31 May 2020 - 5:00 a. m.

No nos quitarán el mundo

William Ospina

William Ospina

Columnista
Wiliam Ospina lee su columna del domingo 31 de mayo de 2020

Durante muchos siglos la humanidad creyó en el mundo y escuchó sus mandatos. Fueron los tiempos de Grecia y de Roma, de los celtas y de los nórdicos, del avance asombrado hace 20.000 años de los verdaderos descubridores de América, del animismo mágico de los pueblos de África. Después, durante mucho tiempo, la humanidad, al menos en Occidente, creyó en Dios, y le dijo cada día: “Hágase tu voluntad”. Y desde hace cinco siglos fingimos creer en otras cosas, pero ya solo creemos en la voluntad humana.

Sentimos que es el ser humano quien puede conocerlo todo, dominarlo todo, transformarlo todo, y nos hemos dedicado con talento a esa labor de conocimiento, de dominación y de transformación. La ciencia convirtió el mundo en un laboratorio. La técnica ha procurado volverlo un instrumento de la voluntad, lleno de máquinas que magnifican la fuerza, de los seres humanos, su velocidad, su destreza, su ingenio y su eficiencia. Y la industria no deja de transformarlo continuamente en mercancías y en basuras.

Por eso es tan importante que de repente la realidad nos detenga y nos revele que no sabemos tanto como creíamos, que no dominamos el mundo tanto como pensábamos, que no solo no lo estamos mejorando sino que tal vez lo estamos destruyendo. Es importante, y puede ser salvador, que la realidad nos recuerde el verdadero lugar que ocupamos en el orden del mundo. Porque nosotros podemos mentirnos continuamente sobre nuestro poder y nuestra importancia, pero la realidad no sabe mentir: el tiempo pasa, el cuerpo cambia, el clima se altera, el mundo reacciona, la puerta se acerca.

Tal vez el universo es tan grande para recordarnos nuestra pequeñez, para repetirnos que casi todo está más allá de nuestro alcance, o para enseñarnos que puede haber otras maneras de alcanzar las cosas. Llevamos un millón de años aquí, y todavía no sabemos dónde estamos. Nos han provisto de muchas cosas gratas, pero también de unos cuantos secretos perturbadores, tan inseparables de nosotros como la sombra misma. Nos dieron el dolor, el sueño, la muerte, y hasta la sospecha de que la muerte pueda ser un sueño. Si pudiéramos escoger, acaso no sabríamos renunciar a ninguno de esos secretos, porque hasta la muerte tiene la posibilidad de ser un refugio. Y qué haríamos sin la fiebre, sin el dolor, sin el deseo, sin la esperanza.

Todos estamos a punto de descubrir cuál es la lección que nos está dejando el hecho histórico más sorprendente que nos haya tocado vivir. Lo que ha ocurrido en los últimos meses quizá no sea tan asombroso para los más jóvenes, porque para ellos todo es nuevo, pero quienes hemos durado un poco más sabemos que algo así no había ocurrido nunca. Hubo pandemias, incluso peores, pero no paralizaron el mundo, no hicieron converger a la humanidad en los mismos asombros y las mismas preguntas.

Llevábamos mucho tiempo expulsando a la muerte, si no de la realidad por lo menos de la conciencia. Ahora hemos vuelto a saber que la muerte está ahí, que cada momento de la vida es una toma de posición frente a ella. Robert Graves dijo que la muerte le enseñó a su generación lo que era la amistad, el valor de un poco de alimento, de un vaso de agua, de una ayuda oportuna, y que hasta les ayudó a encontrar un lugar para Dios, para la rabia y para la esperanza.

Que todo no está bajo nuestro control, que los seres humanos estamos unidos por el mismo diseño y por las mismas limitaciones, que la salud humana depende de la salud de la naturaleza, que sobrevivir no solo pone a prueba nuestros recursos sino nuestra prudencia, que los otros existen y pueden ser nuestra amenaza pero también nuestra salvación: es bueno aprender esas cosas.

Mientras por unos meses los estudiantes han visto alterada su relación con el sistema escolar, se diría que todos hemos sido sometidos a un proceso de educación inesperado y más amplio de lo imaginable. Ahora sabemos que la salud y la vida pueden depender de lo que esté comiendo alguien en un mercado en el otro extremo del mundo. Ahora podemos ver con mayor claridad que el mundo hay que respetarlo, y que tal vez lo hemos estado tratando con demasiada familiaridad, con excesiva confianza. Que hay cosas invisibles a las que es lento aprender a conocer. Que hay cosas imposibles que ocurren. Que es bueno tener tiempo, que es hermoso volver a vernos, que el mero contacto virtual no es suficiente, que también el amor duele en el cuerpo, como la ausencia, que necesitamos tanto el agua como la belleza, el alimento como la comunicación, la realidad como la fantasía. Y que, como dijo imborrablemente san Juan de la Cruz: “Esta es dolencia de amor que no se cura / sino con la presencia y la figura”.

Mucho hemos jugado a abolir las distancias: que no exista el camino sino solo la meta, que no exista el proceso sino el resultado, tenerlo todo al instante sin habernos esforzado por conseguirlo, y hasta hemos jugado a algo tan poco placentero como tener las cosas antes de desearlas, antes de necesitarlas. Al menos esa es la lógica que nos predica esta época, mientras en realidad condena a la mayor parte de la humanidad a no tener nunca lo que necesita.

Y esto es lo fundamental. Porque el mundo no tiene que ser mejorado, pero sí tiene que ser cambiado, y no lo cambiarán los que están satisfechos con él, sino los que más lo padecen. Por eso cuanta más gente comprenda que este orden absurdo e inhumano en que vivimos es mucho más lo que nos quita que lo que nos da, más cercana estará esa transformación. El modelo que tenemos hoy, pretendiendo hacerlo confortable para unos cuantos, ha ido volviendo el mundo cada vez más inhabitable para todos.

Entonces nos preguntamos quiénes son los que cumplirán esa tarea asombrosa, inimaginable e histórica de cambiar radicalmente este mundo. En una época que vende como rebeldía y afirmación obedecer los dictados de la moda, las órdenes de la industria y las innovaciones del consumo, la afirmación y la vitalidad solo pueden estar en la capacidad de resistir, de inventar otra cosa. Otra comunicación, otra relación con la naturaleza, otros lenguajes, otras músicas.

Yo siento que el verdadero poder de esta época está a punto de surgir, y no será dócil, no será conformista, no se dejará atrapar por los planes del mercado ni por la felicidad a plazos, ni por la seducción de los espectáculos. Va a nacer de la conciencia de los más grandes peligros, y de la certeza de que hay realidades, posibilidades y sueños que no nos podemos dejar arrebatar. Serán apasionados, serán valientes, pedirán lo imposible, no harán concesiones y no serán mansos.

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