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El gobierno del presidente Abelardo de la Espriella ha tenido aciertos y errores en los primeros días de atención a la emergencia por el terremoto del 10 de agosto. Los aciertos tienen que ver con la presencia en las regiones afectadas y los anuncios rápidos sobre los planes de reconstrucción. Los errores se centran en la dificultad para entender las distintas fases de atención de una tragedia y el papel del Estado en la primera respuesta urgente a los damnificados.
Más allá del alto costo que pagó el país por la falta de un empalme adecuado, la presencia del presidente y sus ministros en los territorios afectados y el trabajo con autoridades locales ha dado la sensación de que hay un Estado actuando. No es poco en un país con tanta historia de abandono en algunas de las zonas más afectadas, como el Chocó. Sin embargo, muchas de esas visitas que sirvieron para la foto no llevaron a las poblaciones lo que se necesitaba en los primeros días de una emergencia que dejó a miles sin techo, sin comida y en total incertidumbre.
Anunciar planes y ayudas para el futuro, por necesarios que estos sean, no resuelve lo urgente. La donación de balones con propaganda política cuando se necesitan casas, comida y salidas inmediatas a la emergencia, es una muestra de desconexión frente a la realidad de los damnificados y es justificada la molestia de algunos ciudadanos. Desconectado también el ministro de Vivienda, Jaime Beltrán, de viaje en Santa Marta a menos de una semana de su posesión y del terremoto. Familia, sí; descanso, también, pero cuando sea el momento.
En materia de ayuda hay que destacar la solidaridad. Millones de colombianos, redes de ciudadanos, organizaciones sociales, empresas grandes y pequeñas, se movilizaron. El reconocimiento incluye el trabajo de la primera dama y las esposas de altos funcionarios, en quienes delegaron una labor que es tarea del Estado. La solidaridad inicial es necesaria y oportuna porque en muchos lugares afectados es lo único que ha llegado. Sin embargo, se vienen largos meses de necesidades que deben ser planeadas, ejecutadas y vigiladas de manera adecuada en alianzas público privadas con instituciones que tengan capacidad de gestión para garantizar el flujo de recursos en el mediano y largo plazo. Poco a poco, la solidaridad bajará y no así las necesidades de quienes perdieron todo. Bienvenida la ayuda de todos, pero gestionar la atención humanitaria es labor del Estado.
Entender cada etapa y cada tarea pasa por escuchar. “Nadie sabe más de una emergencia que la persona que está viviendo la emergencia”, dice Luis Carlos Villegas, quien estuvo al frente del Forec, el Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero tras el terremoto de 1999. Hay que escuchar a las personas afectadas y atender sus necesidades concretas que varían de región a región. La gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, dijo, por ejemplo, que los subsidios de arriendo anunciados por el Gobierno no eran la mejor salida para zonas rurales del departamento en donde no tienen el superávit de unidades para arrendar. Allí se necesita algo más rápido.
En medio de tanta necesidad, es evidente el deseo del Gobierno de “controlar el relato”. Preocupa la insistencia en hacer propaganda más que información de servicio tan necesaria en una emergencia. La campaña terminó y comunicar desde el Estado es más que vender bien la imagen de un funcionario. Se trata de servir a los ciudadanos. Si no se hizo un buen empalme y se sintió en el remezón institucional ante el terremoto, querer borrar todo rastro del Gobierno anterior tampoco ayuda. En la mañana del lunes 18 de agosto, en la cuenta de Instagram del Ministerio de Agricultura, todas las publicaciones hechas en la administración anterior estaban desaparecidas. Lo borrado es parte de una historia institucional que no le pertenece a los nuevos inquilinos. Mal mensaje. Si el Gobierno no logra vender un proyecto común de nación ante semejante tragedia, es difícil que lo consiga con algo más.
