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Una amiga escritora acaba de recibir un prestigioso premio literario. Cuando la felicité, después de darme las gracias, dijo que a su edad esos premios son una señal de que la muerte está cerca. ¡No digas eso! –le contesté yo–. Tú sigues estando lúcida, fuerte y creativa. Y no lo dije por adular. De hecho, me respondió que “ojalá dure”, lo que indica que es consciente de que aún posee las herramientas que le han servido para actuar en la vida.
Si no nos morimos jóvenes, un día nos empieza a parecer que seremos viejos la mayor parte de nuestra existencia. Aunque podamos conservar las facultades necesarias para seguir representando nuestro papel en el mundo, la idea de la muerte aparecerá como una de esas moscas que se divierte haciendo acrobacias alrededor de tu oído.
Existen distintas maneras de envejecer. Para qué nos vamos a engañar diciendo que es algo que depende completamente de nosotros. Sabemos que son muchas las variables. Así que mejor centrémonos en averiguar cuál es nuestro margen de maniobra. ¿Qué será lo que hay que hacer para no convertir la vejez en una etapa marcada por el acecho de la muerte?
Dirán algunos que es una cuestión de actitud, pero cuando el mundo que conocías empieza a desmoronarse como un teatrillo de títeres en decadencia, mantener viva la ilusión parece un acto de heroísmo. Se necesita valor para aceptar que los amigos se mueren y que cada vez quedan menos testigos de que un día fuiste una inocente criatura de pantalón corto. Quizá se necesite algo más que valor.
Digamos que yo andaba rumiando estas cosas cuando me detuve a mirar un video de Pilarín Bayés. Traté de recordar cuánto tiempo ha pasado desde que entrevisté a la dibujante catalana en su casa de Vic, cerca de Barcelona. ¿Diez años? ¿Doce? Perdí la cuenta. No volví a verla después de aquel encuentro. Ahora tiene 85 años. Me da un poco de vergüenza decir que me sorprendió ver que continúa activa. Y no me refiero solo a su trabajo como dibujante.
En el video, Pilarín Bayés lleva puesta una túnica estampada con grandes flores de color rosado, zapatos deportivos y un sombrero de rafia que también está adornado con flores. Camina con pasos firmes, apoyándose con ligereza en su bastón. Al final del camino que está recorriendo con gracia, se aprecia una imagen recortada del mar Mediterráneo.
Pilarín Bayés, que ya ha visto morir a su esposo y a una hija, sigue dibujando, presentando exposiciones, lanzándose de cabeza en una piscina y abogando por las libertades de los grupos que algunos llaman “pequeños colectivos”. Hace pocos días compartió dos fotos suyas. Una de ellas es de sus años de juventud, la otra es de la actualidad. Al pie de la publicación se lee: “Em reconec i reconec que sóc una motivada de la vida. I estar motivat ajuda molt!”, que en catalán quiere decir: Me reconozco y reconozco que soy una motivada de la vida. ¡Y estar motivado ayuda mucho!
Actuar impulsados por la motivación no es lo más difícil. Con alas, hasta los cerdos vuelan. El verdadero mérito consiste en seguir siendo capaz de reconocerse –sin ignorar las huellas de los años–, y en no olvidar el camino que lleva a la fuente de esa motivación. Que para alguien podría estar en algún lugar del Mediterráneo, muy cerca del agua.