cuatro o cinco generaciones, ahora con los grupos evangélicos incidiendo en políticas públicas y en decisiones de Estado. Pensábamos que la conversión de De la Espriella era un asunto de estrategia electoral, pero luego del triunfo supimos que la iglesia Carismática Internacional fue importante en su elección, y vinieron las declaraciones de que se sintió “tocado por el Espíritu Santo” al nombrar su gabinete, el retiro espiritual en Barranquilla, las plegarias de un sacerdote católico, un pastor y un rabino el 7 de agosto, y sobre todo los nombramientos de Viviane Morales en el neurálgico Ministerio de Educación, y de Jaime Beltrán en Vivienda, ambos cristianos militantes, y de Alejandro Ordóñez en la OEA, ultracatólico, inquisidor, y nos asustamos. Nada más peligroso y fanático que un converso, un ex ateo.
Pero la foto que más tengo en la mente por estos días es la del vaporcito por el Magdalena, el legendario David Arango, que traía todo desde Barranquilla a La Dorada, y luego a lomo de mula hasta Bogotá, desde los últimos inventos y las tecnologías del mundo hasta los muebles de los bogotanos ricos. Mi convicción era que una de las malformaciones de origen de esta nación fue dejar a Bogotá como capital, una decisión de Bolívar. Para el tiempo en que se concibió la nación, Bogotá era uno de los sitios más remotos del mundo, a 2.600 metros de altura, y con el mar a mil kilómetros y con tres cordilleras en medio. La incomunicación fue una las causas del fracaso de la Gran Colombia, y también de la triste separación de Panamá. Y esa condición de insularidad prevaleció hasta muy avanzado el siglo XX. Adicional, la decisión de Bolívar puso a una élite de tierra fría sin ninguna relación con la tierra ni el agro ni el mar (las fortunas bogotanas surgieron de la especulación) a administrar un país mayoritariamente caliente, campesino y con 3.000 kilómetros de litoral. ¿La consecuencia? Un país de espaldas al campo y al mar, con serios problemas para construir una cultura y una identidad nacional.
Ahora Abelardo de la Espriella reclama crear una capital alterna en Barranquilla. Aquello habría sido una enhorabuena en otros tiempos. El problema aquí es que semejante decisión no nace de estudios, investigaciones, planeación, sino de un mero capricho, una calentura demagógica hacia una reivindicación neotropical. Habrá un acto legislativo al respecto, pero no se habla de un equipo analizando el asunto para determinar hasta dónde van esas atribuciones de la otra capital.
Sí, buena parte de nuestro atraso se le debe a ese centralismo burocrático, económico y mental que nos gobernó hasta no hace muy poco. Pero también es justo admitir que Bogotá logró administrar pobrezas, distribuir, equilibrar cargas entre las regiones prósperas y las olvidadas, y como corazón del país también soportó las consecuencias de los infartos regionales, de las malas decisiones de alcaldes y gobernadores. Si ahora Barranquilla va a ser capital, quisiéramos ver entonces que no sea solo capital para los privilegios, sino que se prepare también para que le lleguen las mingas indígenas, y que los camioneros, los campesinos, los maestros trasladen hasta allá sus malestares y hasta sus estallidos sociales.
