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Hay quienes creen ver, como los mayas, escritos en los astros los nombres de los gobernantes, pero las placas tectónicas obedecen a ciclos más hondos y a propósitos más indescifrables. No podemos celebrar por años el país de la belleza y olvidar las catástrofes que se necesitaron para que solo un colibrí fuera posible.
En las viejas mitologías todo tesoro traía su maldición. Y como cada vida, por espléndida que sea, trae como sello fatal al menos una muerte, la vieja sabiduría nos enseña que es mejor, en vez de maldecir, agradecer por todo como Whitman y como Aurelio Arturo. Hay un eco de eso en la música popular, que es tan sabia: “En vez de maldecirte con justo encono, en mis sueños te colmo de bendiciones”.
Fue Paracelso quien dijo que todo es veneno y que todo es remedio, y que la diferencia entre ambas cosas está solo en la dosis. El veneno de la rana dorada del Chocó, la batracotoxina, que puede matar a diez caballos, a lo mejor puede curar cien enfermedades. Por eso donde hay algo venenoso más vale decir que hay algo poderoso que usamos inadecuadamente.
Qué cataclismos no se habrán necesitado para hacer estas tres cordilleras, para alzar estos glaciares y formar el tejido de estos ríos. Si duele comprobar que la tierra está viva, es importante que algo nos enseñe que si ahora podemos caminar, porque el suelo está quieto, esa quietud solo llegó después de infinitos desastres.
Dicen los filólogos que el verbo considerar al comienzo significaba “tener en cuenta las estrellas”. Y solo cuando nos lo dicen vemos en esa palabra lo sideral. También nos enseñan a ver que en la palabra desastre están los astros. Por eso cuando consideramos bien el desastre ya no podemos mirar solo el barrio o el país sino el planeta, y tenemos que aprender a habitar no solo en el barrio ni en el país sino en el planeta. Parece algo demasiado grande para que un pequeño ser humano cuide de él, y a lo mejor tenemos que aprender la lección cotidiana de las hormigas, que saben obedecer a un propósito colectivo.
Pero está claro que el individualismo de la hormiga humana conspira contra ese alto propósito. Alzamos nuestras paredes contra los otros, nunca nos preguntamos sobre qué suelo las estamos alzando, y ya mucho se ha dicho que no es el río el que se equivoca de cauce sino los barrios los que se equivocan de sitio, y que la naturaleza que nos da la necesitad también tiene que darnos la prudencia.
Yo he pasado muchas noches de mi vida en la avenida Guadalupe de Cali sin saber que estoy durmiendo sobre el viejo cauce del río Cañaveralejo, que baja saltando alegremente desde los Farallones, y llega hasta La Sirena, donde ahora viven casi mil familias, y se encuentra de pronto con una ciudad que no está dispuesta a dejarlo seguir el camino que recorrió durante millones de años, porque ahora los humanos necesitan ese espacio para sus edificios.
En estos tiempos, cuando los gobiernos creen que solo ellos tienen derecho a hablar, cuando creen que gobernar es arrojar sobre los ciudadanos sus discursos y exhibir su poder, es conmovedor comprobar que nada se resuelve sin la participación activa de millones de personas, y que la naturaleza también necesita expresarse y sabe imponer sin cortesía sus verdades.
Qué curioso es advertir que lo que más se oye en los videos que ahora registran como nunca antes los detalles y los matices del espanto y del desamparo sea la invocación a Dios, la súplica para que el movimiento aterrador de la naturaleza se detenga por fin. Dios es el nombre poético que le damos a todo lo que nos excede, a todo lo que no está bajo nuestro control. Queremos ablandarlo o moverlo a la clemencia con la magia o la fe de nuestras palabras, porque es evidente que Dios nació con las palabras, y que no se equivocan quienes dicen que en el principio era el Verbo. En el principio de los tiempos o en el principio de nuestro tiempo.
Por una vez el país no está herido por la mala voluntad de sus hijos ni por las furias de la historia sino por el misterio del lugar que ocupa en el mundo. Así que nos toca entender que esa fuerza ciclónica que derriba las casas sobre sus dueños, y derrumba edificios en un instante, y agrieta muros, y carcome iglesias, es la misma que les dio su belleza a las montañas, su fertilidad a los valles y su bendición de flores y de pájaros a los campos. Que el regalo viene completo, con sus bellezas y con sus maldiciones, y que es un error que digamos que el Dios es cruel sin darnos cuenta de que para hacerlo estamos usando el cerebro intacto y la lengua elocuente.
Siempre hay un día después. No son las primeras heridas que se abren ni serán las últimas tumbas que se cierran. Más grande que el dolor y que la esperanza es la realidad de este mundo, y si algo nos enseñan las tragedias y el desastre que está más allá de nuestras manos es que hay cosas que sí dependen de nosotros. La ayuda, la compasión, la compañía. Y que una arquitectura más firme, una economía más generosa, una cultura más lúcida y más agradecida con la tierra, podrían protegernos mejor.
Los que intentan rescatar a las personas atrapadas saben como nadie lo que cuesta mover un mero bloque de piedra. Es casi imposible imaginar la fuerza de esa colisión o de ese ligero roce de placas tectónicas que es capaz de sacudir a medio país y que libera una energía equivalente a la de muchas bombas atómicas. Pero qué capacidad de liberar la energía solidaria de millones de personas la que tienen también estos remezones de la naturaleza, esos segundos que se ahondan en el pavor y corren el velo de lo cotidiano, mostrando los abismos del dolor y la grandeza de la compasión humana.
Nos decimos que cuando la materia se separa la humanidad se une, que cuando todo es tan grande ninguna pequeñez tiene sentido, y que sobre el estruendo del desastre hay un sentimiento humano que vuela y que parece ir diciendo como en el viejo verso de Ungaretti: “De otros diluvios oigo una paloma”.
