Las deudas con la igualdad

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Queremos enviar un mensaje de respaldo a todas las personas LGBTI de Colombia, especialmente a aquellas que por vivir en un mundo hostil recurren a la sombra del clóset para evitar peligros.

Ayer hubo marchas de la población LGBTI en varias partes de Colombia y el martes de la semana pasada se celebró el día del orgullo LGBTI. Para acompañar estas manifestaciones, que buscan reivindicar identidades silenciadas y censuradas, El Espectador publicó una serie de historias que deben servir de recordatorio de todo lo que se ha avanzado en los 25 años de la Constitución, pero también como una alerta que demuestra que la discriminación sigue viva y causando sufrimientos innecesarios. Colombia tiene muchas deudas con la igualdad.

Empecemos, sin embargo, con los avances, que han sido consolidados por la Corte Constitucional pese a la incesante oposición de figuras políticas y a una opinión pública que no ha querido reconocer sus propios prejuicios. Gracias a las sentencias del alto tribunal —que en sus primeros años de existencia, no sobra mencionarlo, también reprodujo en sus decisiones ciertos prejuicios que ha venido a revisar con el tiempo—, hoy en día las personas del mismo sexo, al igual que las heterosexuales, pueden manifestar su afecto en público, formar uniones maritales de hecho o contraer matrimonio, adoptar, donar sangre, no ser discriminadas en ningún espacio por su orientación y/o identidad, y no ser perseguidas en los colegios.

Detrás de cada uno de esos avances hay historias llenas de sufrimiento y de la frustración que produce la insensata marginación de esta población. Hoy recordamos, por mencionar algunos casos, a Sergio Urrego, el joven que se quitó la vida después de vivir en un ambiente escolar lleno de hostilidad contra su orientación sexual y su manera de pensar, y a Amanda y Amparo, quienes estuvieron juntas 36 años y vieron todos los rostros mezquinos de la discriminación del Estado y de la sociedad.

Los retos continúan. La semana pasada dimos a conocer el caso de Marilyn Mejía, una mujer trans que recibió todo tipo de presiones en una institución del Sena sólo por querer usar el uniforme de mujer (género con el que se identifica) y usar el baño de las mujeres.

Katia Trillos, otra mujer trans, también nos contó cómo miembros de la Policía tienen la costumbre de hacerles la vida imposible a las trabajadoras sexuales y cómo es casi imposible lograr una solución judicial a esos problemas.

Ahora que se habla de posconflicto, los estrados judiciales apenas están empezando a mostrar que los actores armados eran particularmente crueles con las personas de identidades u orientaciones diversas.

Y eso que no tenemos espacio de hablar de los problemas que tienen estas personas en las cárceles del país, ni de cómo en las regiones la persecución es más intensa y lleva a silenciar a más de ellas, ni de los retos que los derechos ya alcanzados enfrentan por la insistencia de los opositores que ven en la igualdad las raíces del apocalipsis.

Queremos, no obstante, enviar un mensaje de respaldo a todas las personas LGBTI de Colombia, especialmente a aquellas que por vivir en un mundo hostil recurren a la sombra del clóset para evitar peligros. Su existencia, por culpa de los prejuicios, estará llena de obstáculos intransigentes, pero ojalá hayan visto las marchas de ayer y entiendan que no están solos, ni lo van a estar, y que este país, aunque a paso de tortuga, ya emprendió el camino de sacudirse los prejuicios y saldar las deudas que hemos mencionado. No hay nada malo con ser quienes ustedes son, no permitan que nadie les diga lo contrario. La historia estará del lado de su causa.

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