10 Jun 2017 - 2:00 a. m.

La traición de Theresa May

Ocurrió lo que hace unas semanas parecía imposible en el Reino Unido: los conservadores no sólo no recibieron un mandato renovado previo a las difíciles negociaciones del brexit, sino que perdieron escaños en el Parlamento, forzándolos a construir un gobierno minoritario, revivieron al Partido Laborista y la primera ministra, Theresa May, quedó en medio de una crisis de legitimidad tras haber utilizado en campaña una retórica extremista en respuesta al terrorismo.

El Espectador

La historia parecía que iba a ser muy distinta. May, envalentonada por encuestas que le daban a su partido una ventaja de 21 puntos sobre los laboristas y demás agrupaciones políticas minoritarias, convocó a unas elecciones relámpago. “Después de que nuestro país votó para abandonar a la Unión Europea, necesitaba certeza, estabilidad y un liderazgo fuerte”, dijo la primera ministra al convocar las elecciones. “Yo he aportado precisamente eso, pero mientras el país se está uniendo, Westminster (el Parlamento) sigue dividido”, agregó, culpando a los laboristas de obstaculizar el brexit y justificando así unas elecciones que le otorgasen un mandato inequívoco a ella y a su partido para seguir adelante. Era una apuesta fácil de hacer, pero la perdió estruendosamente.

Los conservadores perdieron 12 escaños, reduciendo su número total a 318, con el cual no pueden formar gobierno de manera autónoma; por eso han tenido que buscar el apoyo de otros partidos pequeños para que May permanezca como primera ministra. Más llamativo aún fue que los laboristas, liderados por el hasta hace poco desahuciado políticamente Jeremy Corbyn, ganaran 31 escaños y llegaran a 261. En síntesis, el Parlamento seguirá profundamente dividido, especialmente porque la elección relámpago sirvió para evidenciar dos visiones muy distintas de cómo responder a la crisis.

El atentado en Mánchester y los ataques en Londres, que el Estado Islámico se atribuyó, dominaron el debate público. En ese proceso, May cometió un error garrafal: dejarse vencer por el miedo y los cantos de sirena de la seguridad nacional y traicionar así principios básicos de la democracia. En una frase que deberá pasar a la historia de los líderes de países occidentales cayendo justo en la trampa de los terroristas, anunció que “si las leyes de derechos humanos nos obstaculizan el combate al extremismo y el terrorismo, pues cambiaremos esas leyes”.

Sin entrar en mucho detalle, afirmar lo anterior es confesar la derrota, decir que los valores que han convertido los Estados modernos democráticos en sociedades libres deben ser traicionados y abandonados para responder a terroristas que precisamente abogan por la represión y la violencia. Más frustrante aún es que abundan las evidencias de que esa estrategia es inútil. El terror persiste mientras Occidente se rinde.

Pero, y volviendo a las elecciones, la declaración de May marcó un claro contraste con la estrategia de Corbyn y compañía. Ante el miedo, el llamado a una austeridad salvaje y al aislacionismo de los conservadores, los laboristas repuntaron el déficit en las encuestas con un mensaje de esperanza, de inversión en las personas, de aumento de la malla de seguridad social. Así lograron que los jóvenes del país fueran a votar masivamente por ellos (72 % del electorado entre 18 y 24 años fue a las urnas), cambiando literalmente el resultado de varias elecciones reñidas. Dice mucho que las esperanzas del partido de la primera ministra se basaran en que pocas personas fuesen a votar.

Por fortuna, y aunque viene más incertidumbre, los ingleses enviaron un mensaje claro en las urnas en contra de la actitud de May. Y, viniendo a Colombia, qué bueno sería que los jóvenes vieran que, cuando salen a votar, hacen temblar las estructuras políticas de los países.

 

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