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Hay fotografías en blanco y negro donde una mujer joven aparece junto a familias yukpas, kogis y wayuu, rodeada de vestiduras indígenas diversas, cuaderno de campo en mano. En otra, está al fondo de una excavación arqueológica, vara graduada en mano, leyendo en los estratos una historia apenas conocida. El trabajo de campo junto a comunidades indígenas y campesinas fue el método que sostuvo décadas de investigación etnográfica y arqueológica. La mujer se llama Alicia Dussán, nació en 1920 y murió a los 102 años, y esas fotografías resumen mejor que cualquier biografía lo que significó ser antropóloga en la Colombia de mediados del siglo XX.
No era un país que esperara encontrar mujeres en el campo de la investigación científica. Cuando Alicia egresó del Instituto Etnológico Nacional en 1941, en su primera generación, la sociedad conservadora de entonces esperaba de ella la casa, no el terreno ni el laboratorio. Que persistiera y se convirtiera en pionera de la arqueología colombiana, junto a Gerardo Reichel-Dolmatoff, en hallazgos que situaron al Caribe entre los focos tempranos de la cerámica americana, tuvo un origen doméstico: su madre, Lucrecia Maldonado, financió con sus propios recursos varias de sus expediciones cuando el respaldo oficial no llegaba. Detrás de cada una de sus contribuciones está la sombra generosa de una madre que no domesticó el destino de su hija.
Aquella primera generación de antropólogos hizo algo más que estudiar pueblos y territorios hasta entonces poco conocidos por la investigación académica. Con sus trabajos contribuyó a ampliar la imagen que Colombia tenía de sí misma: una nación formada por pueblos, culturas, historias y formas de vida diversas. En sus investigaciones sobre comunidades indígenas y campesinas, sobre las regiones del país y sobre sus vestigios arqueológicos, fue tomando forma una idea de la nación menos homogénea y más atenta a su diversidad cultural.
Alicia Dussán fue una antropóloga completa: arqueóloga en el bajo Magdalena y San Agustín, museóloga que trabajó en el Museo del Oro y en Colcultura. Su labor investigativa la llevó a los territorios de los kogis, los wayuu, los yukpas y los pijaos. Fue pionera en el estudio de las prácticas culinarias, y cuando estudió a los pescadores de Taganga lo hizo desde una perspectiva que solo décadas después asumirían los estudios de género. Trabajó igual en sociedades campesinas de la Sierra Nevada que en barrios de Bogotá: la antropología no era un oficio de selva exótica, sino una manera de mirar cualquier forma de vida humana.
Con Gerardo Reichel-Dolmatoff fundó en 1946 el Instituto Etnológico del Magdalena, en Santa Marta, y en 1964 el Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes, el primero del país. Su vínculo con el Caribe no fue una etapa sino una fidelidad, y acaba de recibir un reconocimiento que le hace justicia: el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad del Norte, en Barranquilla, llevará su nombre, devolviendo a la región una parte de su propia memoria.
Queda también una de sus reflexiones más lúcidas sobre el oficio antropológico: “El peligro para el antropólogo no está en las selvas ni en las comunidades, sino en el escritorio de una oficina en Bogotá, donde se pierde el contacto con la realidad del país”.