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Anoche estuve en la entrega del Premio Nacional Alejandro Ángel Escobar. Fue reconfortante atestiguar cómo, en medio de tanta estupidez, existe en el país un espacio en el que la investigación y la vocación social son faro para entender quiénes somos. Las iniciativas galardonadas van desde el rastreo de virus en las glándulas de los mosquitos y de los secretos biológicos de la cordillera submarina del Caribe, hasta la resistencia indígena al dominio colonial, pasando por quienes tejen redes para salvar comunidades azotadas por la violencia. Qué bella versión de Colombia.
La mención de honor otorgada al historiador Sergio Ospina Romero por su libro La conquista discográfica de América Latina (1903-1926) resonó conmigo. Su trabajo reconstruye cómo los técnicos de la discográfica estadounidense Victor recorrieron el continente para grabar nuestras músicas. Fue una operación de extractivismo cultural: capturar el talento local, empaquetarlo como mercancía global y devolvernos la norma de lo que debíamos escuchar.
Ospina reconstruye esa itinerancia: técnicos con aparatos pesados e improvisando estudios en hoteles para registrar lo que vendería. El valor no quedaba en las comunidades, sino en las matrices que viajaban a Nueva Jersey para replicarse en masa. Su libro muestra cómo se construyó un "imperio audible" que nos enseñó a desear el consumo del norte mientras ellos se quedaban con el capital de nuestra diversidad sonora.
Esa arqueología del sonido es un espejo. En plena temporada de los Grammy, cuando cada nominación colombiana se celebra con euforia, la investigación de Sergio Ospina nos recuerda que el engranaje es el mismo. Colombia sigue siendo cantera musical inagotable; el centro anglosajón, la vitrina que empaqueta y concede la estatuilla. Celebrar a nuestros músicos es justo; olvidar quién administra el escenario es darle al mercado el monopolio de nuestra memoria.