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18 Nov 2015 - 2:00 a. m.

La coca, de nuevo

Si los cultivos siguen creciendo sin control, es muy difícil hablar de construir un nuevo país.

El Espectador

La coca, de nuevo

Colombia recuperó una corona perversa: ser el mayor productor de coca del mundo. Así lo reportó la semana pasada el Washington Post, que ubicó a nuestro país por encima de Perú (segundo) y Bolivia (tercero). Sea como sea, esta noticia es preocupante y demuestra que uno de los principales retos de un posacuerdo con las Farc va a ser cómo desmantelar las redes ilegales de narcotráfico.

Según Jorgan Andrews, director de Asuntos Internacionales para Narcóticos y Aplicación de la Ley en la Embajada de EE. UU., el aumento estaría directamente relacionado con los buenos avances de lo conseguido en La Habana. Para Andrews, los cultivadores, sean guerrilleros o no, interpretan que “los que cultivan la mayor parte de la coca obtendrán los mayores beneficios”. Más presión aún para tener un plan que lidie con este tema de manera coherente, contundente y efectiva.

Sin embargo, esa lógica perversa también nos induce a pensar en el fracaso del Estado para controlar este fenómeno, así como la complicidad de la Farc con los productores, dado que este grupo guerrillero tiene control sobre las zonas de mayores cultivos. Según el informe del medio norteamericano, en 2014, el último año del que se tienen estadísticas, los colombianos plantaron 44 % más coca que en 2013. Y este año en curso será aún superior.

Este tema merece, entonces, varias consideraciones.

Primero, rechazamos las voces oportunistas que utilizaron este anuncio como herramienta para atacar la prohibición del glifosato. Estos datos, no sobra decirlo, son de cuando aún se estaban realizando las aspersiones. También amerita mención el reciente informe que contradice lo dicho por la OMS con respecto a si el glifosato produce cáncer o no. Nunca se dijo que el informe original fuese definitivo, pero la existencia de nuevos estudios no levanta el manto de duda que razonablemente hay sobre este tema. Por ende, no hay motivos para pedir que se reactiven estas fumigaciones. El beneficio de la duda nos invita a pensar en la salud de los colombianos afectados por las áreas de aspersión.

Lo que sí debe preguntarse es qué sucedió con todas las medidas de erradicación alternativa que se anunciaron cuando se suspendieron las fumigaciones con glifosato. Si no están funcionando, como parece ser el caso, el Gobierno debe rendirle cuentas al país y, sobre todo, proponer soluciones.

La cocaína es el principal financiador de varios de los peores problemas en términos de violencia e ilegalidad que Colombia enfrenta. Si los cultivos siguen creciendo sin control, es muy difícil hablar de construir un nuevo país.

Por eso, además, es importante que el acuerdo se firme pronto y empecemos a utilizar el conocimiento de las Farc en este tema para intervenir todas las estructuras ilegales que sostienen este negocio. Ese es uno de los mayores valores agregados que tiene la incorporación de esa guerrilla a la vida civil: ellos serán los encargados de controlar que, en efecto, los cultivos dejen de proliferar.

En cualquier caso, las soluciones deben venir muy pronto. No podemos seguir ostentando esa amargo primer puesto.

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