El silencio no es respuesta a los actos sexuales violentos

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Las denuncias contra el cronista Alberto Salcedo Ramos no deberían pasar inadvertidas en medio de este país convulsionado. Especialmente en el mundo del periodismo, que ha reconocido el talento y el trabajo de Salcedo, debe haber una conversación sobre cómo el periodista habría utilizado su poder y su prestigio para perseguir a mujeres jóvenes y llevarlas a situaciones que ellas no deseaban, en un claro desequilibrio de poder.

A Salcedo Ramos lo denunciaron en la Fiscalía bajo el delito de acto sexual violento. De llegar a encontrarse culpable, la pena en prisión va desde ocho hasta 16 años. Ahora la pelota está en la cancha de las autoridades, pero como hemos dicho en el pasado, estas denuncias, que surgen en el espacio periodístico, deben abrir otros debates.

Dos mujeres, a través de Las Igualadas de El Espectador, hablaron de un beso forzado y de varios tocamientos sexuales. En sus voces se escuchan los efectos psicológicos del abuso de poder al que fueron sometidas. Eran jóvenes y tenían al frente a un hombre que, según otros testimonios, tenía un modus operandi similar para hacer valer su prestigio y reconocimiento.

La denuncia original va acompañada de otras cinco historias de mujeres que decidieron permanecer anónimas. Desde la publicación, además, Las Igualadas ha conocido a otras 15 mujeres que confirman haber vivido situaciones similares. Se trataba, dicen, de un “secreto a voces”. Ahora que con valentía dos mujeres decidieron dar la cara y las periodistas de El Espectador hicieron una investigación rigurosa, ¿dónde están los pronunciamientos de quienes han ayudado a construir la reputación de Salcedo? ¿Las universidades? ¿La Radio Nacional?

No se trata de suplantar a la justicia. Por supuesto que Salcedo Ramos tiene derecho a la presunción de inocencia en el ámbito penal y él ha dicho que ambas relaciones fueron consentidas. Pero con una investigación en curso, con tantas mujeres hablando de lo mismo, con voces frustradas haciendo eco a lo ocurrido, elegir el silencio es una manera de traicionar la búsqueda de construir un mundo más seguro para las mujeres.

Este caso toca, al mismo tiempo, muchas tensiones. Primera, se trata de hechos que tienden a normalizarse: en redes abundaron quienes dijeron que era solo “un beso” o “solo un toqueteo”. Pero estamos hablando de hechos forzados, que configuran un delito. ¿Estamos tan mal en Colombia para entender que el consentimiento tiene que ser vehemente y libre de coacción? La pregunta es retórica, pues sabemos que la respuesta es que sí nos falta mucho por aprender.

Segunda, se trata de una relación muy común en espacios de poder. Un agresor, usualmente un hombre, con reputación y privilegio, se aprovecha de esa posición para perseguir a jóvenes. Ellas sienten que no pueden decir nada por temor a que sus propias carreras se vean obstaculizadas por el agresor y sus amigos. Por eso tantos años de silencio. Por eso tanto sufrimiento sin que se conociera.

La violencia contra las mujeres adopta diversas manifestaciones. Pero en todas el desequilibrio de poder es clave para ejercer el daño. Si el periodismo hace la tarea de contar estos casos, si las mujeres dan la cara y se arriesgan de esa manera, la respuesta jamás puede ser el silencio.

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