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Chile está jugando con fuego. Pese a ser uno de los países que mejor han manejado la vacunación de su población, el relajamiento de las medidas y el comportamiento de sus ciudadanos tienen hoy al país al borde de un colapso. Al cierre de esta edición, se reportaban solo 146 camas de unidades de cuidados intensivos (UCI) disponibles. Por eso, en una decisión cuestionable, el presidente Sebastián Piñera propuso reformar la Constitución para que se aplacen las elecciones programadas para el 10 y el 11 de abril. Aunque parece haber amplio apoyo mayoritario a la medida, estar modificando las reglas y fechas electorales crea un peligro innecesario para la legitimidad de la democracia y sus instituciones. Más aún cuando ese mismo país ya tuvo un proceso de sufragios dentro de la pandemia, en octubre del año pasado, que no aumentó los contagios.
El domingo pasado, el presidente Piñera dijo que era necesario aplazar las elecciones hasta el 15 y 16 de mayo. Para entonces, argumenta, ya tendrán a un buen porcentaje de la población vacunada y se espera que el pico se haya reducido. Entonces los chilenos podrán elegir alcaldes, concejales, gobernadores y 155 constituyentes. “Si bien, como tantas otras, esta ha sido una decisión muy difícil, debemos tomarla”, dijo el mandatario. Es probable que consiga el apoyo que necesita en el Congreso.
La lógica es simple: con el 80 % del país en confinamiento, con los casos aumentando y las UCI a reventar, las elecciones se presentan como otro posible foco de contagio. Sin embargo, no es tan sencillo como cambiar de fecha y esperar que la situación mejore. Hay un porcentaje de chilenos que sienten dudas por el proceso electoral, más en vísperas de la selección de las personas que van a redactar la nueva Constitución.
El año pasado se llevó a cabo el plebiscito donde se eligió cambiar la Constitución. La participación, pese a estar en pandemia, no solo aumentó con relación a las elecciones pasadas, sino que demostró que se pueden realizar las votaciones sin aumentar los contagios. La clave está en el manejo de las condiciones necesarias de bioseguridad, el cumplimiento de las normas de distancia y dar más opciones para quienes deseen votar.
¿Por qué, por ejemplo, no aprovechar la pandemia para introducir cambios que faciliten las votaciones? Optar por aplazar, cuando podrían alargar la jornada de votación, implementar medidas de voto a distancia y otras reformas electorales, demuestra falta de voluntad política. Incluso si una mayoría del electorado quiere que se muevan las elecciones, la democracia es frágil y se presta para el desprestigio. Cambiar las reglas de juego sobre la marcha les da cabida a los discursos que buscan destruirla y cuestionar la legitimidad de una nueva Constitución, que se promete como un necesario pacto social para Chile.
La pandemia no puede convertirse en una excusa para jugar con el fuego de la flexibilización de las normas de la democracia. Entendemos la preocupación por los casos en aumento y las UCI al borde del colapso, pero la situación no es nueva, se pudo prever y, ante todo, hay mecanismos para paliar los efectos negativos. Esperamos que esta decisión no se convierta en un lastre para la próxima constituyente.
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