“El cerebro y la rosa”

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Está en librerías mi libro de ensayos de divulgación El cerebro y la rosa (El Bando Creativo, Cali). El editor separó los ensayos en dos grupos: los que se ocupan de la realidad y los que abordan temas de ficción. En el primer grupo hay ensayos mundanos: los números, la moda, el sexo, la eutanasia, el destino, el huevo —quizá el invento más revolucionario de la naturaleza— o el cerebro —“el más alto poema de la materia”—. En el segundo predominan las cosas del espíritu: las palabras, el amor, la ecuación de la belleza, etimologías, la historia de las piedras, prosistas notables.

Tuvimos que improvisar un tercer grupo para poner allí asuntos que consideramos muy etéreos para echarlos en el saco de la realidad, o muy graves para clasificarlos como ficción. Lo llamamos “Línea de sombra” y la difuminamos con ejercicios sobre la reingeniería del cristianismo, el arte del aburrimiento, la teología, el sentido del ridículo.

Tarde o temprano todas las clasificaciones fracasan y esta no será la excepción. La materia se afantasma cuando queremos descifrarla y al final solo queda su sombra, el número, o el eco del número, la onda. Y los fantasmas tienen la manía de concretarse, milagro del que pueden dar fe el místico, el celoso y los expertos en el arte de desinformar.

Entrevista (pregunta el escritor Luis Carlos Bermeo). ¿Por qué mezcla géneros literarios en sus escritos? Porque tenemos tres necesidades básicas: pensar, contar y cantar. Es por esto que los textos de todos los escritores brincan de un género a otro. ¿Se puede hacer literatura con la ciencia? Sí, incluso el matrimonio y la familia política pueden ser objetos literarios. ¿Existe algún punto de contacto entre la ciencia y la poesía? Sí. Ambas pretenden cifrar el universo, pero, más libre, la poesía puede limitarse a celebrarlo… ¡o a maldecirlo! ¿La crítica literaria es un oficio marginal o también es literatura? Siempre ha sido literatura y siempre ha sido marginal. “Jamás se le erigirá una estatua a un crítico”. ¿Cuál es su método para escribir ensayos? A veces elijo temas por puro esnobismo, con el ánimo, lo confieso, de parecer delicadamente esotérico. Para la información dura busco publicaciones especializadas. Luego balanceo la cosa leyendo artículos de prensa. Allí encuentro datos curiosos, escándalos, pecadillos, paradojas, información clara y presentación espectacular. ¿Cómo explica el éxito de líderes que ignoran la ciencia, tipos como Trump, Maduro y Bolsonaro? ¿Cómo pueden medrar sujetos así justo ahora, en pleno auge de la información? No sé. Quizá por la gran brecha, que se ensancha cada día, entre la ciencia y el hombre de la calle. ¿Cómo sabe si una idea es “narrable” o “ensayable”? Es fácil: el ensayo gira en torno a un problema intelectual. Al relato le van mejor los asuntos humanos: el amor, la ambición, la muerte… Me siento más cómodo en el ensayo. El cuento es una nostalgia, un viejo amor.

Algún despistado dijo que el ensayo era un género donde pesaban mucho el rigor y la erudición. Se equivocó dos veces. El rigor no pertenece a la poética del ensayo. Como la palabra lo indica, es una aproximación a un tema, no un tratado. Un boceto, no un óleo. Y la erudición es apenas un punto de partida, una pértiga que el ensayista utiliza para trascender lo demostrable e inventar argumentos, para conjeturar. El ensayista conjetura, como el narrador imagina. Aquí radica su limitación. Y su potencia.

Si me apuran, diría que el tratado es una conferencia y el ensayo, una conversación sin pretensiones. Ojalá que entre el lector y algunos de los ejercicios que componen este volumen se produzca esa vieja y pequeña fiesta, la conversación.

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