21 Aug 2020 - 5:00 a. m.

Fervor antiintelectual

La imagen de un oficio. Esta es una práctica hecha de soledades insulares, aislamientos sostenidos. La esquela ya antes conjurada aquí – un hombre que para lucir creíble y tener acceso al recinto donde conducir sus investigaciones debe llevar un abrigo. Ese hombre recorre pasillos, se acomoda en el silencio solemne que fragua entre las sillas, extrae libros y ve las horas diluirse mientras la pluma corre agitada, fluida. La soledad trabajadora, el retiro reflexivo, todos esos instantes que habrán de convertirse en la condensación que es la palabra escrita. Allí, en los silencios y las soledades del British Museum, Karl Marx labró los nervios de su obra insigne.

Porque Marx fue, ante todo, un pensador. Su figura es la paradoja de su propia contribución al pensamiento político. Estableció una conexión filosófica – como escribe Shlomo Avineri – entre el proletariado como fenómeno social y el socialismo como un programa de acción social. En ese programa de acción, los intelectuales, insistía, juegan un rol fundamental. Dicha creencia no lo eximiría nunca de la ambivalencia que había en esa (y en su propia) actuación.

Los trabajadores de la mente, les llamó Marx, cuando él mismo, denominándose así, declinó la dirección de una organización en 1868. Por saberse atrapado en su condición de pensador. No hay en su obra, inacabada, conclusiones definitivas sobre este rol, pero con frecuencia, dice Avineri, los partidos que han usado el prisma conceptual de una revolución proletaria han sido liderados por una élite intelectual y no siempre proletaria. De lo que podemos inferir que el entendimiento es una vertiente también necesaria en toda transformación.

El pensamiento es paradójico. Es común que suceda en los silencios de una habitación. Es el ejercicio de la mente que en su singularidad suele mirar al mundo para escribirlo. Aquello implica una distancia. Requiere tiempo. Implica removerse de la realidad que justamente se cavila a través de la verbalización. En eso consiste, fundamentalmente, el oficio intelectual: reflexionar sobre la realidad de manera crítica. Cultivar procesos de comprensión. Canalizar esas horas de isla en registros que permitan el discernimiento como forma de iluminación. Nombrar el mundo. Escribir también es existir en el margen de la observación.

Y sin embargo, la palabra intelectual retiene un halo susceptible a la antipatía. Tiene tufillo de pretensión. Hay algo en su signo que remite a un tipo de esfuerzo que requiere una almidonada condición. En nuestros días, la aversión al conocimiento cultivado prospera sobre la creencia de que éste debe ser antes que nada, una forma de elitismo.

Cuando el presidente estadounidense sugirió, en una rueda de prensa, que ante el virus ubicuo sería útil probar alguna forma de desinfección sobre la piel, la imagen de la ideología antiintelectual de nuestro clima cultural coaguló nítida ante una mirada global. Sin atisbo de empatía ante la enfermedad, la muerte y el dolor, la ruin ideología de esta arrogancia, -usualmente blanca y viril-, ha procurado, en nuestra coyuntura, ensañarse también contra las cifras, los datos y todo rastro de conocimiento científico. La respuesta fácil se antepone a cualquier forma detenida de consideración. La derechización del poder, con gobernantes afines, ha impulsado este tipo de antipatías. No sólo ante el conocimiento científico, sino también hacia el ejercicio crítico que se propone cuando se toma distancia de la hegemonía ideológica, cuando se interrogan creencias que ameritan una mínima problematización.

Nos rodean dos corrientes que halan entre sí. Como explicaba en una entrevista reciente el psicólogo cognitivo Stephen Pinker, la puja está entre “una derecha autoritaria, nacionalista y populista y una izquierda posmodernista, identitaria y políticamente correcta”. Cualquiera que ose el espacio del intersticio, cualquiera que interrogue estas corrientes en sus espinas, puede ser vapuleado por no adherirse al fervor de la ortodoxia ideológica que se exige muchas veces como postura verdadera o legítima. Vivimos en un régimen de la distorsión. En Twitter es agudamente visible. Se culpa a alguien por asociación y no por que él o ella dice. La certeza de la ignorancia se envalentona aquí. Todo gravita en torno a la defensa de una postura febril. No hay escucha, ni maleabilidad, no hay receptividad ni negociación. Como ha enunciado Vivian Gornick, cuando el dogma tiñe la ideología la consecuencia puede ser la inflexible repetición de un mantra cuyo contenido no se revisa.

En un país saqueado, lacerado por la miseria, despojado por su corrupción, poblado por existencias que luchan para sobrevivir, hecho sobre una infame repartición, compuesto por una fragmentación arisca e indigna, es comprensible el repudio hacia todo aquello que pueda desprender destello de burguesía. En un país donde es también infamia la manera en que se ha repartido el acceso a la educación, donde el conocimiento cultivado sí puede ser brecha herida, una ventaja aleatoria, no puede ser menos que comprensible la reticencia al pensamiento intelectual.

También porque sí puede haber en ese oficio una potencial desfiguración – la fantasmagoría de creerse omnisciente o infalible, la soberbia que deforma con su deshumanización. La vanidad de creer que se habita una verdad inamovible, la necesidad de conservar no un sitio de reflexión sino una especie de atril. Una forma de despotismo, sí. Las características patriarcales de este oficio, se comprende, pueden ser reprobables e incompatibles con el espíritu del momento que vivimos.

Es comprensible que en Colombia se reniegue todo aquello que destile tufillo de exclusión. Es comprensible que se tramite el conocimiento cultivado como una forma innecesaria de esnobismo. Más aún ahora, cuando el antagonismo político que atraviesa la psiquis colombiana colectiva está arañada por la restitución de algo que históricamente ha debilitado sus procesos colectivos: un enardecido bipartidismo. Esa arena, fortalecida por unos años de democratización digital de la opinión y por la pérdida de credibilidad de otrora centros de autoridad legítima, ha renovado otra dicotomía: la confrontación entre la “nobleza” de lo “informal” y el “detestable” sello del conocimiento adquirido. Aquello lleva la estela de otras iras comprensibles. Del hastío de un país que se ha agotado en su capacidad para resistir el quebranto desigual que lo vicia.

Pero hablar desde un lugar no significa usurpar otros. Quienes entregan sus vidas al proceso intelectual pueden proporcionar un tipo de entendimiento que exista en la multiplicidad de muchas otras orillas. En su ejercicio, el empuje es hacia lo que Pinker evoca como “las ideas de la democracia, la libertad individual, el pensamiento científico, el humanismo universal, la comprensión histórica y la conciencia de progreso”. Son nociones que requieren el esfuerzo sostenido de la razón, que no suelen brotar de las actitudes de la reacción, tan populares por estos días. Es la orilla que propone, porque allí existe, una mirada menos previsible, un momento de reflexión.

Afirmar un lugar no es negar otros. Hacer públicas posturas propias no significa suprimir otros lugares de enunciación. Defender la reflexión crítica de la realidad no significa deslegitimar otros modos. Significa querer existir dentro de esa especificidad. Implica, de manera idónea, reconocerse dentro del lugar que ese tipo de oficio implica. Incomprensible sí es esa noción que dicta que clamar un lugar de enunciación es una exclusión y una imposición. O la proclama de un absolutismo. Quienes cultivan el ejercicio intelectual y lo hacen con pública figuración ofrecen una forma de mirar que, como la de Marx, sirve como un elemento entre otros en aras de la progresión. La misma distancia que entraña el acto de escribir es la forma de distensión que caracteriza el ejercicio crítico. Éste, además, rehuye el debate que se da sobre la personalización, se resiste a la simplificación, al dogma, a la defensa intransigente de una postura febril que se rehúsa someterse a revisión.

La cultivación intelectual es una forma de existir. Una forma de contribución. El espíritu de nuestra época nos indica el ánimo de un momento histórico que busca deshacer las autoridades patriarcales – es el tiempo de reclamar una existencia más heterógenea, sí. Pero también nos llama a reconfigurar precisamente algunas estructuras establecidas. Reformular y no necesariamente abolir. En su estado más humano, el o la intelectual habitan estados constantes de negociación, persiguiendo, de manera interminable una próxima pregunta, reacomodándose, sabiendo que un saber implica la necesidad de ensancharlo. Al resistirse a los dogmas o a la unanimidad ideológica, quien ejerce la práctica intelectual existe dentro de una manera que, en su especificidad y limitación, busca pensar en el progreso, en el avance de lo que nos ilumina.

El fervor antiintelectual puede entrañar también ciertos peligros. ¿Qué le dice, como explicaba también Pinker, a los académicos que apenas inician, a las voces menos conocidas, a la juventud que añora cultivarse de ese modo si quienes ejercen ese rol de manera visible son acallados, desacreditados y difamados por quienes sienten el llamado a la complejización como una afrenta elitista? En Colombia, por ejemplo, nuestro faro tendría que ser el pensamiento histórico y quienes lo han cultivado de manera específica. Ese conocimiento adquirido nos permitiría mirar más allá de caudillos, figuras mediáticas, métodos obsoletos del periodismo, la intransigencia mesiánica. Nos permitiría, tal vez, mirarnos en la estructura de la historia reciente que nos permita entender hacia dónde debemos ir.

¿Y qué sucede cuando es una mujer la que se enuncia desde esa intención? Si el intelectual es recibido con la sospecha del esnobismo, con la antipatía comprensible que puede suscitar cualquier modo de elitismo, la intelectual es percibida como una pomposa atrevida. Una fémina arrogante, hinchada de pretensiones que debe ser acallada por su osadía. Hombres y mujeres por igual participan en esa necesidad feroz de acallar una voz femenina. Esto nos recuerda también cómo sobreviven – así se empeñen por estos días en ningunear su expresión – los rastros de una soterrada misoginia. Acallar a las mujeres en la esfera pública ha sido una tradición, que se extiende y se ubica hasta el mundo occidental antiguo. Misoginia: aprender como varón a controlar el discurso público y acallar a las hembras de su especie – como lo explica la académica Mary Beard.

Si es una mujer la que propone una orilla de reflexión crítica y complejización, se iza una antipatía aún mayor. Las niñas, las jovencitas, ¿qué mensaje reciben? ¿Qué sucederá si alguna de ellas añora, acaso un día, pensar el mundo, escribirlo, hacer públicas las consideraciones que de esa soledad trabajadora destilan? ¿No se necesita también a los trabajadores de la mente en la revolución?

vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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