Fuerte aplauso al decano del teatro colombiano

Santiago García intentó y logró en su carrera apostarle a una Colombia más sensible, más honesta, más conectada con sus historias ocultas. / Foto: Luis Ángel - El Espectador

Hacer teatro siempre trae consigo el reto de vivir a la deriva en lo económico. Hacerlo en la Colombia de los años 60 y 70, en medio de la persecución política a quienes se atrevieran a ser críticos y a pensar diferente, más que un acto de fe, era síntoma de un optimismo inconmensurable. Eso fue lo que hizo Santiago García, quien el lunes pasado falleció a sus 91 años en su casa de La Candelaria, en Bogotá. Generaciones de actores, actrices, gestores culturales y creadores le deben a su valentía, a su ambición y a su generosidad que hoy seamos un país mucho más cercano al arte, con sensibilidad por las historias que se cuentan desde las tablas.

“Nosotros no hacemos dinero, hacemos teatro”, solía decir García, según sus amigos en un perfil que publicó El Espectador hace seis años. Y lo que hizo fue mucho teatro. Junto con Patricia Ariza fundaron la Casa de la Cultura, que luego se llamaría el teatro La Candelaria, uno de los más influyentes en la historia del país y que sigue en pie, 54 años después. Por él han pasado muchos de los rostros y las voces más recordados de la dramaturgia nacional.

Durante el gobierno de Turbay Ayala, García fue perseguido. Sus obras, críticas, punzantes, profundas y accesibles al mismo tiempo, desacomodaban los discursos hegemónicos. No hay mejor testimonio del poder del arte, del teatro que hacían García y sus cómplices, que la censura estatal. Quienes suelen abusar del poder les temen a las voces que ofrecen otras maneras de ver la realidad, de entendernos como nación.

Eso fue lo que intentó y logró García en toda su carrera: apostarle a una Colombia más sensible, más honesta, más conectada con sus historias ocultas. Por eso, además de crear piezas ya clásicas de la dramaturgia colombiana como Nosotros los comunes (1972), La ciudad dorada (1973), Guadalupe años sin cuenta (1975) y Los diez días que estremecieron al mundo (1977), también fue mentor e impulsor de nuevos artistas. Hacia el final de su vida, fue nombrado como Embajador Mundial del Teatro por el Instituto Internacional de Teatro (ITI) de la Unesco. En ese momento, dijo: “Nosotros, los hombres y mujeres de teatro colombiano, sabemos que es posible hablar de lo que nos duele y de lo que nos alegra, y que también se puede, como en la escena, entender los conflictos”.

Además de pasión y sueños, García fue un estudioso. Lo recuerdan como un académico que retaba a todos los que trabajaban con él. Su trayectoria lo demuestra: en Alemania fue discípulo director de Konstantín Stanislavski, estudió con la viuda de Bertolt Brecht, pasó por la Universidad de Praga, el Actor's Studio de Nueva York y la Universidad de Teatro de las Naciones en Vincennes (Francia). Su trabajo le ganó reconocimiento en América Latina y Europa.

García se fue en medio de la crisis del coronavirus, cuando sus amigos y el público no pueden honrarlo como lo merece. Tan pronto el país logre sacudirse de la cuarentena, le debemos una visita a las obras que se estrenarán para ver lo que están haciendo sus discípulos, para seguirnos soñando una Colombia distinta, para agradecerle a García por haber hecho teatro del bueno.

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