18 Mar 2018 - 2:00 a. m.

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El Espectador

Los invitamos a que sigan apostando con nosotros por la simple (y, aún hoy, subversiva) noción de que el mundo es mejor cuando se rompen los silencios cómplices que quieren mantenerlo en la oscuridad, cuando se hace periodismo por el bien de la patria.
Los invitamos a que sigan apostando con nosotros por la simple (y, aún hoy, subversiva) noción de que el mundo es mejor cuando se rompen los silencios cómplices que quieren mantenerlo en la oscuridad, cuando se hace periodismo por el bien de la patria.

Como tantas veces en estos ya casi 131 años de historia, queremos proponerles un pacto: apoyen nuestra labor de hacer un periodismo útil, crítico y veraz, que no les haga el juego a las voces que siempre están buscando manipular la opinión pública para satisfacer sus intereses individuales, que luche una batalla frontal contra las noticias falsas y la indignación facilista y sin argumentos, que sirva de herramienta para que los colombianos tomen decisiones informadas, cuestionen sus propios prejuicios y sesgos, y para que podamos dialogar sobre las ideas que van a construir una Colombia mucho más incluyente, pacífica y reflexiva. Los invitamos a que sigan apostando con nosotros por la simple (y, aún hoy, subversiva) noción de que el mundo es mejor cuando se rompen los silencios cómplices que quieren mantenerlo en la oscuridad, cuando se hace periodismo por el bien de la patria.

Esta semana comenzamos a ofrecer una suscripción para acceder sin límites a El Espectador de manera digital. Es un cambio difícil, que nos ha ganado críticas y detractores, pero que es necesario para soñar con un siglo más produciendo la información que nos parece necesaria para Colombia.

Internet, con sus constantes revoluciones, obligó a que el periodismo se reinventara. El futuro de El Espectador, y de todos los medios, es digital. Eso ha traído muchas ventajas, tal vez la más importante de las cuales sea el desarrollo de nuevas formas de contar las historias que les interesan a los colombianos. Pero también vino con una realidad ineludible: no hay un modelo de negocios sostenible.

Mientras pareció viable que la publicidad seguiría sosteniendo el periodismo de El Espectador en el mundo digital, optamos por la gratuidad. Como nosotros, los periódicos a lo largo y ancho del mundo hicieron lo mismo y así hemos pasado dos décadas con el acceso ilimitado. Sin embargo, ahora es claro que los ingresos por pauta, monopolizados por Facebook y Google, no dan viabilidad a un proyecto como el que nos motiva.

Hacer buen periodismo implica tener equipos de personas capacitadas, experimentadas, con tiempo para realizar investigaciones y contrastar fuentes, que no carguen encima la dictadura de los clics que los distrae de las historias que más le aportan a nuestra democracia. La guerra contra la desinformación cuesta. Por eso necesitamos a nuestros lectores además de a nuestros anunciantes. Nuestro futuro depende de las suscripciones, de las personas que ven el valor de lo que hacemos y que, además, quieren apoyarnos para que mejoremos cada día.

Esto, por cierto, no es revolucionario: todos estos años las personas han pagado por nuestra edición impresa. En la red no hay tinta ni papel, pero eso nunca fue lo más valioso. Pagar por El Espectador es financiar un equipo de personas comprometidas con darle al país la información que necesita.

Nuestro pacto es el siguiente. No vamos a ser un periódico perfecto, nunca lo hemos sido. Cometeremos muchos errores más, pero seguiremos nuestra terca búsqueda de la verdad más completa posible; cuestionando a los poderosos y a los criminales y a todos los que celebran cuando el silencio y la oscuridad predominan; investigando las historias ocultas; abriendo espacio a las voces marginadas, disidentes y críticas; luchando por los valores que nos fundaron.

Este pacto es, obvio, una elección libre. Como escribió don Guillermo Cano en 1982: “Este periódico no tiene lectores cautivos, prisioneros. Nuestra misión es la de someternos a una elección diaria, libre y democrática. Donde cada quien, a su libre albedrío, puede escoger si nos lee o deja de leernos. La verdadera libertad está en decir la verdad como cada uno la entiende, respetando la verdad de los demás”.

Confiamos en que seguirán queriendo acompañándonos a decir esa verdad.

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