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Quisiéramos poder escribir un editorial distinto; unirnos al júbilo expresado por la diáspora venezolana a lo largo y ancho del planeta. Durante años, en El Espectador hemos documentado de manera exhaustiva la degradación del gobierno chavista (primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro), el cual provocó la expulsión de cerca de ocho millones de personas, el cierre de medios de comunicación, el robo de elecciones y la cooptación de los poderes públicos. A esto se suma la comisión de múltiples delitos de lesa humanidad, la financiación de grupos paramilitares, la complicidad con organizaciones criminales colombianas y la persecución política de la oposición; agresiones tan sistemáticas que resulta difícil condensarlas en un solo párrafo. Entendemos el clamor de una Venezuela que sueña con la libertad, la democracia y una nueva oportunidad sobre la Tierra. Sin embargo, lo ocurrido en la madrugada del sábado 3 de enero de 2026 dista mucho de ser la utopía que la Casa Blanca ha pretendido proyectar.
Tal vez la pregunta más reveladora durante la conferencia de prensa de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, tuvo que ver con algo básico: ¿quién gobierna en Venezuela? “Nosotros lo vamos a dirigir por ahora”, fue la respuesta del mandatario. Después, entre giros retóricos erráticos, afirmó que María Corina Machado carece del respeto suficiente para liderar el país, aseguró que la vicepresidenta madurista Delcy Rodríguez prometió cumplir todos los deseos de la Casa Blanca y, en la omisión más elocuente de todas, evitó mencionar a Edmundo González, legítimo ganador de las elecciones presidenciales del año pasado. Gran parte del tiempo, el presidente estadounidense la dedicó a fantasear sobre cómo las petroleras de su país se lucrarán con lo sucedido. Al hablar de la “libertad” del pueblo, lució notablemente menos interesado.
No es extraño que la Casa Blanca muestre poco interés en lo que implica una transición democrática pacífica. Capturar a Nicolás Maduro, pero dejar a cargo a Rodríguez, a Vladimir Padrino (ministro de Defensa) y a todas las estructuras del chavismo, no constituye un cambio de régimen ni es lo que la sociedad venezolana espera. La ausencia de una estrategia clara, sumada a la ligereza con la que Trump aborda asuntos complejos, invita, cuando menos, a la cautela. ¿Quién gobierna en Venezuela? La realidad es que, en este momento, no lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que, en el proceso de captura de Nicolás Maduro, se fracturó el orden internacional basado en normas. Estados Unidos ejecutó una invasión militar violando la soberanía de un Estado y adjudicándose el derecho a ejercer la fuerza a su conveniencia. América Latina, que ha sufrido la larga historia de intervenciones de la potencia del norte, escucha hoy los ecos de un pasado que causó mucho dolor. El multilateralismo, creado supuestamente para evitar estos abusos, muestra su incapacidad de reacción: ni la OEA ni la ONU pueden detener lo ocurrido más allá de comunicados estériles. Con esto se establece un precedente nefasto. Lo advertimos cuando inició la estrategia para derrocar a Maduro: ¿y si mañana se decide que el gobierno colombiano es aliado de los narcotraficantes y se justifica otra intervención? ¿O si ocurre algo similar en cualquier otro país de la región?
¿Acaso ya no dependemos de normas acordadas entre las naciones, sino del capricho de los líderes con mayor poder militar y económico? La ley del más fuerte se impone mientras todo se justifica bajo la promesa de liberación de los pueblos oprimidos. Sin embargo, dicha promesa se desdibuja cuando se convierte en manipulación. Donald Trump no es el salvador de Venezuela, por más que lo sugieran los videos propagandísticos de estilo hollywoodense que publican las redes sociales de la Casa Blanca. Hacer un despliegue de fuerza es relativamente sencillo, pero reconstruir un país y romper con décadas de corrupción y desinstitucionalización requiere mucho más que relatos de superhéroes.
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