Debate, primera imagen de la enfermedad

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Hasta el debate presidencial entre Donald Trump y Joe Biden no se tenía una imagen diagnóstica de la enfermedad.

Se sabe desde hace unos años que la democracia en Occidente está enferma. Se tiene un diagnóstico preliminar de lo que la aqueja, pero como la enfermedad está en sus etapas iniciales, no se sabe su grado de letalidad. Es un virus y como sucede con los nuevos virus, se tiende a subestimar su gravedad.

Lo más cercano a un nombre es iliberalismo, pero solo denomina el síndrome, como el SARS. Es una nueva versión, mucho más contagiosa gracias al Internet y las redes sociales. Y afecta a un nuevo grupo de personas, a la derecha del espectro político, mientras que el virus anterior estaba dirigido hacia la izquierda. Nació en el hemisferio sur, pero ya se expandió por el mundo. Podría denominarse populismo 2.0, porque aunque en esencia es viejo invento latinoamericano, ha desarrollado nuevos elementos que le permitieron adaptarse a otros climas y organismos institucionalmente más sofisticados.

Existen varias versiones del virus, lo que hace difícil diferenciarlo. La más conocida es la económica, producto de promesas y políticas económicas irresponsables. La que está extendiéndose es la que divide entre el pueblo y un enemigo, que puede ser el terrorismo o una minoría. Se diferencia del fascismo en que éste es enemigo de la democracia, mientras que el populismo 2.0 necesita la democracia para entrar, y una vez adentro la va minando hasta destruirla.

La enfermedad se ha subestimado por dos razones. Promueve los intereses conservadores tradicionales y por ende logra el apoyo del establecimiento, y aún no ha desarrollado su fase autoritaria. Eso ha hecho que se camufle y que se menosprecien sus posibles efectos letales para la democracia. Se mira como un un fenómeno temporal, manejable con los instrumentos institucionales.

Es posible que el debate presidencial estadounidense haya producido un cambio, haya sonado las alertas. Había muchas pruebas de laboratorio que detectaban el virus, pero faltaba una imagen, una ecografía que permitiera ver la fiereza del problema y sus características juntas. El presidente estadounidense rompió todas las reglas, cuando una democracia se basa en el respeto de reglas. Amenazó con no respetar el resultado de las elecciones, promovió grupos de choque, no reconoció la legitimidad del contrario, buscó generar miedo y rabia. Mostró que su objetivo es satisfacer sus intereses personales sin importar las normas morales y legales. El mundo vio un aviso de que el virus está a punto de mutar hacia el autoritarismo abierto.

Algunos siguieron menospreciando los peligros, empezando por Joe Biden, que tomó el camino del apaciguamiento y en pleno debate desestimó las amenazas de fraude e insistió en que las instituciones resisten. Otros recordaron que durante años no se tomaron en serio las amenazas de Hugo Chávez, y cómo, una vez pasó los límites, no hubo retorno. Y otros se complacieron, los que dudan de las bondades de la democracia y añoran el modelo chino de autocracia capitalista.

Colombia ha sido un laboratorio de la enfermedad, al punto que ya hizo metástasis: además del populismo de derecha, ahora tenemos también el de izquierda.

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