Las dinámicas de acoso están a la vista y hay que permitir que salgan a flote

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Quizá lo más interesante que ha ocurrido desde que se publicó el informe sobre acoso laboral y sexual dentro de la Corte Constitucional ha sido la evidencia de que en Colombia no hay suficientes esfuerzos similares. Otras instituciones deberían seguir el ejemplo, tanto públicas (Congreso, las otras cortes, Presidencia) como privadas. No basta con declararse sorprendidos cuando las mujeres empiezan a contar sus historias de acoso que se han normalizado.

El informe, “Las capas del Techo de Cristal: equidad de género en la Corte Constitucional”, fue realizado por dos reconocidas investigadoras en temas de equidad de género, Claudia Gómez López y Mariana Tafur Rueda. Financiado por la Agencia para el Desarrollo de Estados Unidos (Usaid) y promovido por la magistrada Gloria Stella Ortiz cuando fue presidenta de la Corte, da cuenta de presiones laborales indebidas, relaciones con desequilibrios de poder, tocamientos y un ambiente hostil para las mujeres que trabajan en el alto tribunal. También da cuenta de la desconfianza que sienten las víctimas de los mecanismos de denuncia, incluso en una institución que forma parte de la Rama Judicial. ¿Cuántas pruebas más necesitamos para reconocer que los sistemas de justicia, en todas sus manifestaciones, están fallando en el tema de acosos laboral y sexual?

Por ejemplo, cinco funcionarias denunciaron haberse sentido presionadas para aceptar citas o encuentros informales por fuera de las jornadas laborales porque las invitaban hombres de cargos más altos. También cuentan el caso de una funcionaria “que tuvo una crisis nerviosa y estuvo hospitalizada porque su salud mental se afectó considerablemente”. Otra dijo que “están socialmente aceptados los chistes con connotaciones sexuales y son celebrados por los jefes. A las secretarias sí se les puede decir mi amor, mi vida, mi reina. He visto mucha violencia verbal, mayoritariamente dirigida a mujeres”. La fiesta de fin de año de la Corte fue nombrada como un espacio de acoso y desequilibrios de poder.

Lo más llamativo de los hallazgos es que están a simple vista. Lo que las expertas han denunciado es que estas dinámicas de acoso ocurren en espacios donde los jefes tienen mucho poder y, por ende, hay desconfianza en los mecanismos de resolución de conflictos. Las mujeres se sienten desprotegidas y no tienen los incentivos suficientes para dar a conocer sus casos. Entonces están obligadas a sufrir en silencio y a convivir con comportamientos deshumanizantes que, además, amenazan su desempeño profesional y el desarrollo de sus carreras.

Ante eso, y para desnaturalizar el acoso, los informes son un primer paso, pero es fundamental que se cambien los mecanismos para reportar estos casos, de tal manera que se pueda hacer sin miedo a perder el trabajo o algún tipo de represalia. Si tantas mujeres decidieron hablar una vez les ofrecieron el anonimato, eso es síntoma de que el problema necesita atención inmediata y sanciones ejemplares.

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