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“Por encima de todo, una figura espantosa llegó a resultar tan familiar como si hubiera estado expuesta a la mirada de todos desde los orígenes del mundo: la figura de aquella mujer afilada llamada la Guillotina.
Era el tema popular de las bromas; era el mejor remedio para el dolor de cabeza, impedía infaliblemente que el cabello se volviera gris y confería una delicadeza singular al cutis […] Había sustituido a la Cruz. Sobre los pechos de quienes habían desechado la Cruz se llevaban pequeños modelos de la guillotina; y allí donde la Cruz era negada, ante ella se inclinaban y en ella creían.
Cortó tantas cabezas que tanto ella como la tierra que más profanaba estaban cubiertas de un rojo putrefacto […]” Charles Dickens, Historia de Dos Ciudades.
Exhibir la muerte es reprochable por razones morales que a su vez son motivaciones prácticas. En esencia, si el gobernante incurre en los mismos actos que el criminal, o incluso en otros peores, ¿qué lo hace mejor que él?
El padre de la criminología moderna, Cesare Beccaria —a quien nuestro presidente estudió en sus clases de derecho penal, con el juicio que lo caracteriza—, sostiene en su libro De los delitos y las penas que los individuos entregan al Estado solamente la porción mínima de libertad necesaria para garantizar la seguridad común. Por eso, el poder de castigar no es ilimitado. Toda pena que exceda lo estrictamente necesario para proteger a la sociedad se convierte en un acto de tiranía. El castigo legítimo no debe satisfacer la ira del gobernante, vengar simbólicamente a la sociedad ni producir un sufrimiento ejemplar, sino prevenir nuevos delitos.
Beccaria se opone así a la idea de que la severidad produce obediencia. Cuando los castigos son excesivos, sostiene, las personas se acostumbran a la crueldad y dejan de percibirla como algo excepcional. Para mantener el efecto intimidatorio, el Estado se ve entonces obligado a recurrir a tormentos cada vez más atroces, como ocurrió durante el Terror en la Francia de los Derechos del Hombre. Surge así una escalada en la que la justicia ya no limita la violencia, sino que compite con el delito en brutalidad.
Para Beccaria, la ejecución pública —la exhibición de la muerte— fracasa porque transforma la justicia en una representación emocional. Ante ese escenario, el público puede experimentar miedo, pero también curiosidad, compasión, indignación o placer morboso. El significado del acto queda fuera del control de las autoridades: algunas personas ven al condenado como un monstruo; otras, como una víctima; y otras, simplemente, consumen su muerte como entretenimiento.
Esta ambigüedad destruye la supuesta función pedagógica del castigo. La ceremonia pretende enseñar respeto por la vida y por la ley, pero lo hace mostrando que el Estado puede matar legalmente. En lugar de reducir la violencia, puede normalizarla. La multitud aprende que la destrucción de una persona es aceptable cuando una autoridad la presenta como necesaria. Además, cuando las ejecuciones se repiten, el horror inicial se convierte en hábito, indiferencia o diversión.
Para Beccaria, la justicia debería dirigirse a la razón pública mediante leyes claras, no a las emociones colectivas mediante escenificaciones del sufrimiento. El proceso judicial debe demostrar la relación racional entre el delito y la pena; el espectáculo, en cambio, concentra la atención en el cuerpo del condenado, el verdugo, el instrumento y la reacción de la multitud. La representación termina sustituyendo la argumentación jurídica.
La razón por la cual el Estado detenta el monopolio de la fuerza es, precisamente, que puede garantizar un uso racional, predecible y proporcionado de ella, capaz de brindar seguridad a los gobernados o, cuando menos, una sensación de seguridad. En último término, el manejo adecuado de la fuerza estatal genera confianza en el Estado, en sus instituciones y en el gobierno de turno que las administra. Y la confianza es la esencia que legitima el poder.
En Dickens, la guillotina representa el centro simbólico de una nueva sociedad, harta de la violencia ejercida contra ella. El autor la personifica como una mujer afilada y sanguinaria, convertida en objeto de bromas, veneración y entretenimiento popular. Incluso algunas personas abandonan el símbolo cristiano y llevan pequeñas guillotinas colgadas del pecho. Con esta imagen, Dickens muestra que la violencia ha ocupado el lugar de la religión y que la ejecución pública se ha convertido en una especie de espeluznante culto colectivo… Y en pleno 2026, más de 200 años después, volvemos a pensar que exhibir la muerte es una idea brillante.
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ANA CELINA(11609)•Hace 1 horaExcelente reflexión, señor López. Cuando quien ejerce el poder ejecutivo, necesita la violencia, el odio y la venganza para gobernar, no puede ser mencionado sino como un sátrapa.
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Atenas(06773)•Hace 2 horasY no solo por lo q’ afirme C.Becaria, sino también por simple sentido común, todo cuanto tenga q’ ver con la obvia reacción del Estado a objeto de enfrentar hórridos criminales deberían seguir unos protocolos de humanidad…..de parte y parte, pues no por ser criminal o peligroso delincuente podrá estar exento de no matar y saciarse en las víctimas; y cuando tan sanguinarios tornan, ¿por qué ha ser el Estado compasivo?, por ello existe la pena de muerte, con ellos ha de ser ojo por ojo. Atenas
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Astrid(60305)•Hace 2 horasExcelente columna, Exhibiendo la crueldad, violando el DIH Que horror
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Lalo(70277)•Hace 3 horasElegante y a la mandíbula sin dientes del tigre.
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Juan Felipe(17942)•Hace 3 horasDe niño mataba gatos por diversión, de adulto patea cadáveres de sus «enemigos» , presume su barbarie.
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John(ek2r0)•Hace 3 horasTodas esas manifestaciones del «protagonista» son el resultado de una mente perversa y sádica que desde niño mostraba lo que sería de adulto… «eso es lo que da la tierrita» ?
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bernardo(19305)•Hace 3 horasTal cual. Desfile de mediocres han sido los tres últimos presidentes a la hora de la verdad falsos cristianos.
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 3 horasEl problema, Julián, es que estos actos de comedia, estos actos de blasonar de una fuerza de la que se carece, pues no existe fuerza moral que la sustente, tal como aconteció con aquella desafortunada expresión de “le doy en la cara ma…”; lo que buscan en el fondo es llamar la atención del pueblo ingenuo que ve en ellos a unos adalides, a unos “berracos y echados Pa’lante”, son actos estudiados son y serán apenas el comienzo de lo que se avecina con este Bucarán criollo venido a más.
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Atenas(06773)•Hace 2 horas¿Y pa qué se te pide, oh, solemne tonto, q’ digas algo más profundo y no esas sandeces?¿Qué cabe esperar de un sandio?, eso….sandeces. Atenas
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Gabriel(91153)•Hace 3 horasDe acuerdo. Que verguenza de presidente ….
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Mario(d84e7)•Hace 3 horasy….el vulgo y la clase ilustrada calla …¿desconcertada? ¿Asombrada? ante una «idea brillante» ¿consecuencia de un Derecho sin ética?