El duelo que nos sigue imponiendo el COVID-19

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Colombia sigue en duelo. Ahora es oficial, dado que el presidente Iván Duque decretó tres días de duelo por las personas muertas a causa del COVID-19. Al cierre de esta edición, íbamos llegando a las 52.000 muertes. Ayer fue un día de consternación nacional, pues dos nombres reconocidos se sumaron a la lista: Carlos Holmes Trujillo, ministro de Defensa, y Julio Roberto Gómez Esguerra, presidente de la Central General de Trabajadores (CGT), fallecieron por culpa del nuevo coronavirus. Como ellos y sus familias, cientos de miles de colombianos se encuentran afligidos por esta pandemia descontrolada, una tragedia que crece y crece.

No les hemos rendido suficiente homenaje a todas las personas que perdimos por culpa del COVID-19. Tal vez se debe a que la emergencia no ha terminado y todavía las proyecciones indican que serán muchos más los colombianos que sufrirán esta cruel enfermedad. La segunda ola estuvo peor que la primera, en número de casos y de personas fallecidas. Las vacunas todavía no han empezado a ser aplicadas y ese proceso tardará meses. Los profesionales de la salud están desgastados, atacados por los horrores de la enfermedad así como por las dificultades de trabajar sin suficiente remuneración ni implementos de seguridad. Por años será nuestra responsabilidad seguir hablando de la salud mental de un país con tantas heridas abiertas. El trauma está teniendo secuelas.

Nos unimos a los lamentos por las víctimas. Como servidores públicos y referentes del debate nacional, las muertes de Carlos Holmes Trujillo y Julio Roberto Gómez Esguerra se han posicionado como un símbolo. Son un triste recordatorio de lo que enfrentamos, de las dificultades que tenemos para tratar las peores versiones del COVID-19. Nos unimos al duelo de sus familias y de todas las personas que han fallecido en lo que va de la pandemia.

Trujillo fue un servidor público de contrastes. De raíces liberales y con profundas convicciones democráticas, fue el primer alcalde de Cali que llegó a ese cargo mediante el voto popular. Después participó en la Asamblea Constituyente, fue ministro de Educación, comisionado de Paz, ministro del Interior, embajador, precandidato presidencial, canciller y ministro de Defensa. En El Espectador lo conocimos como un hombre respetuoso de las diferencias, gentil, elocuente y reflexivo. Intentó tender puentes, aunque esa voluntad se desdibujara en sus últimos años, cuando quiso posicionarse como candidato a la Presidencia de un partido de extremos. El país pierde a un interlocutor valioso para el intercambio de ideas.

Lo propio podemos afirmar de Gómez Esguerra. Durante décadas fue un líder sindical que estuvo en las principales discusiones sobre los derechos de los trabajadores en Colombia. En diciembre se le vio participar en las negociaciones por el salario mínimo. Tanto aliados como opositores coinciden en que buscaba los acuerdos, los diálogos respetuosos. Una persona convencida de que la diferencia no nos vuelve enemigos. Como debe ser.

Si nos queda algo de tanta tragedia es la necesidad de redoblar esfuerzos, individuales y colectivos. Estamos ante un virus letal. El distanciamiento social, el uso del tapabocas, el lavado de manos y la prudencia siguen siendo fundamentales. La mejor manera de respetar a quienes se han ido es evitar que la crisis siga en aumento.

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