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Buenaventura ocupa las primeras páginas y se le pide al Gobierno que llegue al rescate.
“¡Hay que tomarse a Buenaventura!”, gritó un locutor. “Ayudémosles a esos seres humanos”, afirmó el gobernador del Valle.
Así, desde el pasado 15 de febrero se inició una intervención armada y se anunció otra, “humanitaria”. En la unión de iniciativas del Gobierno central y los medios de comunicación más influyentes en Bogotá pueden identificarse tres tendencias (o trampas). Tres formas de hacer las cosas y pensar la ciudad, que han caracterizado este tipo de esfuerzos en las últimas décadas (con pocos resultados positivos sobre la cotidianidad de la población).
La primera tiene que ver con la falta de coordinación entre las “intervenciones” orquestadas por las sucesivas presidencias y las instituciones del Estado local. Se trata de llevar a cabo proyectos de desarrollo y para ello se trae al personal desde Bogotá. Con la sospecha (no infundada) de que las autoridades locales son corruptas y tienen alianzas con los grupos armados, los presidentes tratan de mandar su propia gente a “desarrollar” la ciudad. Estos, tratando de conservar el prestigio y la plata, evitan trabajar con los políticos locales. Habrá, entre la población, quienes se ilusionan al ver llegar al presidente y otras personas excelentemente preparadas. Pero al no tener en cuenta al aparato burocrático local (alcaldes, secretarios, concejales, partidos fuertes), la continuidad y el éxito mismo de los proyectos se hacen improbables.
La segunda está relacionada con la vida o muerte de quienes viven allí. En discursos y declaraciones de líderes de opinión y funcionarios, la vida de los bonaverenses, afrocolombianos en su mayoría (88,5%), pareciera no tener valor en sí misma sino en relación con el servicio que el puerto le presta (o le prestará) al progreso del país. “¿Cómo pretende el Gobierno bautizar a Buenaventura como la capital natural de la Alianza del Pacífico con tantos homicidios?”, se pregunta un consultor económico. Otros se dan golpes de pecho por la mala imagen que tantas muertes crearán ante los inversionistas extranjeros: “¡El puerto más importante del país es la ciudad con más homicidios del hemisferio, qué vergüenza internacional!”. O: “Hoy somos el escándalo del mundo, 148 muertes en nuestro puerto de mostrar ante el Pacífico”. Tal vez esto explique el uso reiterado de narraciones amarillistas, en las que se privilegian detalles siniestros (“usan balas envenenadas con cianuro puro” o “los entierran en cuadraditos de tierra”) que le dan paso a esta suerte de indignación interesada.
Y pese a que los anuncios de intervención profunda crean la ilusión de un Estado de bienestar, que emprenderá reformas complicadas en detrimento de la desigualdad (coordinando a distintos ministerios y escalas de gobierno), lo que queda es una promesa sobre la futura “competitividad” del puerto. Se les informa a los habitantes que el puerto traerá ganancias, pero hay que ser “competitivos”: “Hay un plan para la competitividad”. Y “la educación los hará más competitivos”, “deben pellizcarse para aprovechar el puerto y ser emprendedores”. Ante la ausencia de reformas difíciles, como la de tierras (parte de la crisis tiene que ver con las poblaciones que llegan a la ciudad tras el despojo de tierras en el Bajo Baudó), se les informa una y otra vez que deben ser “competitivos”. Entre tanto, una de las bandas se llama la Empresa y los fabricantes de submarinos portadores de coca estudiaron en el Sena.