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Mártires y verdugos

Weildler Guerra

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Tenía 18 años cuando leí El poder y la gloria, de Graham Greene, y me quedó una escena indeleble. De noche, una madre lee en voz alta a sus hijos la vida de un mártir. Las niñas escuchan fascinadas. Luis, el muchacho, no. Conoce a los sacerdotes de carne y hueso, el cura whisky y el padre José, y los compara con aquel Juan de las páginas, sin una mancha. Pregunta si el cura que se alojó en su casa es santo como Juan. Ella responde que es un hombre complicado. Yo, que tenía casi la edad de Luis, me puse de su lado.

La madre teme que el muchacho se encariñe con esos curas; su marido le recuerda que son los únicos que quedan. Aprendí entonces a querer a los seres perseguidos, precisamente por frágiles: el cura whisky bebía y tuvo una hija, pero fue compasivo y humano. Años después me inquietó el otro, el teniente que los persigue: austero, incorruptible, convencido de que un mundo sin altares será un mundo sin sufrimiento para los niños. Dos hombres, cada uno fiel a su manera a una idea del bien. ¿Cuál de los dos es el espejo del otro?

Greene escribió sobre el Tabasco de los años 30, después de la guerra cristera. Los mártires de libro piadoso existieron. En 1925 Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey. La imagen viene de la Biblia: ante Pilato, Jesús aclaró que su reino no es de este mundo. Pero el papa lo hizo en una Europa de monarquías caídas y Estados laicos, y pidió a los gobernantes reconocer la autoridad de Cristo. Fue su respuesta al laicismo.

En México ese rey chocó con otro poder. El presidente Plutarco Elías Calles endureció en 1926 las leyes que limitaban al clero y los obispos suspendieron el culto público. Miles de campesinos se alzaron. Los llamaron cristeros, nombre que hicieron suyo. El 23 de noviembre de 1927, ante el pelotón, el padre Pro abrió los brazos y gritó: «¡Viva Cristo Rey!». Hoy esas palabras vuelven a oírse y las palabras hacen cosas: la misma frase puede ser plegaria, bandera o grito de guerra, según quien la diga.

En México había una grieta: el Estado era laico, pero el país era mayoritariamente católico. Los historiadores nos quitaron la comodidad de los bandos. Jean Meyer vio un Estado en guerra contra su propia gente; Matthew Butler, una religión con vida propia, y un gobierno y una jerarquía católica igualmente intransigentes. Ambos bandos ejercieron violencia, aunque con responsabilidades distintas, y las pasiones, o el fanatismo, pueden llevarnos a cualquiera de los dos.

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Lo supo Borges en su poema España: «España de los inquisidores, / que padecieron el destino de ser verdugos / y hubieran podido ser mártires». Y el espejo también funciona al revés: en El Salvador, grupos de extrema derecha asesinaron en 1980 al arzobispo Óscar Romero mientras celebraba misa, y en 1989 militares mataron a seis jesuitas.

Luis pregunta si el cura es un santo; su madre responde que es un hombre complicado. León XIV recordó el Domingo de Ramos de 2026 que Cristo, «Rey de la paz», «no libró ninguna guerra» y es un Dios «al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento». Ni siquiera con un grito que fue plegaria.

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