Al filo de la censura

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Pasó lo que varias organizaciones venían advirtiendo: Facebook y Twitter se están convirtiendo en jueces de facto para decidir cuáles son los discursos permitidos y cuáles no. Es un problema que hemos tratado varias veces en estas páginas. Por un lado, sus algoritmos, diseñados para obtener la mayor cantidad de enganche en los usuarios, muchas veces han permitido la difusión de mentiras, mensajes de odio y acoso sobre ciertos grupos poblacionales. Facebook ha sido mencionado como facilitador de un genocidio en Birmania gracias a su ausencia de moderación. Twitter, por otro lado, ha sido un espacio ideal para el crecimiento de grupos radicales que adelantan campañas de ataque y desinformación contra personas, muchas de ellas pertenecientes a minorías. Por otro lado está la pregunta: ¿cuál es la mejor manera de combatir esas aberraciones? Y, más importante aún, ¿la decisión debería depender de los caprichos de las cabezas de ambas compañías?

Estamos en un mundo de supra-Estados digitales. Facebook, Twitter y similares son espacios donde transcurre nuestra vida, donde nuestras democracias se fortalecen o se derrumban, más lo segundo que lo primero, y donde se da el debate público. Eso ha traído muchos problemas. La política, en particular, y las discusiones en torno a derechos civiles han adoptado las características de las redes sociales: triunfa lo incendiario, la conspiración, sobre las visiones reposadas, sobre la construcción de consensos.

Ahora, después de años de insistir en que estas plataformas son un espacio de libertad de expresión radical, Facebook y Twitter cambiaron el discurso. En un post reciente, Mark Zuckerberg, creador de Facebook, dijo que, “con el aumento del antisemitismo, estamos ampliando nuestra política para prohibir cualquier contenido que niegue o distorsione el Holocausto. Si la gente busca el Holocausto en Facebook, comenzaremos a dirigirte a fuentes autorizadas para obtener información precisa”. La compañía también anunció que prohibirá los anuncios políticos una semana antes de las elecciones en Estados Unidos.

Por el lado de Twitter, hace meses empezaron a verificar ciertos trinos de figuras públicas. Cuando identifican que tienen contenido mentiroso o que puede fomentar la desinformación, desincentivan que se muestre mediante el algoritmo y agregan una advertencia para todos los usuarios. Varios de los trinos de Donald Trump, así como de funcionarios del régimen chino, han sido objeto de esta restricción.

Sobre la mesa parecen limitaciones deseables. Sin embargo, esta semana vimos cómo ese poder de las empresas puede generar censura. The New York Post publicó unos correos que supuestamente involucran al hijo de Joe Biden, Hunter Biden, en actos de corrupción. Más allá de que las fuentes de ese artículo han sido cuestionadas, en unas elecciones marcadas por la interferencia digital rusa, se trata, en todo caso, de un periódico publicando información de interés. Facebook impidió que el algoritmo mostrara resultados de la noticia y Twitter fue más allá: bloqueó la dirección web del artículo y puso varias trabas para que los usuarios compartieran sus contenidos.

No se trata de un debate inocuo. En los dilemas de la libertad de expresión y la difusión del odio, ¿queremos que sean empresas privadas las que decidan cuáles son los discursos permitidos? La pregunta sigue abierta.

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