El nuevo poder

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Mientras escribo esta columna, los números y los indicadores siguen favoreciendo a Joe Biden y el estado de Nevada continúa siendo el fortín decisivo del trono. Los informes permanentes parecen darles el poder a los demócratas mientras Donald Trump, ardiendo de ira y cólera, promete demandas sin fin contra los escrutinios perdidos, sin tocar los que se han liberado a su favor. Se veía venir; ya lo había anticipado en sus discursos, previendo una posible derrota y una alternativa de fracaso al que nunca estuvo acostumbrado en su larga vida cotidiana de autócrata sobre salarios y destinos privados. Lo ha hecho a su manera, con todos los excesos y las evasivas fiscales, con todas las argucias y las estrategias del engaño, con todos los recursos del chantaje que pudo escalar hasta el delirio. Alcanzó la Presidencia con las mismas tácticas y seguirá intentando recobrar sus ensueños perdidos desde la sombra. El país, sin embargo, no podrá recuperar tan pronto la tradición de esa relativa tranquilidad y confianza institucional de la que se ufanó en las épocas recientes como insigne de libertad y espejo de progreso en la separación autónoma de sus poderes. La Corte Suprema, abanderada de los rugidos republicanos, no será ajena a ese futuro próximo de furia creciente. La incertidumbre sigue abierta y socavando el fin que se creía definitivo con las elecciones del 3 de noviembre y con los sueños cumplidos.

Mientras se pierden los ruidos y se disipa la humareda del show, las repúblicas sumisas y dependientes del sur del continente que embargaron sus fuerzas y campañas por el candidato de sus filiaciones medievales tendrán ahora el abismo en contra, suponiendo la posible victoria de Biden desde esta redacción en el pasado.

El Centro Democrático, fiel a su torpeza y ramplonería inconcebibles, agotó su política exterior apoyando frontalmente a Donald Trump, rompiendo con la historia de la relación bipartidista de un tajo y amenazando sus proyecciones de política internacional con un partido que los entenderá como los mayores propulsores de su archienemigo y los mejores difusores de sus falsedades peligrosas. De paso arrastraron a su país a las incertidumbres del tiempo que les queda en el poder sin mayores maniobras, quedando con los últimos recursos de la resistencia frente a las fuerzas que vigilarán con más recelo los excesos contra los derechos humanos y los progresos del autoritarismo. Desde la Embajada de Colombia en Washington, Francisco Santos Calderón continuará en los peligros de una mentira diplomática que lo sigue autodestruyendo por su absoluta falta de talento y su cinismo ramplón. Lo veremos cuadrar desesperadamente las fichas políticas a su favor cuando se vea definitivamente perdido. Las bajezas de su labor, como las de su pasado, lo seguirán persiguiendo aunque demuestre los mejores aliados. El gobierno de Iván Duque intentará resistir los dos años restantes en el desierto, arando en el mar y esperando los milagros repentinos de una verdad oculta que los salve de la ley, como lo hizo el referente internacional que tanto defendieron sin escrúpulos: el xenófobo, misógino y racista que ahora los seguirá influyendo desde el desprecio.

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