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A una cuadra del vacío que dejaron las Torres del Limonar, en Cali, hay una lona sobre el suelo. Está cubierta por fotos y portarretratos que alguien rescató del polvo. Una orden fija un plazo perentorio: las familias tienen hasta las seis de la tarde para salvar sus pertenencias, que no son otra cosa que sus recuerdos más íntimos. El sismo dejó reducida la memoria de decenas de personas a un triste inventario a la intemperie.
¿Quién cuantificará el costo de los recuerdos que desaparecieron en segundos: la marca de la estatura de los hijos en la pared, las cartas, la jarra de la abuela y el reloj que alguien heredó de su papá? Cuando todo se derrumba, se rompe también el anclaje material de la memoria familiar. A las vidas perdidas, las heridas y los daños materiales se suma la tristeza de perder las huellas de una historia compartida; entonces el desamparo es infinito.
El despojo alcanza a la ciudad entera. Aquel café donde los viejos se reunían ya no está, tampoco la notaría; y la catedral, testigo de la historia común, agoniza. El terremoto destrozó los puntos de encuentro de muchas personas, los hilos invisibles que vincularon a través del tiempo y el espacio a generaciones enteras. Son cientos de lugares que sostenían los rituales cotidianos del barrio y la vereda; del municipio y la ciudad. Su ausencia deja un mapa mudo: sin esos referentes físicos, las comunidades pierden los rastros materiales de su propia historia.
Reconstruir ese vínculo será difícil. Levantar de nuevo las ciudades y los pueblos exigirá custodiar sus relatos. Sanar esa fractura requerirá obras públicas, pero sobre todo exigirá evitar que se descarte, junto con los escombros, la memoria de lo que fueron las familias y las comunidades. En esa lona sobre la acera yacen los recuerdos de unas cuantas familias de Cali y el desasosiego de toda una nación. El hilo invisible de la memoria los ata a ellos y a todos los demás. Fuerza Colombia.
