Días de no violencia en Medellín

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Aquella tarde de nubes grises y viento leve de abril del 2002 se sentía la agitación en la sala de redacción del periódico El Mundo. El gobernador de Antioquia de aquel entonces, Guillermo Gaviria, se alistaba para marchar desde Medellín hacia Caicedo. Decenas de personas lo acompañarían desde el inicio y otras se unirían en el camino.

Para buscar otra forma de terminar con la muerte y violencia en estas tierras, la Gobernación de Antioquia de aquel entonces organizó actividades con la gente. A Medellín llegaron expertos internacionales en el tema de la no violencia que se reunieron en el Palacio de Exposiciones con cientos de personas. Después de la muerte, desilusión y el duelo por Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri, los principios de la no violencia volvieron a escucharse a través de Aníbal Gaviria, hermano de Guillermo. Como alcalde de Medellín, organizó unas jornadas llamadas “Mayo por la vida”, que reunieron a personas con creencias y orígenes distintos alrededor de acciones potentes y simples. Cuando surgían las propuestas para realizar eventos masivos, imprimir publicidades o encajar la no violencia en dinámicas de otras secretarías, Aníbal Gaviria volvía al mismo punto: el centro del trabajo estaría en los barrios y su gente. En un manifiesto se leía: “La vida es sagrada; la palabra también”.

Esta semana las palabras “no violencia” volvieron a escucharse en Medellín. Con selfis, vallas y la creación de una secretaría. La iniciativa generaría entusiasmo genuino si no fuera por el discurso de la persona que la lidera: el alcalde Daniel Quintero. Aunque lleva tan solo ocho meses, su administración ya tiene sucesos polémicos escritos en la historia reciente de la ciudad: envió al Esmad a la Universidad de Antioquia, los cuestionamientos los ha catalogado como ataques, revivió el toque de queda y encerró un barrio humilde con policía ante la amenaza del virus conocido.

Estos sucesos podrían dejarse a un lado si no fuera por un aparente patrón recurrente: su capacidad para generar divisiones, ruido y desconfianza dentro de una ciudad que dejó atrás sus episodios más violentos gracias al diálogo y al trabajo en equipo.

¿Cómo logrará su objetivo una Secretaría de la No Violencia cuando su alcalde y algunos colaboradores no reflejan con el ejemplo algunos de sus principios, como aceptar un error, buscar el entendimiento con los detractores o dejar de ver a otros como “ataques” o amenazas cuando piensan distinto? ¿Cómo puede generar confianza un líder como él, que ante la crítica recibida y en lugar de unir los caminos levanta dudas sobre la reputación de quien la emite y deja por fuera el valor del mensaje recibido?

Hace unos días Íngrid Betancourt participó en una conversación con Francisco de Roux organizada por la Comisión de la Verdad. En ella opinó que la sociedad colombiana está secuestrada por una polarización que consiste en catalogar como sospechoso a quien piensa diferente y clasificar a la gente en bandos o grupos. La paz y la libertad tendrán que ver con salir de eso, dijo. Ojalá que el alcalde Quintero entienda que más que una Secretaría de la No Violencia, Medellín necesita trabajo en equipo, escuchar y dejar los prejuicios. El resto llegará solo.

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